El Instituto Belmont de noche no es un lugar de aprendizaje. Es un mausoleo.
Las luces de los pasillos están apagadas, excepto por las de emergencia que bañan todo en un rojo espectral. El silencio es absoluto, denso, solo roto por el zumbido ocasional de una máquina expendedora solitaria y nuestras propias respiraciones.
Son las 9:30 PM.
Estamos en el escenario, pintando las últimas constelaciones en el cielo falso del Edén. Belial nos dio una prórroga no oficial (probablemente porque Judit lo amenazó con hacerle vudú), pero tenemos que terminar hoy.
—Mi brazo se va a caer —gime Adán desde el suelo.
Está tumbado boca arriba, pintando la parte baja del telón. Tiene una mancha de pintura azul oscuro en la nariz que lo hace parecer un cachorro dálmata defectuoso.
—La atrofia muscular es poco probable en un sujeto con tu actividad física —respondo desde la escalera, donde estoy pintando a Orión con precisión astronómica—. Es solo acumulación de ácido láctico. Deja de quejarte.
—Eres una tirana, Eva. Una dictadora.
Se sienta y saca su teléfono del bolsillo. Su cara se ilumina con la luz azul de la pantalla. Frunce el ceño.
—Maldita sea.
—¿Qué pasa? —pregunto, sin dejar de pintar a Betelgeuse.
—Esta cosa. —Sacude el teléfono como si fuera una maraca—. Se murió. La pantalla está en negro, pero vibra. Y necesito llamar a mi madre para decirle que no me espere despierta o enviará a la Guardia Nacional.
Bajo la vista. Adán está golpeando el lateral del teléfono contra la palma de su mano. Tecnología punta contra método de las cavernas.
—Deja de golpearlo —ordeno, bajando de la escalera—. No es un tambor. Dámelo.
Adán me lo tiende con desconfianza.
—Está muerto, Eva. Cayó al suelo durante la pelea con tu serpiente. Creo que el procesador se suicidó.
Tomo el teléfono. Es el último modelo, por supuesto. Caro. Frágil.
Lo examino. La pantalla está negra, sí, pero el LED de notificación parpadea. No es hardware. Es un bucle de software provocado por el impacto. El giroscopio probablemente envió una señal de error que bloqueó el sistema operativo.
—No está muerto.
Hago la combinación de teclas para el reinicio forzado del sistema: Volumen Arriba, Volumen Abajo, mantener encendido durante diez segundos.
Uno. Dos. Tres.
Adán me mira expectante.
—No va a funcionar, ya intenté apagarlo y...
En el segundo diez, la pantalla se ilumina con el logo de la manzana.
Adán abre la boca.
Le devuelvo el teléfono.
—Diez segundos —dice él, mirando la pantalla que vuelve a la vida—. Llevo una hora peleando con esto. ¿Qué eres? ¿Una bruja digital?
—Soy alguien que lee los manuales de usuario, Adán. Deberías intentarlo alguna vez.
Él se ríe, desbloquea el teléfono y envía un mensaje rápido. Luego me mira, y su expresión cambia. Se vuelve... suave.
—Gracias —dice. Y suena sincero.
Me encojo de hombros, volviendo a mi pincel.
—Era un problema básico.
—Para ti. Para mí era el fin del mundo. —Se guarda el teléfono—. Tengo toda mi vida ahí. Contactos, agenda, fotos... Si lo pierdo, dejo de existir.
—Que tu existencia dependa de un chip es un dato preocupante sobre la fragilidad de la identidad moderna —comento.
—Oye, tengo hambre —dice, ignorando mi crítica sociológica.
—La cafetería cerró a las cuatro. Las máquinas expendedoras del pasillo norte están vacías porque el equipo de natación las saqueó esta tarde.
Adán sonríe. Es esa sonrisa de "tengo un secreto".
—La cafetería está cerrada para los mortales, Eva. Pero yo conozco los caminos del Señor... y del conserje.
Se levanta y se sacude el polvo de los pantalones.
—¿Vienes?
Lo dudo un segundo. Deberíamos seguir pintando. Pero mi propio estómago ruge en respuesta, traicionando mi lógica.
—Si nos atrapan, negaré todo.
—Trato hecho.
Caminamos por los pasillos oscuros. Adán se mueve con una seguridad sorprendente para alguien que suele tropezar con su propia sombra en el escenario. Conoce el edificio.
Llegamos a la puerta de servicio de la cafetería. Está cerrada con llave, obviamente.
—¿Vas a patearla? —pregunto, escéptica.
—Qué bruta eres. —Adán saca una tarjeta de crédito de su bolsillo—. Mira y aprende. El pestillo de esta puerta está mal alineado desde 1998. Mi entrenador me enseñó el truco para sacar hielo cuando hay lesiones.
Desliza la tarjeta por la ranura. Mueve la manija.
Click.
La puerta se abre.
—Violación de propiedad privada —murmuro, pero entro detrás de él.
La cocina de la cafetería huele a desinfectante industrial y a grasa rancia. Está en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que entra por las ventanas altas.
Adán se mueve como un ninja hambriento. Va directo a una despensa al fondo.
—¡Bingo! —susurra.
Vuelve con los brazos llenos.
—¿Qué conseguiste? —pregunto, encendiendo la linterna de mi teléfono.
—El botín de guerra. —Me muestra sus tesoros—. Dos sándwiches de pavo envasados que caducan mañana, una bolsa de papas fritas tamaño familiar y... —hace una pausa dramática, sacando algo de su bolsillo trasero— dos latas de refresco que estaban escondidas detrás de las latas de maíz.
—Nutricionalmente deplorable —diagnostico—. Lo quiero.
Nos sentamos en el suelo del pasillo, justo fuera de la cafetería, con las piernas estiradas. Es nuestro picnic ilegal.
Adán abre la bolsa de papas y la pone entre los dos.
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romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026