El olor a ozono y plástico quemado es lo único que llena mis pulmones. Frente a mí, Caín tiene esa mirada. No es la mirada de un estudiante de honor, es la de un enfermo que sabe que papá lo defenderá.
Caín no me escucha. Nunca escucha. Da un paso hacia mí, con esa sonrisa arrogante que ha usado durante tres años para conseguir lo que quiere: notas, cómplices, silencio.
—¡Estás loco! —El grito me desgarra la garganta.
Retrocedo hasta chocar con la mesa de trabajo del sector C. Mis manos tiemblan en una respuesta fisiológica estúpida: luchar o huir.
Pero no puedo huir.
Él está bloqueando la puerta.
Y tampoco sé luchar.
—Nadie te va a creer, Eva —levanta la mano, pero no para golpearme. Es peor. Su mano sostiene un bate de béisbol de aluminio y con un movimiento seco, revienta la lente de la cámara de seguridad que parpadeaba en la esquina superior.
—¡Acércate un paso más y te juro que lo que te-te mato! —espeto.
Él se ríe.
—Adelante —dice, soltando el bate con un estruendo—. Es tu palabra contra la mía, Eva. Y adivina a quién le creen siempre.
El pánico intenta nublar mi lógica.
Estoy atrapada entre él y el Proyecto Ícaro.
El Proyecto Ícaro. Un brazo mecánico industrial con servomotores de alta potencia que todavía está conectado a la red trifásica de 220 voltios.
Caín estira la mano para agarrarme del brazo.
—Esto no tiene por qué terminar así, Evita.
Mis dedos se cierran alrededor del mazo de cables expuestos del prototipo detrás de mí. No lo pienso. No calculo. Simplemente tiro.
Arranco las conexiones con una fuerza que no sabía que tenía.
El resultado es inmediato y catastrófico.
Los cables vivos, liberados de su resistencia, bailan en el aire como látigos de cobre. Uno de ellos golpea el chasis metálico del servidor. Otro roza el tanque de refrigerante.
Un arco voltaico azul ilumina el laboratorio como un relámpago en una botella. Las chispas vuelan en todas direcciones, una lluvia de estrellas doradas que caen sobre los planos, sobre el aceite derramado, sobre las cortinas sintéticas.
—¡Mierda! —Caín salta hacia atrás, cubriéndose la cara.
El fuego prende al instante. No empieza pequeño. El refrigerante es inflamable. Una llamarada naranja ruge entre nosotros, creando un muro de calor. El sistema de ventilación empieza a succionar el humo, alimentando las llamas con oxígeno fresco.
Caín ya no me mira con deseo ni arrogancia. Me mira con terror absoluto.
—¡¿Qué hiciste! —retrocede hacia la salida, tropezando con sus propios pies—. ¡Vas a quemar todo el edificio!
Yo me quedo quieta, pegada a la pared fría, abrazándome a mí misma mientras veo cómo mi refugio, mi santuario, se convierte en un infierno. El calor es insoportable. Las alarmas de incendio finalmente detectan el humo y empiezan a aullar, un sonido estridente que taladra mis tímpanos.
Caín llega a la puerta y la abre de un golpe, dejando que entre una ráfaga de aire que aviva aún más el fuego.
Pero no sale. Se detiene. Se queda congelado.
Porque alguien más está parado afuera.
Una silueta oscura se recorta contra la luz del pasillo, inmóvil frente al humo negro que empieza a salir a borbotones. No tose. No se cubre la boca. Entra en el laboratorio como si el fuego le tuviera respeto.
El profesor Belial.
Sus ojos barren la escena en un segundo. Ve el fuego lamiendo el techo. Ve los restos del prototipo millonario chisporroteando en el suelo. Ve a su hijo, pálido y temblando junto a la puerta.
No hay preocupación en su mirada. No hay miedo. Solo hay un cálculo frío y despiadado cuando clava sus ojos en mí a través de las llamas.
Sonríe.
Es una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero que me hiela la sangre.
El techo empieza a derretirse, goteando plástico ardiendo entre nosotros. Caín ya está inventando su mentira. Lo veo en su cara.
Y yo sé, mientras el humo llena mis pulmones, que no importa que yo haya sido la víctima. En este tablero, yo soy la pieza que van a sacrificar.
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romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026