Serpientes en el escenario del Edén.

RUMOR 22

Desde la cabina de control, el mundo se ve reducido a variables controlables

Desde la cabina de control, el mundo se ve reducido a variables controlables. Tengo el panel de luces a mi izquierda, el sistema de sonido a mi derecha y mi portátil conectado al "Corazón del Árbol" en el centro.

Soy Dios. O al menos, la administradora del sistema.

Abajo, el teatro está lleno a reventar. No cabe ni un alfiler. Hay gente sentada en los pasillos y otros recostados de la pared. Los flash de los teléfonos parpadean como luciérnagas nerviosas.

En la primera fila, reservada para la "realeza", están ellos. El Director Gabriel, sudando. El Profesor Belial, sentado con las piernas cruzadas, luciendo una sonrisa de suficiencia que me dan ganas de borrar con ácido clorhídrico. Y Caín, a su lado, mirando el escenario con aburrimiento y desdén, probablemente pensando en qué mentira contará mañana sobre lo "mediocre" que fue la función.

Disfruten su asiento, caballeros. Es una silla eléctrica.

—Luces de sala fuera en tres, dos, uno —murmuro al micrófono del equipo técnico.

La oscuridad cae sobre el auditorio. El murmullo cesa.

—Telón arriba.

El telón de terciopelo rojo se levanta con un chirrido suave.

El escenario se ilumina con una luz dorada, falsa y brillante. El "Paraíso".

Adam entra en escena. El público contiene el aliento. Se ve espectacular, sí, pero está interpretando su papel a la perfección: "Adán". Camina con los hombros caídos, pone cara de confusión, tropieza con una flor de papel.

—Oh, qué bello jardín —recita Adam con una entonación plana y terrible—. Cuánta fruta y cuánta... eh... clorofila.

El público se ríe. Es una risa ligera. Piensan que es una comedia mala.

Miro a Belial desde mi altura. Se relaja en su asiento. Sonríe a Gabriel. "Lo ves, son unos inútiles", parece decir.

Perfecto. Baja la guardia.

La obra avanza. Marcus (Dios) da sus órdenes. Luna y el coro hacen sus danzas interpretativas. Todo va según el plan.

Hasta que llegamos a la Escena 4. La Tentación.

Adam y yo estamos solos en el centro del escenario, bajo el Árbol del Conocimiento. La serpiente mecánica se desliza a su alrededor.

La música cambia. Corto los violines dulces. Meten una pista de bajos infrasónicos. Un zumbido grave que hace vibrar los dientes.

La atmósfera en el teatro cambia sutilmente. La gente deja de reír. Sienten la incomodidad física, aunque no saben por qué.

Adán deja de encorvarse. Se endereza. Se pasa la mano por el pelo. Camina hacia el borde del escenario. Justo frente a Belial y Caín.

Caín frunce el ceño. Belial se endereza en su silla, perdiendo la sonrisa.

—Eva —llama Adam, girándose hacia mi.

Me paro junto a Adam.

—Me dijeron que no comiera —digo al micrófono—. Me dijeron que obedeciera. Me dijeron que si preguntaba, ardería.

Adam me rodea con un brazo, protegiéndome.

—La Serpiente dijo que el conocimiento es pecado —dice él, mirando a Caín—. Pero la Serpiente miente. La Serpiente ataca en la oscuridad y luego dice que la víctima está loca.

Caín se pone de pie a medias. Belial lo agarra del brazo para sentarlo, pero el profesor ya está mirando a los lados, buscando a Gabriel, buscando cómo cortar esto.

Demasiado tarde.

Adam toma la Manzana del árbol. La sostiene en alto. Brilla bajo el foco principal.

—La Serpiente me dijo una vez... —Adam hace una pausa dramática. El teatro está en silencio absoluto—. Dijo: "Es tu palabra contra la mía".

Es la frase. El detonante.

Siento la adrenalina dispararse en mis venas.

—Nadie te creerá —dice Adam, imitando la voz de Caín con una precisión escalofriante—. Eres nadie.

Miro a Adam. Él me ofrece la manzana.

Tomo la manzana. Miro a la cabina de control (a mi yo técnico). Miro a Belial.

Y muerdo.

Mis dientes hunden el microinterruptor.

EJECUTAR.

1. LUCES: Los focos ámbar se apagan de golpe. Se encienden los estrobos rojos de emergencia que instalamos. Todo el teatro se baña en un color sangre intermitente y violento.

2. SONIDO: El zumbido grave se convierte en una distorsión aguda, un chillido digital que hace que el público se tape los oídos.

3. ESCENOGRAFÍA: se activan los cabrestantes hidráulicos. El telón de fondo del "Jardín Bonito" se rasga por la mitad y cae al suelo, revelando la pantalla de proyección blanca detrás.

El público grita. Piensan que es un fallo. Piensan que el teatro se cae. O que, según rumores: el teatro está poseido.

Entonces, la pantalla cobra vida. No es arte. No es poesía.

Es video. Granulado. Blanco y negro. Con fecha y hora en la esquina superior. LABORATORIO DE ROBÓTICA. CÁMARA 2 (RESPALDO).

La imagen es gigante. Ocupa todo el fondo del escenario.

En el video, se ve a Caín. Se ve claro. Se ve su cara. Se ve cómo me acorrala contra la mesa. Se ve cómo se ríe. Se ve cómo intenta tocarme a la fuerza y también la cachetada que le voltea la cara.

El audio del video entra por los altavoces principales, nítido y terrible.

—Nadie te va a creer, Eva —desde otro ángulo se le ve como sostiene un bate y revienta una de las cámaras.

—¡Acércate un paso más y te juro que lo que te-te mato!

—Adelante —resuena su asqueroso risa—. Es tu palabra contra la mía, Eva. Y adivina a quién le creen siempre.

El teatro se congela. Trescientas personas dejan de respirar a la vez. Trescientos testigos que me señalaron de loca por los pasillos.




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