Serie One Shots

Promesa de la luna - Patterson & Zapata

Pov Patterson

Mis manos comenzaron a entrar en calor gracias a la calefacción del auto, y lo agradecí más de lo que me gustaría admitir. El frío había sido especialmente intenso durante los ultimos días, lo suficiente para que incluso yo considerara una buena idea mantener la calefacción encendida desde que salía de casa.

El camino a casa de Natasha siempre me había gustado.

No era necesariamente el más corto, pero el paisaje al acercarme a su vecindario hacía que el trayecto resultara agradable. Después de tanto años, podía hacerlo casi por inercia; sabía exactamente dónde debía girar, qué calles solían estar congestionadas y en qué punto comenzaban a aparecer los árboles que bordeaban la carretera.

Era curioso cuánto podía aprenderse de un lugar simplemente por visitarlo una y otra vez.

Aunque, si era completamente honesta, probablemente conocia mejor el camino hasta la casa de Natasha que muchos lugares a los que iba con mayor frecuencia.

El cambio en el paisaje siempre me resultaba agradable; las casas comenzaban a iluminarse mientras el cielo perdía poco a poco los tonos cálidos de la tarde. Apagué el motor frente a la casa de Natasha y tomé la caja de magdalenas rellenas que había comprado de camino, antes de dirigirme directamente hasta la puerta. Toqué el timbre dos veces y esperé con la caja entre las manos, mirando distraídamente hacia el jardín mientras aguardaba a que abriera.

La espera comenzó a parecerme una eternidad, lo cual era ridículo considerando que hacía menos de dos horas y media que no la veía. Desde que habíamos acordado la hora en que nos encontraríamos, yo había regresado a casa para dejar a Santana completamente instalada y, aun así, en algún punto del camino había comenzado a mirar el reloj con más frecuencia de la necesaria. Volví a hacerlo ahora, como si unos cuantos minutos pudieran haberse convertido misteriosamente en una cantidad considerable de tiempo. No había pasado ni siquiera un minuto.

Los pasos de Natasha se hicieron audibles al otro lado de la puerta y, antes de que siquiera la abriera, respiré profundamente, incapaz de evitar la sonrisa tonta que apareció en mi rostro. Era ridículo que pudiera reconocer sus pasos después de tantos años, pero lo hacía, igual que podía distinguir su forma de tocar el timbre o incluso saber cuándo estaba a punto de llamarme antes de que mi teléfono sonara.

—Pensé que no vendrías —dijo en cuanto abrió la puerta, ofreciéndome esa sonrisa tan suya que parecía iluminarle todo el rostro.

—Te dije que vendría. Además, traje tus favoritas —respondí, levantando ligeramente la caja de magdalenas para mostrársela—. Solo necesitaba tiempo para dejar a Santana instalada y asegurarme de que supiera dónde estaba todo lo que pudiera necesitar en casa.

Natasha bajó la mirada hacia la caja y después volvió a mirarme, con una expresión que no alcancé a descifrar del todo.

—¿Las de chocolate?

—¿Cuándo te he traído otras?

—Nunca.

—Exactamente.

Se hizo a un lado para dejarme pasar y entré sin necesidad de que me indicara el camino. Conocía aquella casa demasiado bien; había recorrido esas mismas habitaciones tantas veces que ya no necesitaba pensar hacia dónde dirigirme. Caminamos juntas hasta el gran sofá de la sala y, cuando me senté, dejé la caja sobre la mesa de centro mientras Natasha ocupaba su lugar a mi lado.

La vista que me ofrecía el gran ventanal de su sala hacia el Puget Sound siempre me maravillaba, especialmente durante la noche, cuando la luna y las luces de los edificios se reflejaban sobre la superficie oscura del agua.
Era una de esas vistas que podían hacerme olvidar por unos segundos cualquier cosa que estuviera pasando a mi alrededor. El olor a café recién hecho comenzó a inundar la casa y, poco después, Natasha apareció nuevamente a mi lado.

Llevaba ropa mucho más relajada de la que acostumbraba durante el día: unos pantalones de chándal y una blusa tipo polo que parecían haber conseguido lo que casi nada más podía hacer, quitarle aquella armadura de CEO que llevaba puesta durante horas. Sus pies descalzos recorrian el suelo de mármol con una familiaridad tranquila, y su cabello estaba recogido en una coleta desprolija de la que escapaban algunos mechones alrededor de su rostro. Me quedé mirándola un instante más de lo necesario, preguntándome por qué aquella version de Natasha, tan diferente a la mujer impecable que todos conocían, me parecía particularmente hermosa.

—¿Confías en Santana? —me preguntó de repente y sin rodeos —No me parece que vaya a vivir contigo, no la conocemos.

—Brittany confía en ella —respondí con simpleza—. Y creo que será más fácil saber si de verdad viene con buenas intenciones si la tengo cerca.

Natasha frunció ligeramente el ceño.

—¿Tan cerca?

—¿A qué te refieres, Tash? —pregunté, dejando la taza de café sobre la mesa frente al sofá.

—En tu casa…

La forma en que lo dijo me hizo mirarla con cierta confusión.

—Ella tiene su propia habitación, Tash —sonreí—. No es como si fuéramos a compartir la cama.

La reacción de Natasha fue inmediata. Casi se atragantó con el café y tuvo que apartar la taza de sus labios mientras tosía discretamente, tratando de recuperar la compostura.

—¿Estás bien?

—Perfectamente —respondió demasiado rápido, limpiándose una gota de café de la comisura de los labios.

La observé durante un segundo, intentando encontrar una explicación para aquella reacción.

—Es la ex de mi mejor amiga. Jamás pondría mis ojos en ella.

Natasha dejó la taza sobre la mesa y bajó la mirada por un instante. Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado ligeramente, aunque no habría sabido explicar exactamente cómo.

—¿Solo por eso? —preguntó en voz baja, y había algo en su tono que no encajaba con la pregunta.

La miré unos segundos más.

No sabía por qué, pero aquella respuesta parecía importarle mucho más de lo que debería.




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