Separados por las Estrellas

15 - Ivan… Si este mensaje te alcanza algún día, debes saber que te esperé tanto como pude.

La escuadra de la Almirante Miriam se dirige hacia una zona mucho más dramática.

Una colonia en proceso de evacuación.

Según los informes, una flota de Invasores avanza hacia ese sistema. Los convoyes civiles intentan abandonar la órbita planetaria mientras los últimos buques militares cubren su partida.

Al menos eso afirman las transmisiones del cuartel general.

Para Miriam, se extraen dos conclusiones con demasiada rapidez.

Dos conclusiones racionales.

Y la racionalidad se ha vuelto sospechosa.

Primero, nada prueba realmente que el planeta sea el objetivo de los Invasores. Ciertamente, la actividad hiper-cuántica de un mundo habitado —sus comunicaciones, su tráfico orbital, sus generadores— puede detectarse a gran distancia. Pero nada indica que el enemigo se interese por ello.

Después, y quizá sea el punto más perturbador: ¿corre realmente peligro?

Los planetas ya “visitados” por el enemigo no responden. Pero la ausencia de contacto no significa destrucción. Ninguna señal ha confirmado jamás un bombardeo o una devastación planetaria.

Nadie sabe qué ocurre realmente.

Así que el Hexarcado aplica el principio de precaución.

Se evacúa.

Y se intenta frenar al enemigo.

A un precio exorbitante.

La escuadra de Miriam efectúa una segunda emergencia en el espacio real.

Las estrellas recuperan su posición alrededor de la nave insignia. Los sensores recalculan las distancias, las masas gravitacionales, los vectores de navegación.

Preparación de la tercera y última transferencia.

Una señal sonora resuena de pronto.

La voz serena de la IA táctica se eleva en el puente.

—Nave enemiga detectada en sistema vecino.

Miriam alza inmediatamente los ojos hacia el holograma táctico.

El sistema indicado no está particularmente cerca. Varias unidades estelares aún los separan de él. La nave detectada se encuentra lejos de su estrella, derivando en el espacio profundo.

Pero su trayectoria general apunta hacia su sector.

Un punto luminoso aparece en la cartografía. Uno solo.

Una nave aislada. ¿Qué hace allí? ¿Reconocimiento?

Sería una explicación racional. Por tanto, sospechosa.

Miriam reflexiona un instante.

Si ellos pueden detectarla, ella también debería ser capaz de detectar su escuadra.

Normalmente.

La voz de la IA vuelve a resonar.

—Inmersión de la nave enemiga.

Miriam reacciona de inmediato.

—Puestos de combate. Preparados para una transferencia de emergencia.

Ni hablar de enfrentarse a ella.

En el puente, la atmósfera se tensa al instante. Los oficiales se activan en sus consolas, los sistemas de armamento pasan a espera activa, los calculadores de salto recalculan las coordenadas de la próxima transferencia.

Pasan los minutos.

Largos.

Luego la IA interviene de nuevo.

—Nueva detección. Misma firma.

Miriam observa el holograma.

El punto luminoso reaparece.

Entorna ligeramente los ojos.

—Análisis de trayectoria.

Unos segundos más tarde aparecen los vectores.

La nave enemiga se aleja. Pero no como esperaban.

Se aleja… en dirección opuesta al avance general de las flotas de Invasores.

El segundo al mando murmura, perplejo:

—Está volviendo atrás.

Otro oficial añade, con una punta de ironía nerviosa:

—No muy racional.

Miriam no puede contener una leve sonrisa.

En esta guerra, todo lo que no es racional quizá merezca por fin ser observado.

La tercera transferencia se disipa.

El espacio se recompone alrededor de la escuadra de Miriam en una lenta dilatación silenciosa. Las estrellas recuperan sus posiciones, los calculadores recalibran las distancias, los campos gravitacionales recobran sus contornos familiares.

En el centro del sistema aparece Toni III.

Un planeta oceánico recorrido por grandes masas continentales de tonos pardo-verdes, orladas de nubes espesas. La luz de su estrella ilumina el hemisferio visible con un resplandor pálido.

Pero no es el planeta lo que atrae de inmediato la atención.

Es la órbita.

El holograma táctico se llena de puntos luminosos.

Cientos.

Naves de todos los tamaños saturan el espacio cercano a Toni III. Cargueros pesados, transportes civiles, remolcadores industriales, ferris orbitales requisados a toda prisa. Algunos conservan todavía los colores comerciales de las compañías mineras o de las líneas de transporte interestelar.

Otros han sido militarizados de forma rudimentaria.

La órbita parece un cruce saturado.

—Densidad orbital crítica —anuncia serenamente la IA táctica.

Largas filas de naves abandonan el planeta en una lenta espiral, se reagrupan a distancia antes de activar sus transferencias hiper-cuánticas. Otras siguen llegando desde la superficie, con los motores llevados al límite.

En varias pantallas secundarias aparecen las transmisiones civiles.

Llamadas prioritarias. Solicitudes de embarque. Listas de pasajeros.

Miriam ve desfilar cifras.

Decenas de miles. Luego cientos de miles.

Las cámaras orbitales difunden imágenes de la superficie.

Los principales astro-puertos están saturados. Muchedumbres compactas esperan en las pistas de embarque, apretadas tras barreras energéticas. Columnas de vehículos convergen aún desde ciudades lejanas.

Familias enteras avanzan bajo la vigilancia nerviosa de las fuerzas de seguridad planetarias. Algunos transportan unas pocas maletas. Otros solo lo que pueden cargar.

Las imágenes muestran también las escenas que las transmisiones oficiales no comentan.

Un hombre golpeando una barrera mientras grita el nombre de alguien ya embarcado. Una mujer que se niega a subir a una lanzadera sin su hijo. Soldados intentando mantener el orden mientras la multitud presiona hacia las rampas de acceso.




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