Ser luz entre lápiz y papel

Hermanos del destino

Un día gris en una ciudad cualquiera,
un perro solitario durmiendo en una calle,
frente a una puerta, con un niño grande
en una especie de carpa improvisada.
Su cara delgada y rostro triste, débil,
solitario y desnudo ante el destino,
que le enseñó a sobrevivir en un mundo hostil,
rodeado de maldad y frialdad,
inmerso en calles oscuras, luces que se prenden y apagan,
luces tan pequeñas, y por momentos se vuelve frío y desolado.

Por un momento de silencio,
y por momentos se escuchan unos pasos muy firmes, seguros y definidos.
El miedo y la duda recorren su cuerpo indefenso y un poco débil.

Era un ser muy apuesto, muy bien vestido.
Se para frente a él, le pregunta:
¿Por qué estás aquí, niño? ¿Por qué estás solo? ¿Dónde está tu familia?
¿Por qué vives aquí? ¿Estás solo?

Él le responde: señor, no estoy solo, yo no vivo solo,
mi familia es este, mi buen amigo, mi compañero.
Cuando el mundo, las personas me abandonaron,
este compañero, este amigo, este animalito, este hermano,
estuvo a mi lado.
Cuando estuve enfermo, con hambre, no me abandonó,
con frío no me dejó, sin hogar me cobija,
a mis pies durmió sin dudarlo, no me despreció.

No tengo a nadie más, mi familia ya no está en este mundo
y solo me queda este amigo, es el único que está conmigo.

El señor lloró con dolor en sus ojos, con mirada tan profunda y el alma quebrada.
A él le sobraba todo, la avaricia lo rodeaba,
no había nadie sincero a su alrededor.
Era el lado opuesto de dos mundos distintos,
estaba tan lleno de tanto pero su alma era vacía,
y este niño no tenía nada de nada,
pero él notaba en su mirada su conformismo,
que se conformaba con tener un amigo, un amigo sincero
que lo seguía, que no lo abandonaba,
que no lo dejaba a pesar de todo, estaba ahí, era su guardia, su todo.

Este gran señor entendió que tener todo en la vida no te da valor,
que puedes tener más que otros pero al final puedes tener el alma más vacía que nadie.
Se arrodilló frente a este niño y con ojos rojos de tanto llorar le dijo:
niño, hoy yo puedo ser tu amigo, tu compañero,
el más sincero, el que luche contigo en este destino, en esta vida, en este camino,
puedo ser tu compañía.

El niño lo miró con ojos brillantes, sonrió y le dijo:
señor, yo se lo he pedido al cielo, a Dios, que llegues a mí,
para poder enseñarte a ser feliz, a entender tu corazón
que está solo, envenenado de vanidad y dolor.
Solo tengo tres condiciones:
debo estar con mi guardián, mi mejor amigo, nunca separarme de él.
Segundo: debes tratar a todas las personas por igual,
bajo el mismo sol todos tenemos el mismo valor.
Tercero: ser sincero contigo mismo y con los demás,
alejándose de la vanidad y de cada ser que te genera arrogancia.

Sus lágrimas corrieron por su rostro, lloró,
y juntos caminaron a un nuevo rumbo,
caminaron a un destino, a un camino,
se llamaron hermanos del camino y destino,
unidos por el amor y la unión de un camino y un destino.




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