Si el infierno tiene círculos, como decía Adán, estoy bastante segura de que el Club de Teatro es el séptimo: el reservado para los violentos contra el arte y la lógica.
Estoy parada en una esquina del escenario, con los brazos cruzados tan fuerte sobre el pecho que probablemente estoy cortando mi circulación sanguínea. A mi alrededor, el caos tiene nombre y apellido.
Hay seis personas en el centro de la tarima.
Una chica con el pelo teñido de azul está gritándole a una silla vacía como si la silla hubiera insultado a su madre.
Un chico delgado, vestido completamente de negro, está rodando por el suelo murmurando "soy una semilla, soy una semilla".
Saco mi libreta.
Observación 1: La salud mental en este recinto es precaria.
Adam está sentado en el borde del escenario, con las piernas colgando, comiendo una manzana con una despreocupación que me resulta hasta envidiable.
—Relájate, Robotina —me dice, masticando ruidosamente, casi escupiendo unos pedazos—. Si sigues apretando la mandíbula así, te vas a ronper tus dientes.
Lo fulmino con la mirada.
—No me llames Robotina. Y no estoy tensa. Estoy en estado de alerta máxima ante la imprevisibilidad de este entorno hostil.
Adam se ríe y lanza el corazón de la manzana hacia un cubo de basura que está a tres metros. Falla por un metro entero. La manzana golpea la pierna del chico-semilla, que deja de rodar y empieza a llorar dramáticamente.
—¡Has interrumpido mi germinación! —chilla el chico.
—Perdón, bro —dice Adam, sin levantarse—. Es parte del ciclo de la vida.
Me masajeo las sienes. Otro loco que les sigue el juego.
—¿Por qué estás tan tranquilo? —le pregunto a Adán —. Estamos castigados. Esto es una mancha en el expediente. Es una pérdida de tiempo.
Adán se encoge de hombros. La luz de los focos le da en el pelo y, maldita sea, el rumor del príncipe exiliado empieza a tener sentido. Brilla. Es biológicamente injusto.
—El tiempo nunca se pierde si te diviertes, Eva. Además, mira a tu alrededor. —Señala a la chica de pelo azul que ahora está abrazando la silla—. Esto es mejor que Netflix. Es realidad pura.
—Es psiquiatría pura —corrijo.
De repente, las puertas dobles del fondo del auditorio se abren de golpe con un estruendo que hace vibrar las paredes.
El silencio cae instantáneamente. El chico-semilla se queda quieto. La chica de la silla se endereza. Adam deja de balancear las piernas.
Una mujer entra.
No camina; se desliza. Lleva una túnica vaporosa de mil colores que parece hecha de retazos de cortinas robadas, un turbante de seda en la cabeza y unas gafas de sol enormes, a pesar de que estamos en un interior en penumbra.
Judit O'Connor. La leyenda. La Diva. La profesora que, según los rumores, una vez hizo llorar a un mimo.
Avanza por el pasillo central como si estuviera caminando sobre una alfombra roja invisible, arrastrando un aura de perfume de pachulí y drama.
—¡Tragedia! —grita, con una voz que proyecta hasta la última fila sin necesidad de micrófono—. ¡Huelo a tragedia en el aire! ¡Huelo a mediocridad! ¡Huelo a adolescencia reprimida!
Bueno, tampoco había que ser un genio para darse cuenta de la mediocridad de este anfiteatro.
Llega al pie del escenario y se quita las gafas de sol con un movimiento teatral. Sus ojos delineados barren el grupo como un radar buscando objetivos.
Se detiene en mí.
Mierda.
—Tú —dice, señalándome con un dedo lleno de anillos—. Tú eres nueva. No tienes aura. Eres un mancha en mi escenario.
Parpadeo.
—Soy Evangeline. El director Gabriel me asignó...
—¡No me importan los nombres burocráticos! —me interrumpe, subiendo las escaleras con una agilidad sorprendente para alguien que lleva tantos metros de tela—. Me importa la esencia. ¿Quién eres? ¿Cuál es tu dolor? ¿Por qué estás parada ahí como un poste de telégrafos emocionalmente estreñido?
Siento que la sangre se me sube a la cara. Escucho una risita ahogada detrás de mí. Adán.
—Estoy aquí por un... incidente —digo, manteniendo la compostura—. Y no soy un poste. Soy estudiante de ciencias.
Judit se acerca a mí. Demasiado. Invade mi espacio personal hasta que puedo ver las grietas en su maquillaje. Me toma la cara con ambas manos.
—Ciencias —escupe la palabra como si fuera veneno—. Estructura. Lógica. —Me suelta y se gira hacia el resto del grupo, alzando los brazos—. ¡Mírenla! ¡Miren este caparazón vacío! Cree que el mundo se explica con números. Cree que 2 más 2 son 4. ¡Pobrecita!
¡Pero es que si lo son!
Se gira de nuevo hacia mí antes de que suelte el vómito verbal que me busque otro castigo; sus ojos brillan con una intensidad maníaca.
—En este escenario, Eva, 2 más 2 es lo que yo diga que es. Puede ser 5. Puede ser un pez. Puede ser el dolor de un corazón roto. Aquí no hay lógica. Aquí hay verdad.
—Técnicamente, eso es subjetivismo radical y es una falacia —contesto.
—¡Silencio! —Judit da una palmada—. Y tú... —Se gira hacia Adán, que le sonríe—. Adán. El chico de oro de esta generación.
Cuánta humildad.
Ni se nota el preferitismo.
—Hola, profesora J —saluda Adan, haciendo un saludo militar relajado—. Me gusta su turbante. Muy... cósmico.
Judit resopla, pero veo una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Es inmune a la lógica, pero no al carisma barato de Adan.
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romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026