Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 13

La biblioteca es mi iglesia

La biblioteca es mi iglesia. Es silenciosa, huele a papel viejo y el coeficiente intelectual promedio sube diez puntos nada más cruzar el umbral.

Pero hoy, mi iglesia ha sido profanada.

En la mesa del fondo, la que está estratégicamente ubicada para evitar el contacto humano, está Adán. Tiene la cabeza enterrada entre los brazos, rodeado de bolas de papel arrugadas y un libro de cálculo que parece haber sido víctima de un ataque de ansiedad.

Me acerco sigilosamente.

—Si sigues suspirando así, vas a consumir todo el oxígeno de la sala—digo, dejando mi mochila sobre la mesa.

Adán levanta la cabeza. Tiene los ojos rojos y el pelo revuelto. Se ve... desesperado. Patético

—Eva —gime—. Mátame. Por favor. Hazlo rápido.

Me siento frente a él y tomo el examen de prueba que tiene delante. Está lleno de tinta roja.

—Cálculo diferencial —diagnostico—. Tienes un 3 sobre 10. Eso es generoso. Técnicamente, esto es un cero con carita feliz por intentarlo.

—Si no apruebo el parcial del viernes, estoy fuera del equipo —dice, pasándose las manos por la cara—. Y si estoy fuera del equipo, mi beca deportiva se cancela. Y si mi beca se cancela, mi padre...

No termina la frase. No hace falta. La sombra que cruza su cara lo dice todo. El "santo" diácono no tolera el fracaso.

Miro el papel. Los números están ahí, pero las respuestas son un caos.

—Adán —digo, mirándolo fijamente—. No eres tonto. Ya establecimos eso. ¿Por qué fallas en esto?

—Porque los números se mueven —confiesa, frustrado—. Los miro y... bailan. El 6 se convierte en un 9. La X se va de paseo. No tiene sentido.

Analizo, relaciono y diagnostico:

—Dislexia numérica. Discalculia. Es un fallo de procesamiento, no de inteligencia. Tu cerebro no lee los símbolos de forma lineal.

—Mi cerebro es un inútil.

—Tu cerebro es diferente. —Saco mi bolígrafo rojo—. Escucha. Olvida los números. Los números son abstractos y tu cerebro odia lo abstracto. Piensa en... jugadas.

Adán me mira, confundido.

—¿Jugadas?

—Fútbol —digo, aunque odio el deporte—. Mira esta ecuación. f(x) = 3x^2 - 5. No es una fórmula. Es una defensa. La X es el portero. El exponente es la velocidad. Tienes que interceptar la variable antes de que llegue a la zona de anotación.

Dibujo un esquema en el papel. Transformo la parábola en una trayectoria de pase.

Adán se inclina. Sus ojos siguen mi bolígrafo.

—Si derivas la función... —digo, trazando una línea tangente—. Estás calculando la velocidad del balón en ese punto exacto. Es instinto, Adán. ¿A dónde va el balón?

Él mira el dibujo. Frunce el ceño. Y de repente, sus ojos se abren.

—Va hacia abajo. La pendiente es negativa.

—Exacto.

—Entonces... ¿la derivada es solo predecir el movimiento?

—Es predecir el cambio. —Sonrío—. Y tú eres experto en predecir movimientos. Lo haces en el campo todo el tiempo. Solo tienes que traducir el idioma.

Pasamos las siguientes dos horas así. Traducimos el cálculo al idioma "Adán". Las integrales son el área de juego. Los límites son las líneas de banda.

Por primera vez, no lo veo luchar. Lo veo entender. Y cuando resuelve un problema complejo por sí mismo y me mira con esa sonrisa brillante y genuina, siento un orgullo extraño en el pecho.

—¡Es un 1.29! —exclama, escribiendo el resultado—. ¡La respuesta es 1.29!

—Correcto. —Cierro el libro—. Vas a aprobar, Adán.

Él se deja caer hacia atrás en la silla, exhalando todo el aire de sus pulmones.

—Eres una bruja, Eva. Una bruja maravillosa. —Me mira, serio—. Te debo una. Grande. Pide lo que quieras.

Lo pienso.

Podría pedirle que pinte el resto del escenario solo. Podría pedirle que me compre suministros. Pero hay algo que necesito más. Algo que me duele admitir.

—Enséñame —digo.

—¿A jugar fútbol? —Se ríe—. Eva, te romperías en dos segundos.

—No. Enséñame a... pasar desapercibida.

La risa de Adán muere. Se inclina hacia adelante.

—¿A qué te refieres?

—A que la gente deje de mirarme como si fuera un alienígena —confieso, bajando la vista a mis manos—. Cuando entro en una habitación, el ambiente cambia. La gente se tensa. Sé que soy... intensa. Sé que mi lenguaje corporal es defensivo. —Aprieto los puños—. Quiero poder entrar en la cafetería sin que tres personas susurren "ahí viene la loca". Quiero... camuflaje. Como tú.

Adán me estudia en silencio durante un minuto. No se burla. Asiente lentamente.

—Está bien —dice—. Recoge tus cosas. Vamos al campo de entrenamiento.

—¿A dónde?

—Al pasillo central. Es hora del cambio de clase. Vamos a enseñarte a ser humana, Robotina.

El pasillo está lleno. Es hora punta. Ruido, empujones, risas estridentes. Mi pesadilla personal.

Estamos parados junto a los casilleros.

—Lección uno: La Postura —dice Adán, girándome hacia él—. Estás encorvada. Llevas los hombros pegados a las orejas como si esperaras un golpe. Eso grita "víctima" o "agresora". Ambas atraen miradas.

Pone sus manos en mis hombros. Son grandes y pesadas.

—Baja los hombros —ordeno suavemente. Presiona hacia abajo.

Obedezco.

—Abre el pecho. No protejas el corazón, Eva. Si lo proteges tanto, parece que tienes algo que esconder.

Suena poético y estúpido, pero lo hago. Me enderezo.

—Lección dos: quita la Cara de Asesina en Serie.

—Es mi cara normal —protesto.

—Es tu cara de cuando quieres matar a alguien. Frunces el ceño. Entrecierras los ojos. Parece que estás escaneando a la gente para ver quién es el eslabón más débil.




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