Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 10

El teatro es un lugar donde la dignidad muere

El teatro es un lugar donde la dignidad muere.

Esa es mi conclusión científica tras dos semanas de ensayos. No hay otra explicación lógica para lo que está ocurriendo ahora mismo.

Estoy parada en el centro del escenario, sosteniendo una manzana de plástico. Judit me mira desde la primera fila como si esperara que me convirtiera en Meryl Streep por generación espontánea. Adán está frente a mí, luciendo irritantemente cómodo en su papel de "Primer Hombre".

—Eva, querida —grita Judit, interrumpiendo mi monólogo por quinta vez—. ¡No te escucho! ¡Estás susurrando como si le contaras un secreto al viento! ¡Proyecta! ¡Tu voz debe llegar hasta la última fila, donde se sientan los que se besan en la oscuridad!

Suelto un suspiro que, irónicamente, se escucha perfectamente.

—Mi volumen es conversacional estándar, profesora —replico—. Estamos a un metro de distancia. Si grito, saturaré el canal auditivo de Adán y perderemos realismo.

—¡A la mierda el realismo! —brama Judit—. ¡Esto es teatro! ¡Quiero pasión! ¡Quiero volumen! ¡Quiero que Dios te escuche en el gallinero! Adán, enséñale. Tú tienes pulmones.

Adán sonríe. Esa sonrisa de depredador perezoso que ha empezado a usar conmigo desde que descubrí que es inteligente. Sabe que odio esto. Y lo disfruta.

—Con gusto, J —dice.

Se acerca a mí. Invade mi burbuja de seguridad.

—El problema, Eva —dice, bajando la voz para que solo yo lo escuche—, es que tienes miedo de ocupar espacio. Hablas bajito porque quieres pasar desapercibida. Pero aquí... —abre los brazos— eres la protagonista. Tienes que ¡GRITAR!

—No voy a gritar —siseo.

—Grita —insiste él.

—No.

Adán rueda los ojos.

—Vale, hagámoslo a mi manera. —Se aclara la garganta y, de repente, me grita en la cara con una potencia que me hace retroceder un paso—: ¡EVA! ¡LA MANZANA ESTÁ PODRIDA!

Parpadeo, aturdida.

—¿Qué te pasa? —hablo por encima de la risa de otros estudiantes.

—¡NO TE ESCUCHO! —ruge él—. ¡DIME QUE ME CALLE! ¡DIME QUE SOY UN IDIOTA! ¡PERO DÍMELO CON GANAS!

Miro a Judit. Ella está aplaudiendo frenéticamente.

—¡Sí! ¡Conflicto! ¡Fuego! —grita.

Vuelvo a mirar a Adán. Me está retando. Sus ojos brillan con desafío.

—Eres un idiota —digo, subiendo un poco el volumen.

—¡MÁS FUERTE! —grita él—. ¡ESO FUE UN SUSURRO PATÉTICO! ¡INSÚLTAME DE VERDAD! ¡USA ESE CEREBRO GIGANTE TUYO PARA DESTROZARME!

Algo se rompe dentro de mí. Tal vez es el estrés de las últimas semanas. Tal vez es el olor a pintura rosa que todavía fantasma en mi ropa. O tal vez es que, en el fondo, llevo queriendo gritarle desde que lo vi caer del techo.

Tomo aire. Lleno mis pulmones hasta que duelen.

—¡ERES UN SUBPRODUCTO EVOLUTIVO DEFICIENTE! —grito. Mi voz retumba en las paredes del auditorio. Se siente... bien. Se siente eléctrica.

Adán sonríe, pero no retrocede.

—¡ESO ES! —devuelve el grito—. ¡DIME ALGO QUE DUELA!

—¡TU EXISTENCIA ES LA PRUEBA EMPÍRICA DE QUE LA SELECCIÓN NATURAL TUVO DESVIACIONES! —bramo, dando un paso hacia él—. ¡ERES TAN DENSO QUE COLAPSAS BAJO TU PROPIA GRAVEDAD!

—¡Y TÚ ERES TAN FRÍA QUE SI TE ABRAZO ME DARÍA HIPOTERMIA! —contraataca él, acercándose tanto que nuestras narices casi se tocan—. ¡ERES UN ROBOT CON GAFAS! ¡UN ALGORITMO CON COMPLEJO DE SUPERIORIDAD!

—¡PREFIERO SER UN ALGORITMO QUE UN PARÁSITO SOCIAL CUYA ÚNICA HABILIDAD ES LANZAR UNA PELOTA A OTRO PARÁSITO! —grito, señalándole el pecho con el dedo—. ¡ERES UN ORNAMENTO, ADÁN! ¡ERES DECORACIÓN DE INTERIORES CON PATAS!

—¡Y TÚ ERES TAN DIVERTIDA COMO UNA COLONOSCOPIA SIN ANESTESIA! —grita él, rojo de... ¿ira? ¿Eufória? No lo sé.

Estamos respirando agitadamente, pecho con pecho, gritándonos a la cara. El aire vibra. Es una pelea, sí. Pero también es otra cosa. Es una liberación de presión hidráulica.

—¡AL MENOS YO NO FINJO SER IDIOTA PARA QUE LA GENTE ME QUIERA! —le suelto. Es un golpe bajo. Lo sé.

Adán se detiene un segundo. Sus ojos se oscurecen.

—¡AL MENOS YO INTENTO QUE LA GENTE NO ME ODIE! —responde, con una voz un poco más baja pero igual de intensa.

Me quedo callada. El silencio cae sobre el escenario como una guillotina.

Me ha dado. Tocado y hundido.

Judit se pone de pie de un salto, tirando su silla.

—¡BRAVO! —grita, llorando de emoción—. ¡Esa es la pasión del Génesis! ¡El resentimiento acumulado de milenios! ¡Maravilloso! ¡Corte!

Adán y yo nos quedamos mirando, respirando fuerte. La adrenalina se desvanece lentamente, dejando una extraña incomodidad.

—Proyectaste la voz —dice Adán finalmente, recuperando su tono normal, aunque un poco ronco.

—Te odio —murmuro.

—Lo sé, yo también me odiaria. —Me guiña un ojo—. Pero se te escuchó hasta en la cafetería. De nada.

Me giro para irme, sintiendo que necesito esconderme en un agujero negro, cuando Judit aplaude de nuevo.

—¡Bien! ¡Siguiente escena! La Tentación. Eva, trae a la Serpiente.

Ah. La Serpiente.

Mi orgullo y alegría. Y, potencialmente, mi perdición.

Salgo del escenario un momento y regreso empujando un carrito cubierto con una manta.

—Profesoras, compañeros —anuncio, recuperando mi compostura científica—. Les presento al Modelo S-3RP-13NTE. O como yo lo llamo: Lucifer v2.0.

Quito la manta.

El elenco suelta un grito colectivo.

No es una serpiente de peluche. Es un autómata segmentado de dos metros de largo, construido con restos de aspiradoras robóticas, tubos de ventilación flexibles y recubierto con escamas de metal reciclado pintadas de verde iridiscente y negro. Tiene ojos LED rojos y una mandíbula hidráulica.




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