Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 3

La cafetería del Instituto Belmont es, antropológicamente hablando, una recreación fascinante y horrorosa de la sabana africana

La cafetería del Instituto Belmont es, antropológicamente hablando, una recreación fascinante y horrorosa de la sabana africana. Tienes a los depredadores en las mesas centrales, a los carroñeros cerca de las máquinas expendedoras y a las presas —nosotros, los intelectuales, los raros, los "inadaptados sociales"— relegados a las esquinas oscuras donde la luz del sol no llega y el Wi-Fi tiene una sola barra.

Odio la hora del almuerzo. Es una pausa ineficiente en el día diseñada para la ingesta calórica y la tortura psicológica.

Estoy sentada en mi mesa habitual, la "Mesa de los Olvidados", intentando leer un artículo sobre nanotecnología aplicada a la medicina regenerativa. Pero no puedo concentrarme. Mis excompañeros del Club de Robótica están en la mesa de al lado.

David (el nuevo presidente, un chico brillante, pero con la columna vertebral de una medusa) me mira de reojo y luego susurra algo a María. María se ríe nerviosa. Me evitan. Soy radiactiva. Soy la chica que quemó el laboratorio.

Suspiro y subo el volumen de mis auriculares de cancelación de ruido, aunque no estoy escuchando música. Solo quiero silencio blanco.

—¡Eh! ¡Cuidado, ahí vienen!

La voz atraviesa mi barrera de silencio. Levanto la vista.

Ahí están. Los "Elegidos". El grupo de élite.

Patéticos y cliché; toda novela juvenil los necesita, infaltable en la trama.

Isaías (capitán de futbol, coeficiente intelectual cuestionable), Jezabel (reina del baile, experta en guerra psicológica) y, en el centro, como un sol orbitado por planetas idiotas, está Adán.

Adán camina con esa soltura irritante, con la bandeja del almuerzo balanceándose en una mano. Se ríe de algo que dice Isaías. Es una risa sonora, abierta, que hace que tres chicas de la mesa vecina suspiren simultáneamente.

Siento una punzada en el estómago. No es hambre. Es bilis.

Mi mente decide rebobinar. Me lanza un flashback sin mi consentimiento.

Hace seis meses.

Estábamos en el pasillo. El equipo de Robótica acababa de ganar el segundo lugar en la regional, gracias a mí. David llevaba el trofeo de plástico barato como si fuera el Santo Grial. Estábamos felices. Reíamos. Yo incluso sonreía abiertamente, completamente orgullosa de mi creación que nos consiguió la victoria.

Entonces aparecieron ellos.

El equipo de fútbol acababa de perder un partido importante. Estaban de mal humor, sudorosos y buscando a alguien con quien pagarlo.

Isaías chocó "accidentalmente" con David. El trofeo cayó al suelo y se partió en tres pedazos.

—Ups —dijo Isaías, sin mirarlo siquiera.

David se agachó a recoger los pedazos, con la cara roja de humillación. Yo di un paso adelante, pero María me detuvo del brazo.

—No vale la pena, Eva —susurró.

Isaías se rió y pateó uno de los pedazos del trofeo lejos, haciéndolo deslizar por el pasillo.

—Vayan a construir una novia, fenómenos —gritó Jezabel desde atrás.

Y ahí estaba Adán. Apoyado en los casilleros. No pateó el trofeo. No nos insultó. Pero estaba ahí. Observando sin hacer nada. Y cuando Isaías hizo un chiste sobre cómo David probablemente hablaba en binario en la cama, Adán se rió.

Se rió.

No hizo nada para detenerlos. Su silencio fue complicidad. Su risa fue la validación que los matones necesitaban.

Aprieto el tenedor de plástico hasta que se dobla.

Adán no es diferente. Es solo más carismático. Es el tipo de persona que permite que el mundo arda siempre y cuando él no se queme.

De repente, una sombra cae sobre mi mesa.

Levanto la vista.

Es él.

Adán está parado frente a mi mesa, bloqueando mi luz y mi paz mental. El comedor entero parece detenerse. Los murmullos bajan de volumen. La gente observa. ¿Qué hace el Rey hablando con la Paria?

—Hola, compañera de crimen —sonríe.

Sera bocón.

¿Qué no ve que se puede malinterpretar?

Me quito los auriculares lentamente, dejándolos caer alrededor de mi cuello.

—No me hables en público, Adán —digo, volviendo mi vista al artículo—. Dañas mi reputación.

Él se ríe y, sin pedir permiso, se sienta en la silla frente a mí. Pone su bandeja en la mesa. Tiene una hamburguesa, papas fritas y un batido de chocolate. Menú premium. Nutrición cero.

—Creo que tu reputación de "Pirómana del Año" ya está bastante establecida, Eva. De hecho, creo que hablar conmigo te humaniza. Soy tu relacionista público pro-bono.

—Eres una molestia pro bono —corrijo. Cierro mi revista con un golpe seco—. ¿Qué quieres?

Adán muerde una papa frita.

—Vengo a hablar de negocios. Judit quiere que consigamos pintura para el fondo del escenario. Dice que el presupuesto es "imaginario", así que tenemos que ser "creativos". Pensé que tú podrías... no sé, sintetizar pigmentos con tierra y lágrimas de tus enemigos.

—Muy gracioso.

—Lo intento. —Se inclina hacia adelante, bajando la voz—. Oye, en serio. Isaías tiene un tío que trabaja en una ferretería. Puedo conseguir pintura gratis, pero necesito que me ayudes a elegir los colores. Yo soy daltónico para los matices. Para mí todo es "verde" o "no verde".

Miro hacia la mesa de los populares. Isaías y Jezabel nos están mirando. Isaías tiene el ceño fruncido. Jezabel susurra algo al oído de otra chica y ambas se ríen.

—Tus amigos te están esperando —señalo—. No deberías estar aquí.

Adán sigue mi mirada. Hace una mueca rápida, casi imperceptible, antes de volver a mirarme.




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