La casera golpeó la pared a las seis y cuarto, como todas las mañanas, con el nudillo del dedo corazón. No era una llamada. Era un aviso de que ella ya estaba despierta y de que el agua caliente duraba once minutos.
Elena se duchó en nueve. Se vistió a oscuras para no despertar a la vecina del cuarto contiguo, que trabajaba en un turno de noche y dormía con la puerta entornada y el ventilador encendido incluso en octubre. En la cocina compartida se comió la manzana del día anterior, que se había puesto blanda en el bolso, y bebió un café que sabía a cazo. Después salió a la calle y esperó el autobús bajo una marquesina donde alguien había escrito, con rotulador rojo, una fecha y un nombre que ya no se leían del todo.
El trayecto duró cuarenta minutos. Mientras los campos se volvían más planos y más grises, repasó de memoria las cuatro carpetas amarillas. Matilde Ortuño, cincuenta y ocho años, esquizofrenia paranoide de larga evolución, estable con medicación. Darío Salvatierra, treinta y uno, trastorno esquizoafectivo, ingresado tras un episodio en la vía pública. Hugo Cabeza, veintidós, brote psicótico primero, tres meses. Sonia Pardo, cuarenta y cuatro, depresión mayor con rasgos psicóticos. Cuatro nombres, cuatro fechas de ingreso, cuatro pautas de tratamiento. Cuando se bajó del autobús, se los sabía.
Tomás Beltrán ya estaba en la garita. Esta vez sí tenía la taza.
—Taquilla catorce —dijo sin levantar la vista.
—Lo sé.
—Ya. Se lo digo para que vea que la memoria no me falla.
Las dos puertas. El golpe seco, los once segundos, el chasquido. Se dio cuenta de que ya no contaba; contaba sin querer, igual que uno acaba oyendo las gotas de un grifo.
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Su primer paciente de la mañana fue Matilde Ortuño.
La sala de entrevistas de la segunda planta tenía una mesa redonda, tres sillas de plástico gris y una ventana con rejilla que daba a un patio de cemento donde crecía un único arbusto. Lucía le había dicho que usara esa sala y no su despacho, «porque en tu despacho, con tu lámpara, cualquiera termina confesando un crimen». Elena colocó las sillas en ángulo, no enfrentadas, y dejó la puerta entornada, con Iván en el pasillo.
Matilde entró con pasos muy pequeños. Tenía el pelo gris recogido en una trenza fina y llevaba un jersey de lana con las mangas subidas hasta los codos, a pesar de que la calefacción todavía no estaba encendida. Se sentó en el borde de la silla y miró la mesa como si fuera un animal dormido.
—Buenos días, Matilde. Soy Elena Marín. Voy a verla los martes y los viernes, si le parece bien.
—¿Usted es nueva?
—Sí.
—Se nota. Las nuevas colocan las sillas de lado. Las viejas las ponen de frente para que uno no pueda mirar por la ventana. —Se rió, un sonido breve, casi de pájaro—. No se lo tome a mal. Me gusta más así.
Elena sonrió.
—Entonces las dejo así.
Empezó con preguntas de rutina: el sueño, el apetito, las voces. Matilde contestó a todas con una precisión sorprendente. Dormía seis horas, comía todo menos el pescado de los miércoles, las voces habían bajado desde que le cambiaron una pastilla en abril. Pero no dejó de mover las manos. Sacaba algo de la manga, lo miraba, lo volvía a esconder, y Elena, que llevaba unos minutos observándolo sin decir nada, vio por fin de qué se trataba. Era una horquilla de metal. Vieja, doblada, con un extremo plano.
Le vino a la cabeza el aviso de Beltrán en la entrada: *cualquier cosa con filo*. Una horquilla no tenía filo, pero sí punta. Podía ser un protocolo, podía ser un descuido, y la diferencia importaba más de lo que parecía.
No la pidió. No dijo nada. Se quedó mirando la horquilla el mismo tiempo que Matilde.
—Es de mi hermana —dijo Matilde, al cabo de un rato—. Me la dio el día que me trajeron.
—¿La lleva siempre encima?
—Me la dejan llevar. —Y, después de una pausa—: Desde hace años. Es un permiso de esos. Ustedes lo llaman condición.
Elena anotó, sin apartar la vista de ella: *horquilla, pertenencia autorizada, verificar en expediente*. Sabía que podía estar equivocada, y que si estaba equivocada tendría que explicarlo. Pero sabía también que si preguntaba en ese momento, la sesión se rompería.
—¿Cómo se llama su hermana?
—Esperanza. —La mano se cerró sobre la horquilla—. Murió. No en un sitio como este. En una casa. Cuando era tarde.
—Lo siento.
—No se sienta. Usted no la conocía.
Hablaron veinte minutos de Esperanza sin decir nada de lo que Elena había venido a evaluar. Cuando la sesión terminó, Matilde se levantó con la misma lentitud, y en la puerta se giró.
—¿Usted es la que va a bajar al C?
Elena dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No sé qué es el C, exactamente.
—Ya lo sabrá. —La trenza le cayó sobre el hombro—. Cuando bajan, las puertas suenan distinto. Se lo digo para que ponga atención.
Y se fue detrás de Iván, con sus pasos cortos, dejando en la sala un olor a lana y a jabón barato.
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A las once y diez sonaron dos pitidos.
Elena estaba en el pasillo, delante de la máquina de café, comparando el precio del café con el de las galletas de avena. Los pitidos eran cortos, secos, y todo el pasillo cambió a la vez. Un enfermero que salía de una habitación cerró la puerta con llave y aceleró el paso. Un celador giró su carro contra la pared. En algún punto, más allá de la escalera, se oyeron voces que subían de tono y alguien gritó un nombre.
—¡Darío! ¡Darío, mírame!
Elena no se movió. Recordó lo que le habían dicho: si oyes dos, es un traslado. No corras, no grites, busca un guardia. Esperó, con el vasito de plástico caliente en la mano.
Los pasos llegaron por el pasillo este. Primero apareció Tomás Beltrán, sin la taza, con la mano izquierda extendida y la derecha muy quieta a la altura del cinturón. Detrás iba Darío Salvatierra, alto, con los brazos pegados al cuerpo y los ojos clavados en un punto inexistente del techo. Un enfermero le sujetaba un antebrazo sin apretar. Otro caminaba delante, abriendo el paso.