Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 16

El calor de los focos es una tortura física diseñada específicamente para derretir la paciencia humana

El calor de los focos es una tortura física diseñada específicamente para derretir la paciencia humana.

Estamos en el ensayo técnico general Faltan tres días para el estreno. Judit está gritando instrucciones incomprensibles desde la cabina, el chico-semilla se ha olvidado sus líneas por décima vez y yo estoy subida en una escalera de tijera de tres metros, ajustando el ángulo del Foco Principal, que ilumina el Árbol del Conocimiento.

—¡Más a la izquierda, Eva! —grita Judit por el intercomunicador—. ¡Quiero que la luz bañe el pecado, no que lo acaricie!

—El ángulo de incidencia es de 45 grados —respondo, ajustando la visera del foco con mis guantes de trabajo—. Si lo muevo más, crearé sombras en la cara de Adam.

—¡Quiero sombras! —insiste ella—. ¡El drama vive en la oscuridad!

Suspiro. Mi nivel de cortisol está en el límite superior aceptable.

Miro hacia abajo. Adam está en el centro del escenario, practicando la escena de la expulsión. Lleva puesta una camiseta blanca básica y pantalones de chándal, el vestuario real de hoja de parra se guarda para el final, pero incluso así, bajo la luz ámbar, se ve... regio.

Me mira y me guiña un ojo.

—No te caigas.

Todo parece normal. Estresante, pero normal.

Entonces, sucede.

No hay aviso previo. No hay parpadeo.

El sonido es un latigazo eléctrico, seco y brutal, seguido inmediatamente por una explosión sorda.

El foco que tengo justo encima de la cabeza estalla. Una lluvia de cristal caliente y chispas cae sobre mí y sobre el escenario. El ruido es ensordecedor en el silencio del teatro. Pero lo peor no es el ruido. Es el destello. Ese blanco cegador seguido del azul eléctrico. El olor a ozono quemado. El humo.

Mi cerebro, esa máquina perfecta de la que tanto me enorgullezco, sufre un error crítico.

Ya no estoy en la escalera. Estoy en el laboratorio. El prototipo está ardiendo. Caín está gritando. Las llamas lamen mis brazos. No puedo respirar. El aire es veneno.

—¡EVA!

El grito viene de lejos. Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. El instinto de supervivencia primitivo toma el control.

Suelto la escalera. Me cubro la cabeza con los brazos. Me encojo. La escalera se tambalea con mi movimiento brusco. Pierdo el equilibrio. Siento la caída en el estómago. La gravedad reclamando su deuda pero no toco el suelo.

Unos brazos me atrapan en el aire. El impacto me saca el aire de los pulmones, pero no es contra la madera dura.

Adam me ha atrapado. Otra vez.

Caemos juntos al suelo, rodando para disipar la inercia. Él absorbe el golpe, gruñendo de dolor cuando su espalda choca contra las tablas, pero no me suelta. Me mantiene apretada contra él, protegiéndome de la lluvia de cristales que sigue cayendo.

Nos detenemos.

El teatro está en silencio, salvo por el chisporroteo del foco roto que cuelga precariamente de un cable. Estoy a salvo. Estoy en el suelo. Estoy viva.

—¡Fuego! —grito, intentando apartar a Adam. En mi alucinación, él es Caín. Él es el peligro—. ¡Suéltame!

Me revuelvo, arañando su camiseta, pateando. Estoy ciega de pánico.

—¡Eva! —La voz de Adam es dura.

No me suelta. Al contrario. Me atrapa las muñecas con una mano, inmovilizándolas contra su pecho para que no me haga daño, y con el otro brazo me rodea la espalda, anclándome al suelo.

—¡Mírame! —No es una petición. Es una orden. Abro los ojos, desorbitados—. No hay fuego —dice Adam. Pronuncia cada palabra con una claridad absoluta—. Escúchame. No hay fuego. Es un foco. Se rompió un foco.

—Huele a quemado... —sollozo, dejando de luchar un poco, aunque mi cuerpo sigue vibrando—. El laboratorio...

—Huele a teatro viejo. —corrige él, acercando su cara más, obligándome a enfocarlo—. Huele a mí. ¿A qué huelo, Eva?

Me quedo paralizada. Su olor llena mis fosas nasales, compitiendo con el ozono.

—Jabón... —susurro—. Y sudor.

—Bien. Jabón y sudor. Realidad.

Adam suelta mis muñecas lentamente, pero no se aparta. Toma mis manos y las coloca sobre su propio pecho, justo sobre su corazón. Él toma una respiración profunda, exagerada. Su pecho se expande bajo mis manos.

Yo lo imito, temblorosa. Inhalo. El aire entra, frío y limpio.

Él exhala despacio.

Yo exhalo.

—Otra vez —dice, sin dejar de mirarme a los ojos—. Uno. Dos. Tres.

Lo hacemos cinco veces. Diez veces.

El mundo deja de dar vueltas. El laboratorio se desvanece. Las llamas se apagan. Vuelvo a ver las vigas del techo. Vuelvo a ver la cara de Adam, manchada de hollín y preocupación.

Mi temblor disminuye hasta ser solo una vibración residual. Me siento agotada, como si hubiera corrido un maratón. Y me siento... avergonzada.

—Lo siento —murmuro, intentando apartar las manos de su pecho, pero él las cubre con las suyas, manteniéndolas ahí.

—No pidas perdón —dice, con esa seriedad nueva que me desarma—. Nunca pidas perdón por un trauma.

—Fue un fallo lógico —insisto, mi voz recuperando un poco de su tono analítico—. Reacción desproporcionada ante un estímulo menor.

—Fue un susto de mierda —dice él—. Casi te quedas desfigurada en un laboratorio en llamas. Cualquiera se asustaría.

Se incorpora, ayudándome a sentarme. Judit y el resto del elenco corren hacia nosotros desde la platea.

—¡Chicos! ¿Están bien? —grita Judit.

Adam levanta una mano para detenerlos.

—Estamos bien —grita él, sin mirarlos, manteniendo su atención en mí—. Denos un minuto.




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