Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 15

La lluvia golpea el techo de chapa del auditorio como si mil tornillos estuvieran intentando entrar

La lluvia golpea el techo de chapa del auditorio como si mil tornillos estuvieran intentando entrar. Es una tormenta de verano, violenta, gris y ruidosa. El instituto ha cerrado las puertas exteriores por alerta meteorológica, dejándonos atrapados en nuestro Purgatorio particular hasta que pase el diluvio.

Estamos sentados en el suelo del escenario, con las piernas colgando. No hay luces de trabajo hoy, solo la luz grisácea que entra por los ventanales altos, filtrada por el agua que corre por el vidrio.

Hace frío.

Adam está a mi lado, pero no me toca. Hay una distancia de seguridad entre nosotros, esa franja desmilitarizada que establecimos después del incidente en el pasillo con Caín.

Ha estado extrañamente callado durante una hora. No hace chistes. No intenta hacerme reír o de merma la tensión. Está mirando sus zapatillas, jugando con un hilo suelto de sus jeans.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunto finalment

Adam no levanta la vista.

—¿Hacer qué?

—Casi matar a Caín —Me abrazo las rodillas—. Esa reacción... no fue solo por el encendedor, y creo que tampoco fue por mi ¿me equivoco? Fue personal.

Adam deja de jugar con el hilo. Suelta un suspiro largo, y veo el vapor de su aliento en el aire frío.

—No estoy aquí por vandalismo, Eva. No pinté grafitis en el coche del director. No vendí exámenes.

Gira la cabeza y me mira. Sus ojos están apagados.

—Estoy aquí porque le rompí la nariz a Caín hace tres meses.

—¿¿Fuiste tu? el cretino dijo que se había caído.

—Mi padre negoció con el director para que no me expulsaran y manchara el apellido de la familia —corta con amargura—. "Conducta inapropiada menor". Pero la verdad es que encontré a Caín en los vestuarios con un chico de primer año. Un chico pequeño, asustado. Caín y sus amigos lo tenían acorralado. Le estaban... —Adam aprieta la mandíbula, como si le doliera decir las palabras—... le estaban haciendo cosas. Humillándolo, lanzándole papeles cagados de la papelera. ¡Y lo grababan todo como si fuera divertido!

Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con la temperatura.

—Y-y... Y no pensé. Solo vi la cara del chico. Vi el miedo. El mismo miedo que vi en ti el otro día. Y... estallé.

Se mira las manos. Sus nudillos todavía están un poco rojos por el incidente reciente en el pasillo.

—Mi padre se puso furioso. No porque defendiera al chico. Sino porque "perdí el control". Porque me metí en problemas. Porque arriesgué mi futuro por un don nadie —Se ríe, un sonido seco—. Me dijo que si quería ser un líder, tenía que aprender a mirar hacia otro lado. Que los hombres poderosos no se ensucian las manos por los débiles.

Me quedo en silencio.

Eso para nada suena como un líder.

—Por eso finges —deduzco—. Tu arrogancia. Tu estupidez fingida. Es un escudo.

—Es una armadura —corrige él—. Si soy el chico popular tonto y feliz, nadie espera que tenga principios morales. Nadie espera que me enfrente a la autoridad. Puedo sonreír, lanzar el balón y desaparecer —Me mira, y hay una vulnerabilidad desgarradora en su expresión—. Tengo miedo de fallar, Eva. Tengo pánico a no ser lo que mi padre quiere, y al mismo tiempo, me da asco ser lo que él quiere. Así que... soy nada. Soy una broma.

Extiendo la mano, dudando, y toco su brazo. El músculo bajo la tela está tenso.

—No eres una broma —digo firmemente—. Defendiste a ese chico. Eso es valentía.

Adam me mira la mano en su brazo. Luego sube la mirada a mis ojos.

—¿Y tú? —se acerca—. Ya conoces mi secreto. Ahora te toca a ti.

—Yo no tengo secretos.

—Mientes —Adam se gira completamente hacia mí, cruzando las piernas—. El laboratorio. El fuego. Caín te sacó un encendedor y te paralizaste.

Trago saliva. Mi garganta se siente seca, áspera.

—No fue un accidente —susurro.

Adam no me presiona. Espera. Su silencio es un refugio.

—Caín... él siempre me molestaba. Por ser lista. Por ser rara. Pero ese día... —Cierro los ojos, y la imagen vuelve. Nítida. Hiriente—. Ese día yo estaba sola terminando el prototipo. Él entró. Cerró la puerta...

Siento que Adam se tensa a mi lado, pero no me interrumpe.

—Empezó a hablar de cómo mi proyecto iba a humillarlo. De cómo una becada muerta de hambre no podía ganarle. Se acercó. Me acorraló contra la mesa—Mi voz empieza a temblar—. Me dijo que podía arreglarlo. Que si era amable con él, tal vez me dejaría ganar. Empezó a... tocarme. El pelo. El hombro. Intentó... besarme y...

Me detengo. No puedo decir la palabra. Es demasiado fea. Demasiado asquerosa.

—Me defendí —digo rápido—. Lo empujé, agarré los cables. Solo quería que se alejara ¡no quería quemar el laboratorio!

Las lágrimas resbalan por mis mejillas.

—Cuando llegaron los profesores... Belial ya estaba ahí. Caín ya había inventado su historia. Dijo que yo estaba loca.

—Y te creyeron a él —concluye en un gruñido bajo.

—Es su palabra contra la mía —repito la frase que me ha perseguido durante semanas—. Y sin pruebas, solo creyeron una versión. No la mía. Nunca la mía. Porque yo soy la rara. La antisocial. La que no sonríe. Y él es Caín.

Me limpio las lágrimas con rabia.

—Por eso acepté el castigo. Por eso estoy aquí. Porque si peleaba me expulsaban. Y necesito la beca, Adam. La necesito para salir de este mugroso pueblo.

El silencio vuelve al escenario. Pero ya no es un silencio frío. Es un silencio cargado de dolor compartido.




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