Sesión cero

Capítulo 1

El autobús la dejó a un kilómetro de la verja, junto a un poste de hormigón donde alguien había pegado un cartel de una academia de idiomas que ya no existía. Elena Marín esperó a que el motor se alejara para comprobar por tercera vez la dirección en el móvil, aunque no hacía falta. Solo había una carretera y solo había un lugar al final de ella.

Caminó despacio para no sudar. Llevaba la blusa blanca que había planchado la noche anterior en el suelo de su cuarto, sobre una toalla, porque la tabla se había roto hacía meses y no había dinero para otra. El bolso le golpeaba la cadera a cada paso. Dentro, el título enmarcado en una carpeta de plástico, dos bolígrafos, una manzana y la carta de contratación doblada en cuatro.

El sendero se abría entre campos de cebada segada. Al fondo, el edificio de Ashford apareció de golpe, sin anunciarse: un bloque largo de ladrillo claro, tres plantas, ventanas estrechas con rejilla y, alrededor, un muro que no parecía un muro hasta que uno se acercaba y veía el alambre enrollado en la parte superior, discreto, casi elegante.

En la garita de la entrada había un hombre de unos cincuenta años con la camisa azul del uniforme y una taza de café que no soltó mientras hablaba.

—Nombre.

—Elena Marín. Psicóloga. Empiezo hoy con el doctor Aguirre.

—Documento.

Se lo dio. Él lo miró más tiempo del necesario, comparó la foto con su cara, después con la pantalla de su ordenador, y volvió a mirar la foto.

—Menos pelo en la foto.

—Me lo corté en verano.

—Le queda mejor así. —Lo dijo sin sonreír, como quien lee un dato—. El móvil se queda aquí, en la taquilla catorce. Las llaves de casa también, y cualquier cosa con filo: bolígrafos de metal, cortaúñas, lo que sea. Los de plástico pasan.

—¿Los móviles no pueden entrar nunca?

—Los de los pacientes, no. Los suyos, en la zona administrativa. En el ala clínica, no. Se acostumbrará. Tomás Beltrán, por si necesita algo.

Elena metió el teléfono en la taquilla y, antes de cerrarla, vio la pantalla iluminarse con una notificación que había estado ignorando desde el desayuno: *Recordatorio de pago. Tercer aviso.* Cerró la puerta metálica y giró la llave. El ruido le pareció más fuerte de lo que debía.

—Ya está —dijo Tomás—. Ahora viene lo bueno. Dos puertas. La primera se cierra antes de que se abra la segunda. Si la segunda tarda, no empuje, no se ponga nerviosa y no mire a la cámara como si le debiera dinero.

—Lo tendré en cuenta.

Cruzó la primera puerta. Detrás sonó un golpe seco, grave, el de un cerrojo que se hunde en su alojamiento. Se quedó en un cubículo de dos metros por dos, con las paredes de un verde apagado y una luz fluorescente que zumbaba. Contó hasta once antes de oír el chasquido de la segunda.

Olía a cera para suelos y a verdura hervida. Debajo de eso había otra cosa, más difícil de nombrar: un olor a lugar cerrado que se ventila mal, a cuerpos, a ropa lavada demasiadas veces. No era desagradable. Era simplemente constante, como el ruido de una nevera.

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El doctor Ramón Aguirre la recibió de pie, detrás de un escritorio cubierto de carpetas azules ordenadas por altura. Tenía los sesenta cumplidos, la voz ronca y las gafas colgadas de un cordón que se le enredaba en la corbata.

—Marín. Sí. Siéntese, siéntese. ¿Le han dicho lo de las puertas?

—Sí, Tomás me ha explicado.

—Beltrán, sí, es el mejor de la puerta principal, aunque no se lo diga. —Abrió una carpeta—. Veamos. Grado con matrícula en el último curso, prácticas en salud mental comunitaria, dos años de voluntariado en un centro de día, ni una sola queja. Y, sin embargo, aquí está usted, en Ashford. No es lo habitual.

Elena sintió que la pregunta, aunque nadie la había formulado, tenía una forma concreta. Había ensayado la respuesta en el autobús.

—Es un trabajo estable y necesito un contrato indefinido. Además, me interesa la práctica forense.

—Le interesa. —Aguirre se quitó las gafas y las dejó caer sobre el pecho—. No se preocupe, no voy a pedirle que sea sincera en su primer día. Nadie llega aquí solo por interés. Llega por dinero, por huida o por ambas cosas. Lo importante es que se quede por algo mejor.

—¿Y por qué se queda usted?

Lo dijo antes de pensarlo. Aguirre la miró un segundo y soltó una risa breve, como un carraspeo.

—Buena. Muy buena. Por costumbre, Marín, y por mala conciencia. Vamos a ver a Lucía.

Lucía Ferrer la esperaba en el pasillo del segundo piso, apoyada en una pared con las manos metidas en los bolsillos de una bata que le quedaba grande. Rondaba los cuarenta, el pelo recogido con un lápiz, y en la solapa llevaba una chapa descolorida de una feria de ciencias de hacía veinte años.

—Yo te enseño esto —dijo sin más—. Ramón tiene reunión con el patronato y odia las reuniones con el patronato, así que hoy estará insoportable. Tú y yo nos vamos a llevar bien si no te importa que hable mientras camino.

—No me importa.

—Perfecto. Regla uno: nunca vayas sola por el pasillo este de la planta baja. No es peligroso. Es que lo cierran cuando quieren y te quedas dentro mucho rato. Regla dos: el comedor es territorio neutral, aquí no se trabaja, no se evalúa, no se pregunta. Regla tres: si oyes una alarma corta, dos pitidos, es un traslado. Si oyes tres, es otra cosa. Si oyes una continua, no corras, no grites y busca a un guardia.

—¿Y si no hay ninguno?

—Siempre hay uno. Es lo único de este edificio que funciona bien.

Caminaron. Elena empezó a escuchar Ashford antes de verlo. Las suelas de goma de los enfermeros, un chirrido de ruedas de carro en algún punto lejano, el tintineo de un manojo de llaves, una radio con la voz baja de alguien que daba códigos numéricos. Las puertas se cerraban con un sonido distinto según la planta: en la primera, un golpe metálico; en la segunda, más amortiguado, como si cerraran un armario grande; en la tercera, casi nada, un suspiro de aire.




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