Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 5

El guion pesa en mis manos como un ladrillo

El guion pesa en mis manos como un ladrillo.

Estamos sentados en el borde del escenario, con las piernas colgando hacia la oscuridad del patio de butacas vacío. Judit ha desaparecido, probablemente a meditar en su camerino, dejándonos con la tarea de "familiarizarnos con el texto sagrado".

Miro la portada. "GÉNESIS: EL AMANECER DEL AMOR" Escrito por: Judit O'Connor. (Basado vagamente en la Biblia, pero con más sentimiento).

—Está escrito en Comic Sans —digo, sintiendo una úlcera formarse en mi estómago.

A mi lado, Adán pasa las páginas con la delicadeza de un gorila desarmando una bomba.

—Espera a leer los diálogos, Eva. La tipografía es el menor de tus problemas. Escucha esto... —Se aclara la garganta y lee con voz profunda—: "Oh, Eva, mujer nacida de mi costilla, tu piel es suave como el melocotón y tu mente es... eh... simple como el agua clara".

Se detiene. Me mira.

—¿Dice eso? —pregunto, incrédula.

—Página cuatro. Acaba de llamarte "simple como el agua". Creo que es un insulto.

Le arranco el guion de las manos para verificarlo. Mis ojos escanean el horror.

—Es sexista, incorrecto y literariamente deficiente —diagnostico—. Mira mi respuesta: "Oh, Adán, mi protector, mi hombre. Guíame, pues sin ti soy como una oveja perdida entre los helechos". —Hago una pausa—. Preferiría beber ácido sulfúrico que decir esto en público.

Adán suelta una carcajada y se echa hacia atrás, apoyándose en los codos. La camiseta se le tensa en el pecho. Intento no notarlo.

—Es terrible —admite él—. Pero es lo que hay. Judit quiere que seamos la pareja original. La inocencia antes de la caída.

—No es inocencia, es estupidez —replico, cerrando el guion con fuerza—. La historia original ya tiene fallos lógicos graves, pero esto... esto es una lobotomía en papel.

Adán me mira con curiosidad, ladeando la cabeza.

—¿Fallos lógicos? ¿En la Biblia? Cuidado, Eva, te van a excomulgar. O quemar en la hoguera. Creo que todavía hacen eso en algunos pueblos del sur.

Me ajusto las gafas. Me encanta cuando me dan pie para desmontar mitos.

—Piénsalo. Si Dios es omnisciente, sabía que comerían la manzana. Si es omnipotente, podría haber puesto el árbol en Marte, o haberlo hecho de cemento. Poner el árbol prohibido en el centro del jardín, hacerlo ver delicioso y luego decir "no lo toques", es un diseño de sistema defectuoso. Es una trampa. Es como poner un botón rojo gigante que dice "NO APRETAR" en una guardería.

Adán deja de sonreír. Mira hacia el techo del teatro, donde las vigas se pierden en la oscuridad.

—Es una prueba —dice, pero no suena convencido. Suena como si estuviera repitiendo algo que ha escuchado mil veces.

—Es sadismo —corrijo—. O incompetencia administrativa. Me inclino por lo segundo. El universo es demasiado caótico para ser obra de un arquitecto benévolo. Mira el ornitorrinco. Mira el apéndice humano. Mira a tu amigo Isaías. Son errores de código. Glitches en la matriz.

Adán se gira hacia mí. Sus ojos están serios ahora.

—Entonces, ¿no crees en nada? —pregunta—. ¿Eres del equipo "somos polvo de estrellas y cuando morimos nos convertimos en abono"?

—No soy atea, Adán. El ateísmo requiere una certeza absoluta que la ciencia no puede ofrecer. No puedes probar la inexistencia de algo. —Me abrazo las rodillas, mirando mis botas—. Creo en... la Fuente.

—Dios —sugiere él.

—Esa palabra está sucia. Está manchada por siglos de guerras, de hombres con sombreros graciosos diciéndole a la gente a quién odiar y de señoras que te juzgan por llevar falda corta. —Hago una mueca—. Creo que hay algo ahí fuera. Una inteligencia superior que diseñó las leyes de la física, las constantes universales, la proporción áurea. Pero no creo que a esa inteligencia le importe si comemos carne los viernes o si nos acostamos antes del matrimonio.

Adán se queda callado un momento. Procesa la información.

—Un Dios matemático —murmura—. Frío. Distante.

—Eficiente —digo—. Un Dios que no interviene. Un Dios que te da las herramientas y te dice: "Aquí tienes la gravedad y el libre albedrío. No te mates. Y si te matas, no me llames llorando".

Adán suelta una risa amarga. Se pasa una mano por el pelo, desordenándolo.

—Me gusta más tu versión que la mía —dice voz baja.

Lo miro. Hay algo en su tono. Una grieta en la fachada de chico perfecto.

—¿Cuál es tu versión? —pregunto, con una suavidad que me sorprende a mí misma.

Él no me mira. Mira sus manos.

—Yo no creo —dice. Y no lo dice con orgullo, lo dice con fatiga—. Directamente. No puedo.

—¿Por qué? —insisto. Mi curiosidad científica se activa. Quiero saber qué hay dentro de su cabeza.

Adán se encoge de hombros.

—Porque si existe... si realmente hay un "Padre" ahí arriba que nos creó y nos mira... entonces es un imbécil.

La palabra cuelga en el aire, pesada.

—¿Por el sufrimiento? —pregunto—. ¿El problema del mal? Es el argumento clásico. Epicuro lo planteó hace siglos.

—No necesito un piquete en el culo —me ahogo con mi propia risa contenida—. Solo necesito mirar alrededor. ¿Un Dios que crea un jardín perfecto y luego castiga a sus hijos por querer saber más? ¿Por querer entender? —Se gira hacia mí, y sus ojos brillan con una intensidad que me asusta—. Eso no es amor, Eva. Eso es control. Es un padre abusivo que te golpea porque hiciste una pregunta que no le gustó.

Me quedo callada. Analizo sus palabras. No está hablando de teología. Está hablando de otra cosa. Está hablando de su vida. De la presión. De las expectativas. De ese miedo al fracaso que vi en sus ojos el primer día.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.