El sueño es una necesidad biológica. La cafeína es un sustituto temporal aceptable. La locura transitoria es, aparentemente, un efecto secundario inevitable.
Son las 7:45 AM.
Llevamos despiertos veinticuatro horas. Mis globos oculares se sienten como si hubieran sido lijados con papel de grano grueso. Mis manos tienen un temblor constante que haría imposible una cirugía cerebral, pero que resulta extrañamente útil para mezclar pintura agitando el bote como si tuviera parkinson.
El escenario está terminado.
O al menos, eso dice mi cerebro alucinado. El Árbol del Conocimiento se alza majestuoso en el centro, retorcido y oscuro. El suelo está cubierto de hojas secas reales (que Adán fue a robar al parque a las 5 AM). Las luces están programadas.
Solo falta un detalle.
—Judit dijo que ¿quería un "amanecer esperanzador" —dice Adán. Su voz suena rasposa, gruesa y delirante, todo a la vez—... o que debía tener "tonos de útero materno"?
—Si vuelves a decir "útero" te engrapare la frente —amenazo—. Solo necesitamos pintar las nubes superiores. Rápido. Belial llega en quince minutos.
Adán sostiene un bote de pintura industrial de cinco litros. La etiqueta dice: ROSA FLAMENCO INTENSO.
—¿Estás segura de que este es el color? —pregunta él, mirando el bote con desconfianza—. Parece vómito de princesa Disney.
—Es lo que pidió Judit. Teoría del color: el rosa contrasta con el verde oscuro del árbol, creando tensión visual. —Señalo el andamio—. Sube y pinta las nubes. Yo sostengo la escalera.
Adán suspira, se pasa una mano por el pelo (que ahora es una escultura abstracta de grasa y aserrín) y sube al andamio improvisado.
—Si muero —dice desde las alturas—, borra mi historial de búsqueda.
—Si mueres, dejare tu cadáver pudrirse. Pinta.
Adán empieza a aplicar el rosa en el telón de fondo. Sus movimientos son lentos. Se nota el agotamiento. Yo estoy abajo, sosteniendo la estructura metálica, rezando al Dios de la Estática para que no se caiga todo.
—Más a la derecha —indico—. No, tu otra derecha. La que usas para escribir... ah, espera, tú no escribes. La que usas para lanzar balones.
—Ja, ja. Graciosita me salió la niña.
Adán se estira para alcanzar una esquina del telón. Se estira demasiado.
La física es cruel. El centro de gravedad de Adán se desplaza más allá de la base de sustentación. El bote de pintura, que había dejado precariamente en el borde del andamio, se tambalea.
—¡Adán, cuidado! —grito.
Todo sucede en esa cámara lenta horrible que precede al desastre.
Adán pierde el equilibrio. El bote de pintura se vuelca.
Pero Adán, en un giro de reflejos atléticos que mi cerebro apenas puede procesar, no intenta agarrarse para salvarse él. Mira hacia abajo. Me ve a mí, justo debajo de la trayectoria del bote de cinco kilos de pintura líquida.
—¡Muévete! —ruge.
Pero mis piernas no responden. Estoy paralizada calculando la trayectoria parabólica del impacto.
Adán se lanza.
Literalmente.
Salta del andamio no para aterrizar a salvo, sino para interceptarme. Su cuerpo choca contra el mío como un jugador de futbol derribando a un oponente. Me envuelve con sus brazos y gira en el aire, usando su propia espalda como escudo.
Caemos al suelo. Duro.
Y un nanosegundo después...
SPLASH.
El sonido es húmedo, obsceno y masivo.
El bote de pintura explota contra el suelo a treinta centímetros de nosotros, pero la física de fluidos hace el resto. Una ola de marea rosa, espesa y brillante nos cubre por completo.
Silencio.
Solo escucho el goteo, goteo, goteo de la pintura cayendo desde el andamio.
Abro los ojos.
El mundo es rosa.
Estoy tirada en el suelo de madera. Adán está encima de mí, protegiéndome con su cuerpo. Su espalda está empapada. Mi pecho, mi cara, mi pelo... todo está cubierto de pintura.
Adán levanta la cabeza lentamente. Pestañea. Sus pestañas rubias ahora son grumos rosados.
Me mira. Yo lo miro.
Parecemos dos chicles masticados y escupidos por un gigante.
—Rosa Flamenco Intenso —dice Adán. Escupe un poco de pintura que le entró en la boca—. Sabe horrible.
—Me has tacleado —digo, aturdida. Mi cerebro intenta reiniciar—. Saltaste. Podrías haberte roto una pierna.
—Iba a caerte en la cabeza, Eva —dice él, como si fuera obvio—. Esa lata pesa cinco kilos. Te habría abierto el cráneo. Prefiero quedar como un Pepto-Bismol gigante que explicarle a la policía por qué mi compañera está en coma.
Intento moverme. La pintura actúa como un adhesivo instantáneo entre nuestra ropa y nuestra piel. Es asqueroso. Es frío. Y sin embargo... él no se quita de encima.
Sus brazos siguen a mis lados, sosteniendo su peso para no aplastarme, pero sus caderas están presionadas contra las mías. La fricción viscosa es extraña. Intima.
—Estamos arruinados —susurro, mirando el desastre—. El suelo. El vestuario. Nosotros. Belial llega en... —Miro mi reloj, que ahora está cubierto de rosa—... siete minutos.
Adán mira a su alrededor. Se pasa la lengua por los dientes (ahora rosas). Y empieza a reírse.
—No te rías —le advierto, aunque siento una burbuja de histeria subiendo por mi garganta—. Esto es una tragedia.
—Eva, míranos. —Se ríe más fuerte, sacudiendo la cabeza y salpicándome más pintura en la cara—. Parecemos un accidente en la fábrica de Barbie.
Me limpio los ojos con el dorso de la mano, pero solo consigo extender más la pintura. Adán baja la mirada. Sus ojos brillan intensamente en contraste con el rosa que nos cubre. De repente, deja de reír.
#1515 en Otros
#499 en Humor
#290 en Joven Adulto
romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026