La venganza, contrariamente a la creencia popular, no es un plato que se sirve frío. Es un plato que se cocina a fuego lento, con precisión milimétrica y una guarnición de sabotaje digital.
Estamos en el "Búnker" (el sótano debajo del escenario), rodeados de cajas de fusibles y el zumbido reconfortante de los servidores auxiliares del teatro. Son las 2:00 AM. Sí, seguimos colándonos en la escuela. A estas alturas, creo que paso más tiempo infringiendo la ley que obedeciéndola.
—Repítemelo otra vez —dice Adam. Está sentado sobre una caja de altavoces, haciendo girar la Manzana del Pecado (la de utilería) en su dedo índice.
Estoy tecleando furiosamente en mi portátil, con tres ventanas de código abiertas en cascada.
—El problema —explico sin dejar de escribir— es que el video de seguridad del laboratorio no desapareció. La materia no se destruye, Adam, solo se transforma en datos. Camara se destruyó pero no las grabaciones.
—¿El servidor que está detrás de tres firewalls y una contraseña biométrica?
Ha estado prestando atención. Me gusta.
—Correcto. Pero Belial cometió un error, un error de capa 8.
—¿Capa 8?
—El usuario —sonrío con malicia—. Conectó su servidor personal al sistema de megafonía de emergencia del auditorio para poder monitorear los ensayos desde su despacho. Quería espiarnos.
Adam detiene la manzana.
—Ese voyeur hijo de puta.
—Exacto. Pero al hacer eso, abrió una puerta trasera. Una backdoor física. Si logro inyectar un payload directamente en el puerto de audio del escenario durante la obra, puedo remontar la señal hasta su servidor, desencriptar la carpeta oculta y proyectar el video en la pantalla gigante.
Adam me mira como si acabara de explicarle cómo convertir el plomo en oro.
—Vale, Robotina. Entiendo la teoría. Vamos a hackear al hackeador. Pero hay un problema.
—¿Cuál?
—Tú vas a estar en el escenario actuando de Eva. Yo voy a estar actuando de Adán. Y el puerto de audio está en la cabina de control, a treinta metros de distancia. No puedes estar en dos sitios a la vez, a menos que hayas inventado la clonación y no me hayas avisado.
Cierro la tapa de mi portátil con un golpe seco. Me ajusto las gafas.
—No necesito estar en la cabina. El código ya está escrito. Solo necesito un dispositivo de transmisión que se conecte al sistema en el momento exacto del clímax.
Señalo la manzana roja que Adam tiene en la mano.
Él baja la vista al fruto de plástico.
—¿La manzana?
—La manzana —confirmo—. La he modificado. Dentro no hay solo espuma. Hay una un transmisor de corto alcance y una batería.
Adam acerca la manzana a su oreja y la sacude. No suena.
— Cuando muerdas la manzana en la escena final, tus dientes presionarán un microinterruptor oculto. Eso activará el transmisor.
—¿Y luego?
—Y luego, el receptor que he escondido en el Árbol del Conocimiento captará la señal, se conectará al puerto HDMI del proyector y ejecutará el script "JuicioFinal.exe". El video de Caín atacándome reemplazará el fondo del Edén.
Adam silba, impresionado.
—Es un Caballo de Troya. Literalmente. Una Manzana de Troya.
—Es justicia poética ejecutada mediante códigos y metal.
Adam deja la manzana con cuidado sobre la mesa, como si fuera una granada sin anilla. Se levanta y empieza a caminar por el pequeño espacio, con esa energía nerviosa que le sale antes de los partidos importantes.
—Es arriesgado, Eva. Si el código falla...
—No fallará. Lo cree yo.
—Si Belial se da cuenta...
—Eso quiero. Estará en primera fila.
Adam se detiene frente a mí. Me pone las manos en los hombros. Su calor atraviesa mi sudadera.
—No hablo de eso. Hablo de ti. —Me mira a los ojos—. Si esto sale mal, no es solo una expulsión. Es un delito federal, Eva. Acceso no autorizado a servidores privados. Podrías ir a la cárcel. O a un reformatorio.
Trago saliva. Lo sé. He calculado las probabilidades. Riesgo de éxito: 85%. Riesgo de fallo catastrófico: 15%. Consecuencia: Destrucción total de mi vida.
—Vale la pena —digo. Y por primera vez, lo digo sin dudar—. Si no lo hago, Caín gana. Si no lo hago, Belial sigue siendo intocable. Quiero dormir en paz sabiendo que pude obtener mi propia justicia.
Adam aprieta mis hombros. Se agacha para quedar a mi altura.
—Necesito que me prometas una cosa.
—¿Qué?
—La contraseña. Para activar el sistema. Dijiste que necesitabas una clave de anulación por si algo salía mal.
—Sí. La puse en el guion modificado. Es una frase de seguridad. Si la digo, el sistema aborta.
—No, quiero decir... si tú te bloqueas. Si te da pánico. Si ves a Belial en la audiencia y te congelas. —Adam me acaricia la nuca suavemente, enviando escalofríos por mi columna—. Necesito saber cómo ayudarte. Necesito saber qué hacer si tú no puedes presionar el botón.
Lo miro. Él es mi plan B. Mi salvaguarda.
—La manzana es el detonador —susurro—. Pero la señal necesita confirmación visual. El proyector no lanzará el video hasta que el sistema de luces detecte un cambio específico.
—¿Qué cambio?
—Rojo —digo—. Todo el escenario tiene que ponerse rojo.
Adam asiente lentamente.
—Cuando muerda la manzana, las luces se pondrán rojas. Esa es la señal.
—Sí.
—Entendido. —Se levanta—. Yo me encargo de que muerdan el anzuelo. Tú encárgate de que la tecnología no nos explote en la cara.
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Editado: 28.06.2026