Antonio está sentado frente a su computador portátil, repasando la presentación que deberá exponer en cuestión de minutos. Su celular vibra sobre el escritorio. Por un instante, el corazón se le acelera. Piensa que es Carolina. Sin poder evitarlo, sonríe. Toma el teléfono con rapidez, pero, al ver la pantalla, la sonrisa se desvanece. Es Natalia. Un nudo de culpa le aprieta el pecho. Permanece inmóvil durante unos segundos, observando cómo el teléfono sigue vibrando entre sus manos. Finalmente, rechaza la llamada y deja el celular boca abajo sobre el escritorio.
Qué horror, en esos días Natalia era la mejor novia del planeta, era todo lo que siempre había deseado que fuera, era lo que esperaba en una mujer, sin embargo, en mi mente solo vivía Carolina y mi dolor por no tenerla cerca.
Antonio vuelve la vista hacia la pantalla del computador. Suspira. Sufre. Se obliga a dejar el celular a un lado y vuelve a concentrarse en la presentación. Mientras repasa las diapositivas, mueve las manos y ensaya en voz baja cada una de las ideas que deberá exponer.
A unos metros de él, el jefe se detiene en silencio. Lo observa durante unos segundos.
Una sonrisa se dibuja en su rostro al verlo tan concentrado, hablando solo y gesticulando. Finalmente carraspea. La sonrisa desaparece.
—¿Esta vez sí tiene todo preparado?
Antonio se sobresalta y levanta la mirada.
—Sí, señor.
—Ya llegaron.
—Entiendo.
Antonio cierra el computador, recoge sus cosas y sigue a su jefe hacia la sala de reuniones
Llegan a la puerta de la sala de juntas. El jefe se detiene un instante y mira fijamente a Antonio.
Sin decir una palabra, le hace un gesto para que entre primero. Antonio asiente, respira hondo y abre la puerta. Los clientes ya los esperan. El jefe entra detrás de él. Saluda a todos con una sonrisa cordial y toma asiento mientras intercambia las primeras palabras de cortesía, se afloja discretamente el nudo de la corbata. Está nervioso.
Antonio conecta el computador al proyector, organiza la presentación y, cuando la primera diapositiva aparece en la pantalla, dirige la mirada hacia los asistentes.
—Buenos días. Estamos convencidos de que este diseño de producción cumple con todas sus expectativas...
En su oficina, Natalia vuelve a marcar el número de Antonio. Es la tercera vez. Esta vez la llamada ni siquiera es rechazada. Simplemente suena y suena hasta que termina desviándose al buzón de voz.
Natalia baja lentamente el celular, algo no está bien. Suspira con frustración, se pone de pie y camina hasta el baño de la oficina. Frente al espejo, retoca su maquillaje intentando recuperar la compostura.
Luego toma su bolso y sale del edificio.
En la sala de juntas, los clientes escuchan atentamente la presentación de Antonio.
—Nuestros distribuidores trabajan con productos de la más alta tecnología y bajo los más exigentes estándares de calidad. Es por eso que les garanti...
La frase se queda suspendida.
Entre los asistentes, una de las clientas abre su mochila.
Es muy parecida a la de Carolina.
De su interior saca un lapicero.
Un gesto tan simple basta para que Antonio vuelva a pensar en ella.
Guarda silencio durante un instante.
El jefe lo observa con discreción. La tensión le cruza el rostro, aunque enseguida esboza una sonrisa diplomática.
—Continúe, Antonio.
La voz de su jefe lo devuelve a la realidad.
—Claro... Como les venía diciendo, es por eso que les garantizamos mantenernos a la vanguardia.
Natalia toma un taxi.
Durante el trayecto permanece en silencio, con la mirada perdida a través de la ventana.
En la sala de juntas, los clientes siguen atentos a la exposición de Antonio. La principal toma la palabra.
—Si nosotros decidimos firmar un acuerdo, no me gustaría que todo quedara reducido a un contrato. Me gustaría que existiera una relación de confianza. Que no fuera solo cuestión de cifras o cálculos, sino que pudiéramos construir... una amistad.
Antonio guarda silencio unos segundos, analizando la pregunta.
—Claro que sí. Para nosotros la amistad con nuestros clientes es fundamental. Es la base sobre la que se construye la confianza.
El cliente asiente.
—Justamente a eso me refiero. Si llegamos a firmar, nos gustaría verlos... como mejores amigos.
Antonio se queda inmóvil.
Mejores amigos. Las palabras resuenan dentro de él.
—¿Me hago entender? —pregunta el cliente al notar su silencio.
El jefe cambia de postura en la silla. Antonio vuelve en sí.
—Claro que sí. Nosotros buscamos construir una relación empresarial basada en la confianza. Una amistad profesional donde ambas partes crezcan juntas, sin ventajas, sin intereses ocultos.
El cliente sonríe. El jefe también. Antonio recupera la confianza y continúa.
—Toda amistad sana nace de principios como la transparencia, el apoyo y la sinceridad.
—Sin aprovecharse nunca de esa condición —añade el cliente—. Porque amigo es amigo.
Antonio asiente.
—Exactamente. Uno nunca debería aprovecharse de un amigo. Y mucho menos permitir que las cosas se confundan.
Constanza, su compañera, gira lentamente la cabeza para mirarlo. Algo en el tono de Antonio la confunde.
—Cuando existen dudas, un amigo habla. Se desahoga. No guarda silencio.
El jefe intenta llamarle la atención con una discreta seña, Antonio no la ve.
—Las cosas deben decirse a tiempo. Sobre todo, cuando los sentimientos cambian... cuando dejan de ser únicamente amistad y se convierten en algo mucho más profundo.
En la sala se hace un silencio absoluto.
—Porque el silencio también puede hacer mucho daño.
Nadie lo interrumpe. Los clientes lo observan confundidos. Intercambian miradas.
El jefe ya no oculta la preocupación.
—¿Quién decidió que dos amigos solo pueden ser amigos? ¿Quién dijo que, si se enamoran, la amistad está condenada a fracasar? Tal vez enamorarse sea la forma más profunda de conservar esa amistad. Entonces... ¿por qué callar? ¿Por qué no hablar? Entre amigos no deberían existir secretos... ¿no creen?
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Editado: 02.07.2026