Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 14

La falsa seguridad es el error de cálculo más peligroso en cualquier sistema

La falsa seguridad es el error de cálculo más peligroso en cualquier sistema.

Llevaba tres días aplicando las lecciones de Adam. Caminaba con los hombros relajados (o al menos, no pegados a las orejas). Miraba a la gente con "ojos de fractal". Y funcionaba. Los susurros habían disminuido. La gente ya no se apartaba como si tuviera la peste bubónica; solo me ignoraban.

Empecé a creer que estaba a salvo.

Error.

Estoy en mi casillero, cambiando los libros para la clase de Física. El pasillo está casi vacío; la mayoría ya está en la cafetería. Tarareo bajito una canción que Adam puso ayer en el teatro (algo sobre gasolina y corazones rotos, científicamente inexacto pero pegadizo).

Cierro la puerta metálica.

Y ahí está él.

Caín.

No está solo, por supuesto. Tiene a dos de sus gorilas del club de debate flanqueándolo, pero él está en el centro, apoyado en los casilleros vecinos con esa arrogancia heredada de su padre.

—Vaya —dice. Su voz me provoca una reacción pavloviana: náuseas instantáneas—. Si es la antorcha humana.

Mi sistema nervioso se dispara. Alerta roja.

Intento aplicar la lección de Adam: Fluye. No te tenses.

—Permiso —digo, intentando pasar por su lado.

Caín da un paso lateral, bloqueándome el camino.

—¿A dónde vas tan rápido, Eva? —Se ríe, y sus amigos le hacen coro—. Escuché que estás en teatro ahora. ¿Qué actúas? ¿De bruja? ¿O de basura?

—Déjame pasar, Caín —digo. Mi voz suena firme, pero mis manos, ocultas en los bolsillos de mi sudadera, están cerradas en puños tan apretados que me duelen los nudillos.

Él se acerca. Invade mi espacio personal. Huele a esa colonia cara que intenta enmascarar su falta de personalidad.

—Mi padre dice que te van a expulsar pronto —susurra, inclinándose hacia mi cara—. Dice que solo es cuestión de tiempo antes de que cometas otro error. Y cuando lo hagas... yo estaré ahí para verlo.

¿Cual es la obsesión conmigo?

—Tu padre es un manipulador y tú eres un mentiroso abusador —respondo. El filtro social que Adam me ayudó a construir se rompe—. El incendio fue tu culpa. Lo sabes.

La sonrisa de Caín desaparece. Su expresión se vuelve fea. Peligrosa.

—Nadie te cree —sisea.

Y entonces, hace algo imperdonable. Saca un encendedor de su bolsillo. Uno plateado, caro. Lo enciende frente a mi cara.

La llama baila a centímetros de mis ojos.

El mundo se detiene.

El olor a gas. El calor. El recuerdo del laboratorio explotando. El fuego en el techo. El pánico.

Me congelo. Es una parálisis total. Mi cerebro grita ¡CORRE!, pero mis piernas son de cemento. Mi respiración se corta. Estoy de vuelta en el infierno. Estoy ardiendo.

—¿Te gusta el fuego, Eva? —se burla Caín, moviendo la llama más cerca de mi flequillo—... y todo se hubiera evitado si no te la hubieras dado de difícil.

Estoy temblando. No puedo hablar. No puedo moverme. Solo veo la llama.

De repente, un huracán golpea el pasillo. No veo llegar a Adam. No escucho sus pasos, solo escucho el sonido brutal de un cuerpo chocando contra metal.

El encendedor sale volando.

En un parpadeo, Caín ya no está frente a mí. Está estampado contra los casilleros opuestos, con los pies colgando del suelo. Adam lo tiene agarrado por el cuello de la camisa con una sola mano. Con la otra, le tiene inmovilizado el brazo contra el metal.

Los amigos de Caín retroceden, aterrados.

Adam no está sonriendo. No tiene su cara de "chico tonto". No tiene su cara de "actor".

Su rostro es una máscara de furia pura y fría. Sus ojos son oscuros, casi negros. Se ve enorme. Se ve letal.

—¿Te gusta jugar con fuego? —pregunta Adam. Su voz es baja, un gruñido gutural que vibra en el aire—. Porque puedo enseñarte cómo se siente.

—¡Suéltame! —grita Caín, pataleando inútilmente. Su cara pasa de la arrogancia al terror en un segundo—. ¡Estás loco! ¡Mi padre...!

—¡A la mierda tu padre! —ruge Adam, y golpea a Caín contra los casilleros otra vez. El sonido es terrible—. Escúchame bien, pedazo de mierda. Si vuelves a acercarte a ella... si vuelves a molestarla... si vuelves a mirarla... si vuelves a respirar el mismo aire que ella... te romperé los dedos uno por uno. Y empezaré por el que usaste para encender ese mechero. ¿Entendido?

Adam aprieta el agarre en el cuello de Caín. Caín se pone rojo, boqueando.

Nunca había visto a Adam así. Siempre es suave, torpe, divertido. Este Adam es un depredador. Es el oso del rumor. Y está a punto de destrozar a su presa.

Adam levanta el puño libre. Va a golpearlo. Lo va a desfigurar.

—¡Adam!

El grito no sale de mi garganta. Sale de mi miedo. Adam se detiene con el puño en el aire. Respira agitadamente. Gira la cabeza lentamente hacia mí, buscando aprobación, buscando un permiso.

Pero lo que ve lo detiene en seco.

Yo estoy pegada a la pared opuesta.

Estoy temblando. Mis ojos están muy abiertos detrás de mis gafas. Tengo las manos sobre la boca para ahogar un sollozo.

No estoy mirando a Caín. Estoy mirándolo a él.

Y tengo miedo, no por la violencia, no por la sangre; sino por las consecuencias, ya tenemos muchos problemas para sumarle esto.

Adam ve mi terror. Ve cómo retrocedo un paso cuando sus ojos se encuentran con los míos. Ve que para mí, en este momento, él no es el salvador es la causa de nuestra expulsión definitiva.

La furia se drena de su cara al instante, suelta a Caín como si quemara.




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