Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 4

El escenario huele a serrín, a pegamento y a la incompetencia

El escenario huele a serrín, a pegamento y a la incompetencia.

Llevamos dos horas aquí. Ciento veinte minutos de mi vida que jamás recuperaré. El resto del club de teatro está pintando flores de papel en el fondo, bajo la dirección maníaca de Judit, pero a nosotros nos asignaron la tarea "estructural": construir el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.

El problema es que mi compañero tiene su propia definición de "construir".

—Adán —digo, cerrando los ojos y pellizcándome el puente de la nariz—. Por la santísima madre de la termodinámica, suelta esa cinta adhesiva.

Adán está subido en una escalera, sosteniendo una rama de madera contrachapada de dos metros con una mano y un rollo de cinta plateada "duct tape" con la otra. Parece un comercial de "Hágalo usted mismo" que salió terriblemente mal.

—Es cinta de alta resistencia, Eva —responde él con una sonrisa que me dan ganas de borrar con lija—. Soporta todo. Tornados, terremotos, divorcios. Un arbolito de utilería no es desafío.

—Es un árbol de tres metros que debe soportar el peso de una persona trepando —le explico, sacando mis planos impresos en A3—. Mira esto. He calculado los vectores de carga. Necesitamos tornillos de tres pulgadas, escuadras de metal y un contrapeso en la base.

Adán baja de la escalera de un salto. Se acerca a la mesa donde tengo desplegados mis planos perfectos, dibujados en AutoCAD la noche anterior en lugar de dormir.

Mira el papel. Luego me mira a mí. Luego mira el papel otra vez.

—Eva, cariño —dice, y el apodo me provoca un tic nervioso en el ojo izquierdo—, esto no es un plano para un árbol. Esto parece el esquema de una estación espacial soviética.

—Es precisión —defiendo, golpeando el papel con el índice—. Si seguimos este esquema, la estructura será segura, duradera y estéticamente simétrica.

—Y tardaremos tres años en construirla —replica él, cruzándose de brazos—. El estreno es en tres semanas. Necesitamos velocidad. Necesitamos flujo. Necesitamos... —hace un gesto vago con las manos— magia escénica.

—La "magia" es lo que la gente estúpida llama a la física que no entiende.

Adán se ríe. Se apoya en una pila de listones de madera, mirándome con esa expresión divertida que me hace hervir la sangre.

—¿Sabes qué dicen de ti hoy? —pregunta, cambiando de tema radicalmente.

Suspiro, enrollando mis planos.

—Ilumíname. ¿Qué hackeé la CIA? ¿Que soy la hija secreta de Elon Musk?

—Casi. Dicen que estás construyendo un túnel desde el escenario hasta la cafetería para robarte las pizzas los viernes. —Se ríe—. Honestamente, te respeto más si es verdad. Las pizzas de los viernes son un bien escaso.

Resoplo.

—La gente tiene demasiada imaginación y muy poco pensamiento crítico. ¿Y tú? ¿Cuál es tu crimen del día?

Adán se encoge de hombros, pero veo una sombra cruzar sus ojos.

—Dicen que estoy aquí porque vendo órganos en el mercado negro. Aparentemente, mi mochila de gimnasio es perfecta para transportar riñones.

Me detengo. Lo miro.

—¿Riñones? —pregunto, arqueando una ceja—. Eso es anatómicamente absurdo. Necesitarías una nevera portátil con hielo seco, no una mochila de Nike.

Adán suelta una carcajada sonora.

—¡Exacto! Eso es lo que dije, literalmente, palabra por palabra. Pero nadie quiere escuchar la logística del tráfico de órganos, solo quieren el escándalo. —Se acerca un paso más, bajando la voz—. ¿No te cansa, Eva? ¿Que inventen cosas?

—No me importa —miento. Me importa. Me importa que me vean como un monstruo y no como una mente—. Los rumores son mentiras.

—Eres dura, ¿eh? —dice, ladeando la cabeza—. La chica de hielo. Nada le afecta. Nada le duele.

—Tengo prioridades, Adán. Y ahora mismo, mi prioridad es que este árbol no mate a nadie. Así que, por favor, toma el taladro y pon el tornillo donde marca el plano.

Él niega con la cabeza, tomando de nuevo su rollo de cinta.

—No. Vamos a hacerlo a mi manera. Cinta, un par de clavos y mucha fe. Es teatro, Eva. Es ilusión. Si se ve real, es real.

—Si se cae, es una tragedia —gruño.

Le arranco el rollo de cinta de la mano.

—¡Oye! —protesta él, intentando recuperarlo.

—¡No vamos a usar cinta! —grito—. ¡El mundo no funciona con "fe"! ¡Funciona con estructuras! ¡Con reglas!

Adán deja de sonreír. Su rostro se endurece. Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.

—¿Y tú crees que funciona con miedo? —me dispara. Su voz es baja, pero vibra con enojo—. Porque eso es lo que son tus planos, Eva. Miedo. Tienes miedo de improvisar. Tienes miedo de cometer un error. Tienes tanto miedo de que algo salga mal que prefieres no hacerlo si no tienes el control absoluto.

—Tengo razón —lo aparto, empujándolo en el pecho.

—¡Tienes miedo! —grita él de vuelta.

—¡Eres un irresponsable!

—¡Y tú eres una cobarde!

Estamos gritando. El resto del club se ha quedado en silencio, pero no me importa.

Me giro hacia la estructura de madera que habíamos empezado a levantar. Es un panel enorme de aglomerado, pesado y mal equilibrado.

—¡Si no lo hacemos bien, se va a caer! —exclamo, agarrando el borde del panel para demostrar mi punto—. ¡Mira lo inestable que es!

Tiro del panel.

—¡Eva, espera, no lo...! —Adán se lanza hacia adelante.

Pero es tarde.

Tiro con demasiada fuerza.

El panel de madera, de tres metros de alto y cincuenta kilos de peso, cruje. Se inclina.

Y cae.

Todo sucede en cámara lenta y a velocidad luz al mismo tiempo. Veo la sombra del panel cubriéndonos. Siento el aire desplazado.




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