Ver a Adán intentar usar un martillo es, empíricamente hablando, una de las experiencias más dolorosas que he tenido que presenciar. Y una vez vi un documental sobre la reproducción de las babosas sin anestesia.
Estamos en la parte trasera del escenario, rodeados de aserrín, listones de pino y el olor acre del pegamento de contacto. Hoy es día de construcción pesada. Judit nos ha dejado solos de nuevo, alegando que su "chakra de la creatividad" está bloqueado y necesita ir a gritarle al océano (o a la cafetería, lo que esté más cerca).
—La madera está defectuosa —declara Adán, soltando el martillo con frustración.
El clavo que intentaba introducir está doblado en un ángulo de noventa grados, burlándose de él. Es el quinto clavo consecutivo que sacrifica en el altar de su incompetencia.
—La madera es pino estándar, Adán —digo, sin levantar la vista de mi soldador—. Densidad media, veta recta. El problema no es el sustrato. El problema es el operador.
Él se pasa el dorso de la mano por la frente sudorosa. Lleva una camiseta gris que se le pega al cuerpo. Intento concentrarme en los circuitos del detonador remoto que estoy ensamblando y no en la definición de sus bíceps. Es difícil. La biología es una perra insistente.
—Es el martillo entonces —insiste él, cruzándose de brazos.
Dejo el soldador en su soporte con un suspiro. Me ajusto los guantes de protección y camino hacia él.
—El martillo es una herramienta simple —Le quito la herramienta de la mano—. El problema es que lo agarras como si fuera una raqueta de tenis. Estás usando la muñeca, no el codo.
—Memoria muscular.
—Pues bórrala. Te romperás un dedo si sigues así. —Sostengo el martillo frente a él—. Mira. Agarre distal. El fulcro es tu codo. Dejas caer el peso, no lo empujas. Física básica. Energía cinética igual a un medio de la masa por la velocidad al cuadrado.
Adán me mira. No mira el martillo. Me mira a mí. Tiene esa sonrisita ladeada que suele preceder a una tontería.
—Me encanta cuando hablas en nerd. Es casi... sexy.
Siento que mis mejillas se calientan. Vasodilatación involuntaria. Maldita sea.
—Cállate y observa —ordeno.
Coloco un clavo nuevo. Levanto el martillo. Dejo caer el golpe con precisión seca. El clavo entra recto. Dos golpes más. La cabeza del clavo queda perfectamente al ras de la madera.
Me giro hacia él y le extiendo el martillo con una ceja arqueada.
—¿Ves? No se requiere magia. Se requiere técnica.
Adán toma el martillo. Sus dedos rozan los míos.
—Eres aterradora, Eva —dice, pero su tono es de admiración—. ¿Hay algo que no sepas hacer?
socializar.
Pero jamás lo admitiría en voz alta.
—Termina de fijar ese panel. Tengo que terminar el sistema de la Ira de Dios.
Adán se ríe y vuelve a intentarlo. Escucho el thunk-thunk vacilante del martillo. Al menos esta vez suena como si estuviera golpeando la madera y no su propia dignidad.
Me concentro en mi obra maestra.
Judit quería "efectos especiales". Quería que la expulsión del Paraíso fuera "visceral". Bien. Le voy a dar visceras.
He diseñado un sistema de liberación de dióxido de carbono comprimido (hielo seco) acoplado a un estrobo de alta frecuencia y un mecanismo de caída libre para la Manzana. Cuando Adán muerda la fruta, un sensor de presión activará una válvula solenoide. El escenario se llenará de niebla densa en tres segundos, las luces parpadearán en rojo sangre y un sonido de baja frecuencia (infrasonido, capaz de inducir ansiedad real en la audiencia) se disparará desde los subwoofers.
No es teatro. Es ciencia.
Y no hay nada mas hermoso que la ciencia.
Levanto la vista. Adán ha logrado clavar tres clavos sin mutilarlos. Me mira con orgullo infantil.
—¿Qué?
—¿Qué es esa caja negra con cables que parece una bomba?
—Es el sistema de proyección atmosférica —explico—. Niebla. Luces...
—¿Y esto? —Señala un pequeño mecanismo con un resorte que estoy ajustando.
—Ese es el Eyector de la Manzana.
Adán parpadea con una sonrisa contenida.
—¿Erector?
Además de bruto, sordo.
— Eyector. La manzana no puede simplemente estar ahí colgada con un hilo de pescar, Adán. Es cutre. He diseñado un soporte magnético. Cuando la toques, el circuito se rompe y la manzana cae en tu mano con un peso muerto, simbolizando la carga del pecado.
Adán deja el martillo y se acerca. Mira mis artilugios con una mezcla de horror y fascinación.
—Eva... es una obra escolar. La gente espera ver a dos adolescentes en mallas recitando poesía mala. Tú estás montando un espectáculo de Broadway dirigido por Christopher Nolan.
—La mediocridad me produce urticaria —digo, conectando un cable azul—. Si vamos a hacerlo, lo haremos bien. Quiero que cuando Dios nos expulse, la gente en la primera fila sienta miedo de verdad.
Adán se apoya en la mesa, invadiendo mi espacio.
—A ti te gusta el miedo, ¿verdad?
Lo miro.
—El miedo es una reacción útil. Te mantiene alerta. Te mantiene vivo.
—Pero también te paraliza —dice él suavemente—. Como a mí con el martillo. Tenía miedo de parecer un inútil frente a ti, así que me puse tenso y lo hice mal.
Me detengo. Dejo el destornillador.
—¿Te importa parecer un inútil frente a mí? —pregunto, genuinamente curiosa.
Adán desvía la mirada. Juega con un trozo de cinta aislante.
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romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026