El sistema de Reigel no presenta nada excepcional a primera vista.
Una estrella de tipo estable, algunos mundos menores, un planeta principal y, más lejos, los restos de una antigua catástrofe planetaria. Es este último elemento el que pronto retiene toda la atención de Ivan.
Más allá de la órbita exterior de Reigel III se extiende un vasto cinturón de escombros. Fragmentos rocosos de todos los tamaños, vestigios de un antiguo mundo dislocado, giran alrededor de la estrella en un anillo irregular. Algunos bloques son grandes como montañas; otros apenas superan el tamaño de una nave de transporte. Entre ellos derivan nubes de polvo y gravilla minúscula.
Desde hace mucho tiempo, los navegantes evitan esa región.
Es difícil de cartografiar, inestable y peligrosa. Los campos gravitacionales de los fragmentos más masivos se superponen a veces, deformando trayectorias y perturbando los instrumentos de navegación. En ciertas zonas, los sensores se vuelven imprecisos y las comunicaciones se enturbian.
Los pilotos de la región han dado un nombre a esas perturbaciones.
Los Velos Gravitacionales.
Esas zonas aparecen y desaparecen al ritmo de los movimientos del anillo. Los campos de gravedad se vuelven allí imprevisibles, curvando ligeramente el espacio y alterando las trayectorias más cuidadosamente calculadas. Las flotas militares, igual que los convoyes mercantes, siempre rodean esas regiones. Demasiadas naves han perdido ya allí su rumbo o su cohesión.
Ivan estudia largo rato los registros del sistema.
Los mapas orbitales se superponen, las trayectorias de los fragmentos más masivos aparecen en forma de curvas complejas. Las simulaciones muestran las zonas de turbulencia gravitacional que nacen a intervalos regulares cuando varias masas importantes se alinean.
En esas regiones, la navegación se vuelve incierta.
Los sensores de largo alcance pierden precisión.
Las formaciones cerradas se dispersan.
Los sistemas de puntería, concebidos para entornos estables, ven sus cálculos falseados por las deformaciones del campo gravitacional.
Para los estrategas militares tradicionales, ese anillo no es más que un obstáculo.
Para Ivan, poco a poco, se convierte en otra cosa.
Un campo de batalla.
Las fuerzas de Reigel son demasiado débiles para enfrentarse directamente a las flotas combinadas de Mypir y del Hexarcado. Su inferioridad es aplastante: menos naves, menos potencia de fuego, menos experiencia.
En un espacio abierto y estable, la batalla sería breve. La derrota, inevitable.
Pero el anillo ofrece otro tipo de espacio.
Un espacio donde la fuerza bruta pierde eficacia.
Los grandes cruceros imperiales están concebidos para formaciones rígidas y disparos coordinados a larga distancia. Su eficacia reposa en la precisión de los sensores, la estabilidad de las trayectorias y la disciplina de las formaciones.
En los Velos Gravitacionales, esas ventajas desaparecen.
Los sensores se vuelven caprichosos.
Las comunicaciones se fragmentan.
Las trayectorias se curvan de manera imprevisible.
Las flotas pesadas pierden cohesión.
Las naves pequeñas, en cambio, pueden moverse allí con mayor libertad. Su menor masa las vuelve menos sensibles a las perturbaciones. Su agilidad les permite explotar las zonas inestables donde los cruceros dudan en internarse.
Poco a poco, se forma una idea.
Reigel no puede vencer a la coalición imperial. Pero puede transformar el entorno de la batalla.
En lugar de defender el planeta y sus estaciones orbitales, la flota de Reigel deberá replegarse hacia el anillo. Una retirada aparente, lo bastante creíble para convencer al enemigo de una huida desordenada.
Las fuerzas de Mypir, confiadas en su superioridad, perseguirán.
Las escuadras del Hexarcado, venidas para garantizar la victoria, no se quedarán atrás. Entrarán a su vez en el cinturón para acabar deprisa.
Una vez que las flotas enemigas estén comprometidas en el anillo, la batalla cambiará de naturaleza.
Los Velos Gravitacionales enturbiarán sus sensores y fragmentarán sus formaciones. Las comunicaciones se volverán inestables. Las grandes naves quedarán aisladas, incapaces de mantener sus líneas de tiro.
En ese espacio caótico, los escuadrones ligeros de Reigel podrán golpear con rapidez y desaparecer enseguida en las zonas de turbulencia.
El objetivo no será destruir de inmediato la flota enemiga.
Sino desorganizarla.
Romper su cohesión.
Transformar una fuerza superior en varios grupos aislados.
Cuando se logre esa fragmentación, una segunda fase será posible.
Las antiguas estaciones mineras abandonadas en el anillo aún contienen reactores gravitacionales industriales. Máquinas concebidas antaño para estabilizar las trayectorias de los grandes fragmentos rocosos.
Utilizadas simultáneamente, esas instalaciones pueden producir perturbaciones gravitacionales locales de una intensidad considerable.
En un entorno ya inestable, su activación provocaría una verdadera tormenta gravitacional.
Las flotas enemigas quedarían entonces atrapadas en un campo caótico donde sus instrumentos se volverían casi inutilizables.
Los grupos ya aislados quedarían definitivamente separados unos de otros.
Solo en ese momento la flota de Reigel podría entablar el combate real.
No contra un ejército unificado. Sino contra fragmentos dispersos de una fuerza antaño aplastante.
La batalla dejaría de ser una confrontación clásica.
Se convertiría en una guerra de movimiento, librada en un espacio donde la geometría del campo gravitacional sustituiría a la fuerza bruta.
Y por primera vez desde la llegada de las flotas imperiales al sistema, la derrota de Reigel dejaría de ser una certeza.
La sala de los Estrategas de Owo está sumida en una calma tensa.