Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 1

Si el silencio fuera un gas noble, la oficina del director Gabriel estaría ahora mismo en riesgo de asfixia por saturación de argón

Si el silencio fuera un gas noble, la oficina del director Gabriel estaría ahora mismo en riesgo de asfixia por saturación de argón.

Pero el silencio no es un gas. Es un arma. Y yo la estoy empuñando con las dos manos, apretando el gatillo hasta que los nudillos se me ponen blancos.

Estoy sentada en la silla de los acusados —una estructura de plástico naranja, ergonómicamente diseñada para inducir escoliosis y culpa— frente al escritorio de caoba falsa del director.

El aire huele a desinfectante barato, a café quemado y a esa colonia cítrica.

A mi derecha, de pie y ocupando demasiado espacio vital, está el Profesor Belial. El "Genio de la Robótica". El padre de Caín. El hombre que me mira como si yo fuera un virus informático que necesita ser puesto en cuarentena y luego borrado del disco duro.

—Evangeline, por el amor de Dios, di algo —suplica el director.

Se pasa un pañuelo arrugado por la frente. Está sudando. Siempre suda cuando tiene que lidiar con conflictos reales. Prefiere los problemas burocráticos: presupuestos, menús de la cafetería, salario de profesores. Pero esto... un incendio, una alumna convertida en pirómana y el padre más influyente de la escuela exigiendo mi cabeza... esto le queda grande.

Me ajusto las gafas. No están sucias, pero es un tic nervioso. Me da tres segundos para procesar datos antes de responder.

—Fue Cain —respondo. Mi voz es plana. Monótona—. Él rompió las camaras.

Belial suelta una risa corta. Es un sonido seco, como una rama partiéndose.

—¿Lo ves, Gabriel? —Dice, señalándome con un dedo acusador—. Arrogancia pura. Acaba de destruir equipos por valor de cincuenta mil dólares, y le echa la culpa a mi hijo. ¡él, que estuvo conmigo cuando ella comenzó el incendio!

Aprieto los dientes. Su hijo. Caín. La "víctima".

Si cierro los ojos, todavía puedo sentir el calor del fuego en mis pestañas. Todavía puedo ver la cara de Caín transformándose del deseo depredador al pánico infantil cuando los cables chisporrotearon.

Él me acorraló.

Él rompió la cámara.

Él creó el escenario.

Él intentó hacerme daño.

Pero en la narrativa de Belial, Caín es un mártir y yo soy la loca.

El director Gabriel carraspea, interviniendo antes de que Belial pueda saltar sobre el escritorio y estrangularme.

—Basta. Por favor. Esto no es un debate.

Gabriel se reclina en su silla, que chirría en protesta. Me mira con esa expresión de perro apaleado que intenta parecer autoridad.

—Eva... la situación es grave. El consejo escolar quiere tu expulsión inmediata.

El corazón me da un vuelco. Expulsión. Adiós a la beca. Adiós a la universidad.

—Pero... —continúa Gabriel, levantando un dedo—, he logrado negociar. Tienes el promedio más alto del distrito. Perderte sería... estadísticamente desfavorable para nosotros.

Traducción: necesitan mis notas para mantener la subvención estatal.

—No serás expulsada del instituto. Pero el profesor Belial ha puesto condiciones. Condiciones... estrictas.

Miro a Belial. Él tiene una sonrisa pequeña, triunfal. La sonrisa del gato que no solo se comió al canario, sino que también heredó su jaula.

En este caso, tiene toda mi vida académica en sus manos.

—Estás fuera del club de Robótica —saborea Belial—. Y del club de Programación. Y del laboratorio de Química. De hecho, Eva, tienes prohibido acercarte a cualquier cosa que tenga circuitos, cables o reactivos químicos dentro de este campus.

Siento como si me hubieran arrancado el oxígeno de la habitación.

Robótica no es un hobby. Es mi refugio. Es el único lugar donde el mundo tiene sentido, donde si algo se rompe, puedes arreglarlo. Las personas no se pueden arreglar. Los circuitos sí.

—No puede hacer eso —digo, y odio cómo mi voz tiembla un poco—. Soy la presidenta del club.

—Eras —corrige Belial—. Ahora eres un peligro público. Considérate afortunada de no estar en un reformatorio.

Miro a Gabriel, buscando un salvavidas. Él aparta la mirada.

—¿Y qué se supone que haga con mis créditos extracurriculares obligatorios? —pregunto, sintiendo que la bilis me sube por la garganta—. ¿Jardinería? ¿Papiroflexia?

Gabriel saca un papel rosado de su cajón. Lo desliza sobre la mesa hacia mí.

—Creemos... —empieza, eligiendo sus palabras con cuidado— que este incidente demuestra una falta de... habilidades sociales. Te aíslas, Eva. Vives en tu cabeza. Necesitamos estar seguros de que no eres antisocial, sino una alumna sana y ejemplar, como siempre he pensado que eres

Tomo el papel. Mis manos no tiemblan. Me niego a darles ese placer.

Leo la asignación.

CLUB DE TEATRO.

Supervisora: Judit O'Connor.

Levanto la vista. El horror debe de estar escrito en mi cara, porque el profesor suelta una risa contenida.

—¿Teatro? —repito. La palabra sabe a ceniza en mi boca—. ¿Quiere que actúe? Director, con todo respeto: tengo ansiedad social, pánico escénico. Soy fisiológicamente incapaz de la falsedad necesaria para el arte dramático.

—Entonces aprenderás —dice Belial, disfrutando cada maldito segundo—. Aprenderás a sonreír y a convivir con la gente. Quizás así dejes de ser tan peligrosa.

—Es eso o la expulsión, Eva —sentencia Gabriel, con tono final—. Tienes que presentarte hoy mismo. Están empezando la producción de primavera.

Miro el papel. Miro a Belial. Pienso en Caín y en su mentira perfecta. Pienso en cómo el sistema protege a los malos siempre y cuando tengan buenas calificaciones y padres influyentes.




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