La "Semana Técnica" en el teatro es el equivalente artístico a la guerra de trincheras, pero con más laca para el pelo y menos honor.
El escenario es un campo minado de cables. Hay extensiones negras serpenteando por el suelo como víboras de goma, cajas de conexiones zumbando con electricidad estática y focos calientes que huelen a polvo quemado.
Para cualquier persona normal, es un desorden. Para mí, es Vietnam.
Estoy arrodillada cerca de las bambalinas, intentando reparar una regleta de enchufes que alimenta el sistema de sonido. Mis manos, normalmente firmes como las de un cirujano, tienen un temblor casi imperceptible.
Olor a ozono. Zumbido eléctrico. Calor.
Mi cerebro límbico, esa parte primitiva y estúpida que se encarga de la supervivencia, está enviando señales de alerta roja. Peligro. Fuego. Caín. Huir.
—Cállate —me susurro a mí misma, apretando el destornillador.
Me obligo a concentrarme en el tornillo. Es física. Es conductividad. No hay fuego. No hay peligro.
De repente, alguien tropieza con el cable principal al otro lado del escenario.
El tirón sacude la caja de conexiones que tengo delante.
CHISSS-CRACK.
Una chispa azul, brillante y agresiva, salta del enchufe a medio abrir. El sonido es seco, como un látigo.
El mundo se detiene.
Ya no estoy en el teatro. Estoy en el laboratorio. Veo el arco voltaico bailando sobre el prototipo. Veo las llamas naranjas reflejadas en los ojos de Caín. Siento el calor en mi piel. No puedo respirar. Mis pulmones se han convertido en cemento.
Me quedo congelada, mirando la chispa que ya se ha extinguido, pero que sigue ardiendo en mi retina. Mi corazón golpea contra mis costillas: bum, bum, bum. Taquicardia paroxística.
—Eva.
La voz viene de lejos. Oigo pasos rápidos. Pesados.
De repente, mi campo de visión se oscurece. Algo grande se ha interpuesto entre la caja de conexiones y yo.
Es una espalda. Una espalda ancha, cubierta por una camiseta de algodón gris.
Adán.
Se ha colocado físicamente delante de mí, bloqueando mi visión de los cables. Se agacha rápidamente, quedando a mi altura, dándome la espalda a la "amenaza".
—Oye —dice, con voz casual. Demasiado casual.
Empieza a atarse los cordones de las zapatillas, aunque sé que ya estaban atados.
—Eva, necesito tu opinión experta —dice, sin girarse, hablando hacia el suelo mientras manipula sus cordones—. ¿Crees que estas zapatillas combinan con la hoja de parra? Siento que son anacrónicas.
Parpadeo. La pared de su espalda me protege. No veo los cables. Solo veo la tela gris de su camiseta y huelo su perfume: jabón limpio y algo cítrico.
El olor a ozono desaparece bajo su aroma.
—¿Qué? —Mi voz sale estrangulada. Un hilo de aire.
Adán se gira un poco, solo lo suficiente para mirarme de reojo. Sus ojos café escanean mi cara. No hay lástima. No hay "¿estás bien?". Hay... cálculo.
—Las zapatillas —insiste—. Nike Air en el Jardín del Edén. ¿Sí o no? Mírame a mí, Eva. No mires al suelo. El suelo es aburrido. Mírame a mí.
Me obliga a enfocar la vista en él. Sus ojos son un ancla.
—Es... anacrónico —logro decir. Mi respiración empieza a regularse. Inhalar. Exhalar.
—Eso pensé. —Adán termina de hacer un nudo doble innecesario en su zapato—. Gracias. Eres mi asesora de moda histórica favorita.
Se levanta, pero no se aparta. Se queda ahí, plantado como una torre, bloqueando el paso hacia la caja de conexiones.
—Oye, Judit te llama en la cabina de sonido —miente. Sé que miente porque Judit está en el baño—. Ve por el lado izquierdo. Yo termino de arreglar este enchufe.
—Tú no sabes arreglar enchufes —digo, recuperando un poco de mi cinismo habitual—. Te vas a electrocutar.
—Tengo guantes de goma en la mochila. Y tengo fe. Vete, Eva.
Su tono no es de broma. Es una orden suave.
Me levanto, todavía temblando un poco, y me alejo por el lado izquierdo, lejos de los cables, lejos de las chispas.
Cuando llego a la seguridad de la cabina, me giro.
Adán está agachado junto a la caja de conexiones. No la está arreglando. Simplemente le ha puesto cinta aislante encima con una agresividad innecesaria y ha colocado una caja de madera delante para taparla.
Luego, levanta la vista. Me busca en la cabina. Cuando ve que estoy a salvo, me hace un gesto con el pulgar hacia arriba y vuelve a su personaje de idiota despreocupado.
Me dejo caer en la silla giratoria.
Saco mi libreta. Observación 12: Coincidencia improbable.
Pero mi cerebro analítico empieza a conectar puntos. No es la primera vez.
Evidencia A: Hace tres días. Estábamos en el pasillo. Un conserje estaba usando una soldadora para arreglar un casillero roto.
El sonido y la luz intermitente.
Yo me quedé quieta en medio del pasillo. Adán, que caminaba a mi lado, "tropezó" casualmente conmigo, empujándome suavemente hacia el interior de un aula vacía.
—¡Ups! —dijo—. Qué torpe soy. Oye, ¿has visto este póster de biología? Explícame la mitosis. Ahora.
Evidencia B: Ayer. En la cafetería. Un microondas hizo un cortocircuito y soltó un chispazo y humo. Todo el mundo miró. Yo sentí que el suelo se abría.
Adán se levantó de su mesa, frente a todos sus amigos, caminó hacia la mía, se paró delante de mí bloqueando la vista del microondas y empezó a hablarme en voz muy alta sobre una teoría conspirativa de que las ardillas son espías.
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romance adolescente amistad y drama, escolar secundaria preparatoria, comedia romántica y slow burn.
Editado: 28.06.2026