Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 9

El pasillo de la escuela es un ecosistema fascinante si ignoras el olor a hormonas y desodorante en aerosol

El pasillo de la escuela es un ecosistema fascinante si ignoras el olor a hormonas y desodorante en aerosol. Es un mercado de reputaciones. Y hoy, las acciones de Adán están cotizando al alza en la bolsa del crimen organizado.

Estoy en mi casillero, intentando quitarme una mancha rebelde de pintura rosa de detrás de la oreja, cuando lo escucho.

—Oye, Adán. —Es un chico de tercer año. Nervioso. Mira a los lados como si estuviera en una película de espías de bajo presupuesto.

Me detengo, escondida tras la puerta abierta de mi casillero. Ajusto el ángulo del espejo magnético para espiar.

Adán está apoyado en la pared opuesta, luciendo irritantemente limpio y relajado.

—¿Qué pasó? —dice Adán.

—Escuché... ya sabes —el chico baja la voz—. Escuché que tú consigues cosas. Que tienes... el material.

Entorno los ojos. ¿El material? ¿Qué creen que es esto, Breaking Bad?

Adán no se ofende. No se ríe. No niega. Simplemente se encoge de hombros y adopta una expresión de aburrimiento calculado.

—Depende de lo que busques —dice Adán, con una ambigüedad maestra—. Pero mis tarifas son altas. Riesgo laboral, ya sabes.

El chico asiente frenéticamente, como si Adán acabara de confirmarle que es el Chapo Guzmán de la preparatoria.

—Sí, sí, claro. Hablamos luego. Detrás de las gradas.

El chico se va corriendo. Adán se queda ahí, masticando un chicle imaginario.

Cierro mi casillero con un golpe seco. CLANG.

Adán gira la cabeza. Me ve. Sonríe.

—Buenos días, Socia. Te queda bien el rosa detrás de la oreja. Muy punk.

Cruzo el pasillo en tres zancadas y me planto frente a él.

—¿"Material"? —pregunto, cruzándome de brazos—. ¿"Tarifas altas"? Adán, ese chico cree que vendes metanfetamina.

Adán se ríe y se despega de la pared para caminar conmigo hacia la clase de Matemáticas Avanzadas. (Sí, compartimos clase. Él se sienta al fondo y dibuja en su cuaderno; yo me siento al frente y corrijo al profesor mentalmente).

—Deja que crean lo que quieran, Eva —dice, metiendo las manos en los bolsillos—. Es más fácil.

—¿Más fácil que te crean un delincuente? —Analizo su perfil. Su mandíbula está relajada, pero sus ojos escanean el pasillo constantemente—. Eso es ilógico. Una mala reputación cierra puertas. Reduce tus probabilidades de ingreso universitario en un 40%.

—Si creen que soy peligroso, nadie me molesta. Nadie me pide favores reales. Nadie espera que sea el "buen chico" perfecto todo el tiempo. —Me mira de reojo—. Es un camuflaje. Como tú con tu cara de "odio a la humanidad".

Me detengo en seco.

—Yo no uso camuflaje. Yo odio a la humanidad.

—Claro que sí. Lo que tú digas.

Entramos al aula. El profesor Salomón está escribiendo una ecuación en la pizarra. Es un problema de optimización lineal. Bastante básico para mí, pero pesadilla para el resto.

Adán se deja caer en su pupitre del fondo, estirando las piernas largas que bloquean el pasillo. Yo me siento dos filas adelante.

La clase empieza. El profesor Salomón se equivoca en la tercera línea. Pone un signo negativo donde debería ir uno positivo.

Nadie dice nada. Los estudiantes copian ciegamente como ovejas. Yo estoy a punto de levantar la mano para señalar el error (porque la inexactitud me provoca picazón), cuando escucho un susurro detrás de mí.

—Va a colapsar en el paso cinco.

Me giro disimuladamente.

Adán no está mirando la pizarra. Está mirando por la ventana, con la barbilla apoyada en la mano, aparentemente en trance. Pero su bolígrafo está golpeando rítmicamente sobre su cuaderno cerrado.

Va a colapsar en el paso cinco.

Miro la pizarra. Hago el cálculo mental rápido. Si Salomón sigue con ese signo negativo, la ecuación se volverá irresoluble en... exactamente, dos pasos más. El quinto paso.

Mi corazón da un vuelco extraño.

Vuelvo a mirar a Adán. Él bosteza. Saca su teléfono por debajo de la mesa y empieza a jugar a algo que parece Candy Crush.

El profesor llega al paso cinco. Se detiene. Frunce el ceño. Borra. Escribe de nuevo. Se rasca la cabeza calva.

—Eh... parece que hay una incongruencia en la variable X —murmura Salomón.

Me giro hacia Adán otra vez. Él ni siquiera levanta la vista del teléfono.

No es suerte, pienso. La probabilidad de adivinar el punto exacto de fallo en una ecuación no lineal sin mirarla es astronómica.

Suena el timbre. La clase termina sin que el profesor resuelva el problema.

Espero a que todos salgan. Adán se levanta despacio, guardando sus cosas con esa lentitud exasperante que parece ser su marca registrada.

Lo intercepto en la puerta.

—¿Cómo lo supiste? —disparo sin preámbulos.

Adán parpadea, inocente.

—¿Saber qué? ¿Que hoy servían tacos en la cafetería? El olor llega hasta aquí.

—La ecuación —digo, bajando la voz. Lo acorralo contra el marco de la puerta—. Sabías que Salomón se había equivocado en el signo. Lo dijiste antes de que pasara.

Adán se ríe, pero es una risa nerviosa. Desvía la mirada.

—Ah, eso. Suerte. Salomón siempre se equivoca. Es un patrón.

—No —insisto. Doy un paso más hacia él. Mis ojos escanean su cara buscando microexpresiones—. No estabas mirando. Lo calculaste de oído o lo viste en un segundo. Y no es la primera vez. La semana pasada arreglaste el sistema de poleas calculando el contrapeso a ojo. Ayer sabías que la madera cedería.

Adán deja de sonreír. Su postura cambia. Se encoge un poco, como si quisiera hacerse más pequeño.




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