Seres Extraordinarios. El diario de Ceci. Inari Masga.

14. París.

~ ~ ~ DIARIO ~ ~ ~

  • Sr. Eduardo tiene junta el sábado con una obra.
  • Sra. Veatriz tiene consulta con ginecóloga el martes.
  • Día lunes, día de descanso para ambos.

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Al bajar del avión, lo primero que busqué fue la inconfundible Torre Eiffel, sin duda, el atractivo principal para cualquier turista de clase baja, como yo.

Por donde viera me sentía como pez fuera del agua; rodeada de tanto lujo y sin suficiente dinero para comprar.

Los señores me dirigieron a una camioneta con el logotipo de una de sus empresas; ellos mantenían una conversación por teléfono, cada uno por separado. 

Por momentos trataba de decifrar la conversación del señor Eduardo, la mayor parte hablaba de materiales, costos, mencionaba personas y rangos. Al final, acordó una cita, y hasta repitió en varias ocasiones su día de descanso.

Por otra parte, la señora conversaba con su amiga y socia, la señora Stephenie. La puso al tanto de todo lo que sucedió en México, contó sobre mi y mi familia; habló sobre los problemas que surgieron en  sus negocios y en la urgente renovación de uno de los locales más frecuentados. Incluso le pidió que nos acompañe a su cita con la ginecóloga.

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La casa de los señores era de un tamaño promedio, para dos personas era bastante amplio; contaba con cuatro habitaciones, una cocina enorme, sala, comedor, piscina y hasta un taller de arte.

Después del pequeño paseo por la casa, me llevaron a mi nueva habitación, una cama, un escritorio con computador, y un ropero grande fue lo que más me impresionó de mi nuevo hogar. 

Afortunadamente me dejaron sola en la habitación para instalarme y "hacer mío" el lugar. Lo primero que hice fue aventarme a la cama, completamente suave y llena de cobijas. Me sentí tan cómoda que sentí la tentación de dormir. Sin embargo, hice acopio de toda mi fuerza de voluntad para levantarme y empezar a desempacar, coloqué el mapa del país en la pared, por encima del escritorio; las fotografías y dibujos de mis hermanos al rededor del mapa, simulando un marco; la poca ropa que había llevado la guardé en el ropero junto a mis zapatos y objetos de uso personal.

Cuando finalicé, me detuve a observar todo, pasé de la puerta blanca al escritorio con mi diario encima, a los bolígrafos que le acompañaban, al computador; subí la vista al mapa y a las fotografías, de inmediato sentí una gran nostalgia y suspiré con fuerza, estaba tan absorta en mi melancolía que no escuché cuando abrieron la puerta y en un segundo respingué al sentir la mano de la señora Veatriz en mi hombro derecho - ¿ya los extrañas? - preguntó en español, bajé mi mirada con vergüenza, me sentía descubierta - nunca he estado lejos de ellos - confesé - a tu familia se les entregó algunas computadoras para que puedan escribirte correos electrónicos - sonrió mientras me abrazaba a modo de consuelo; no supe que decir, simplemente susurré un pequeño gracias.

 

- vamos, es hora de cenar - la señora Veatriz me tomó del brazo y nos dirigimos al comedor, una mujer de cabello rubio nos recibió con euforia, pasó de tocar el vientre de la señora a abrazarme con extrema dulzura - ¡Tú debes ser Cecilia! - su agarre me sacó el aire, asentí con la cabeza mientras trataba de respirar - ay, disculpa, me alegra tanto que mis queridos amigos hayan adoptado una hija mayor para mi dulce sobrina - se abanicaba el rostro con la mano, sus ojos se veian cristalinos - usted debe ser la señora Stephenie - correspondí finalmente el saludo.




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