La sala circular de asientos dispares está llena por última vez.
Todos lo saben. La clasificación final ha sido confirmada.
Su destino está sellado.
Algunos tienen los hombros caídos, la mirada apagada.
Otros muestran una dignidad estudiada, como si aceptar la derrota fuera ya una victoria moral.
También están aquellos que parecen aliviados —aliviados de regresar a casa, de reencontrar un mundo conocido, un marco, una familia.
Y luego están los cinco. La cabeza de la clasificación no ha cambiado.
Ivan.Jov.Miriam.Y dos casi humanos a los que apenas conocen —eficaces, distantes, casi fríos en su disciplina.
Owo-Ta, la capital planetaria, los espera.
Thabo, a pesar de un noveno puesto arrancado por poco en la última prueba, no forma parte de los elegidos. Se mantiene algo apartado, la espalda recta, las manos entrelazadas. Su sonrisa no es más que una fachada frágil.
La mujer de rojo se sitúa en el centro de la sala.
—En nombre de la Orden, les agradezco su compromiso —dice con voz clara—. Su intento ha sido digno. A los cinco seleccionados, mis felicitaciones.
Su voz es pulida. Medida.
Ni cálida ni fría.
—Los cuarenta y dos candidatos no seleccionados embarcarán en unos instantes en un transporte dotado de módulos de sueño. Serán devueltos a sus respectivos mundos. Y se realizará un borrado de memoria. Para aquellos procedentes de la galaxia gemela, la Vía Láctea, su regreso tendrá lugar unos segundos después de su partida inicial.
Unos segundos. Una eternidad comprimida.
La pequeña asamblea se dispersa lentamente, a la espera de la nave.
Miriam e Ivan rodean a Thabo.
—Has estado excelente —insiste Miriam.
—No dramatices —añade Ivan—. Has progresado más rápido que la mayoría.
Thabo asiente.
—No es eso.
No habla de clasificación. Habla de Roww.
—Pensará que me he desvanecido.
La angustia aflora por fin.
Ivan siente algo tensarse en su interior. Se separa bruscamente del grupo.
Miriam lo mira alejarse, sorprendida.
Cruza la sala con paso firme y se detiene a unos metros de la mujer de rojo.
Ella lo ve acercarse. No lo interrumpe.
—¿Puedo conocer su nombre? —pregunta.
La pregunta suspende el aire. La ruptura de la distancia es casi insolente.
Ella lo observa unos segundos.
—Triel —responde finalmente—. Estratega de segundo nivel.
Ivan inclina ligeramente la cabeza, pero su mirada permanece firme.
—Triel… me permito pedir un favor. No para mí. Para mi amigo Thabo.
Señala discretamente la silueta detrás de él.
—No tiene nada que esperar en la Tierra. Pero tiene a una amiga que lo espera en Omani XXI.
El silencio dura un latido de más.
Triel lo observa con una sonrisa enigmática. Una sonrisa que no es ni burlona ni benevolente —simplemente calculada.
Luego responde, con un tono casi divertido:
—Ivan… llevaré a tu amigo en mi nave de vuelta a Omani XXI. Y tú me deberás, a tu vez, un favor.
La palabra cae, precisa.
Ivan siente una ligera tensión en el pecho.
—¿Cuál? —pregunta.
Triel inclina levemente la cabeza.
—Cuando llegue el momento.
Ya se vuelve.
Pero, antes de cruzar la puerta, se gira un instante.
Una mirada. Un destello casi cómplice.
Miriam, que se ha quedado unos pasos atrás, se reúne con Ivan.
—Es una Estratega pura —susurra—. No hace nada gratis.
Ivan lo sabe.
Lo sabe perfectamente.
Pero detrás de ellos, Thabo acaba de comprender lo que ha ocurrido. Sus ojos brillan —de esperanza, de gratitud, de un alivio casi doloroso. Y ante esa luz recuperada, las dudas de Ivan se desvanecen por un tiempo.
La deuda existe.
Llegará.
Pero por ahora, un amigo no se marchará solo.
Están apoyados en el parapeto de las murallas.
El sol se abre paso a ratos entre dos chubascos, ilumina el mar con un resplandor brutal, luego desaparece tras una cortina de lluvia fina. Owo cambia de humor en cuestión de minutos.
Han asistido en silencio a la llegada de la nave de transporte —probablemente la misma que los había traído hasta allí.
El pozo antigravitatorio ha engullido a sus antiguos competidores uno a uno.
Cuarenta y dos siluetas absorbidas sin ceremonia.
La nave ha atravesado las nubes en un rugido apenas audible, dejando tras de sí un cielo cerrado.
Luego ha aparecido un segundo aparato.
Más pequeño. Triangular. Verde esmeralda.
Ha surgido a ras de los acantilados, como un ave metálica rozando la espuma. Se ha posado en el centro del patio con precisión quirúrgica.
Una silueta roja ha aparecido primero.
Triel.
Detrás de ella, a unos pasos, Thabo.
Ha levantado la mano brevemente.
Un gesto fugaz. Casi torpe. Miriam e Ivan han respondido con una sonrisa, más amplia de lo que las palabras habrían permitido.
Luego, siguiendo a Triel, Thabo ha desaparecido en la nave.
El aparato ha vuelto a elevarse, verde brillante bajo el sol intermitente, antes de inclinarse hacia el horizonte.
Se instala un silencio leve.
Jov se reúne con ellos, sus largos cabellos trenzados azotados por el viento.
No comenta nada. Sus ojos negros siguen la trayectoria desaparecida.
Luego descienden juntos hacia el patio. Ya solo son cinco.
Una lanzadera atmosférica los espera.
Blanca. Ovoide. Sin propulsores visibles.
Lo saben.
Un generador antigravitatorio interno, silencioso, estable y formidablemente eficaz.
La escotilla se abre sin ruido.
Dentro: cinco asientos.
Nadie los recibe. Nadie habla.
Toman asiento.
Las paredes se opacifican un instante… luego se vuelven transparentes.
El movimiento es tan fluido que aun así los sorprende.
Una ligera presión. Luego la ciudadela empieza a disminuir. Las murallas, la vieja torre en ruinas, los acantilados azotados por el mar se deslizan tras ellos.