Sesión cero

Capítulo 3

Se pasó media noche mirando la tarjeta.

No con miedo, o no exactamente. Con esa clase de atención incómoda que se le da a un problema de aritmética cuando el resultado no cuadra. Comprobó el sobre, el papel, la caligrafía de las dos caras. La máquina de escribir era la de Marisa, de eso estaba casi segura: la *e* con el travesaño levantado, la *r* ligeramente por debajo de la línea. La letra azul era otra cosa. Firme, inclinada hacia atrás, de alguien que había aprendido a escribir con instrucciones estrictas y después se había cansado de ellas.

A las tres y media, con los ojos secos, decidió tres cosas. Que Aguirre podía haberlo escrito. Que si no lo había escrito, alguien de Ashford conocía su dirección, lo cual era fácil de explicar: los expedientes de personal circulan. Y que no pensaba contarle nada a nadie el tercer día.

Era una decisión razonable. Se lo repitió varias veces mientras guardaba la tarjeta en el forro de la cartera, detrás del carné de la biblioteca, donde no la vería nadie.

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La sala tres olía a café recalentado y a moqueta húmeda. Tenía una mesa larga de contrachapado, ocho sillas con ruedas y un proyector antiguo que zumbaba con el ventilador de un frigorífico. Elena llegó a las ocho y treinta y cinco, y ya había alguien.

—Puntual —dijo Lucía, sin levantar la vista de un cuaderno de espiral—. Es un defecto que se pierde con los años. Siéntate lejos de la puerta, se abre sola cuando la corriente sopla del pasillo y te congela la nuca.

Elena obedeció. Poco a poco fueron entrando los demás. Pablo Durán, con una carpeta bajo el brazo y una tostada envuelta en servilleta. Una mujer corpulenta de unos cincuenta años, con el pelo corto y unos brazos de quien levanta camillas: Encarna Solís, jefa de enfermería, que saludó a Elena con un asentimiento seco y se sentó con un suspiro. Un hombre delgado, elegante, de pelo canoso peinado hacia atrás y manos muy cuidadas, que se presentó como el doctor Sergio Cervera, psiquiatra responsable de las unidades cerradas, y que le estrechó la mano con una frialdad correcta, como quien firma un recibo. Y Braulio Nieto, jefe de seguridad, ancho, de cuello corto y mirada de paciencia administrativa, que se limitó a levantar dos dedos.

Aguirre entró el último. Traía una taza y la corbata torcida.

—Buenos días. Empecemos, que a las diez me esperan en el patronato y no quiero llegar con cara de reunión.

El orden del día era una hoja impresa que circuló de mano en mano. Puntos uno a tres: incidencias de la semana, ajustes de medicación, turnos de guardia. Elena escuchó con la libreta abierta y la atención muy fija, aprendiendo la sintaxis de aquel lugar. Cervera hablaba en frases completas, con verbos exactos. Encarna hablaba en cifras. Pablo intervenía demasiado y lo cortaban. Lucía intervenía poco y nadie la cortaba nunca.

—Darío Salvatierra ha pasado bien la noche —dijo Encarna—. Sin contención. Ha desayunado.

—¿Y la pared? —preguntó Cervera.

—Dice que ya no se mueve.

—Bien. Mantenemos la pauta. —Cervera anotó algo—. Que la doctora Marín lo vea mañana, si le parece.

Elena levantó la cabeza. Le había llamado *doctora* con naturalidad, sin ironía.

—Por supuesto.

—Punto cuatro —dijo Aguirre.

La sala cambió. Fue un cambio mínimo, casi físico: Encarna dejó el bolígrafo. Nieto cruzó los brazos. Pablo, que hasta entonces se había movido en la silla, se quedó completamente quieto. Lucía cerró el cuaderno.

—Pabellón C —continuó Aguirre—. Ya saben que la doctora Ibarra lleva cinco semanas de baja. La previsión es que no se reincorpore antes de fin de año. Desde entonces, el seguimiento clínico del paciente se ha hecho de manera interina, con sesiones semanales que llevó Lucía y con las revisiones de Sergio. Eso no puede prolongarse.

—Puede prolongarse lo que haga falta —dijo Lucía.

—Puede prolongarse mientras no haya alternativa. Y la hay.

Nadie miró a Elena. Ese fue el detalle. Los ocho pares de ojos de la sala se desviaron a la vez hacia los papeles, hacia la taza, hacia el proyector, con una coordinación tan perfecta que tuvo la impresión de que llevaban ensayándolo desde hacía días.

—La plaza que ocupa la doctora Marín —siguió Aguirre— cubre esa función. Está en su contrato. Es un perfil que cumple los requisitos formales: titulación, formación en peritaje, ausencia de vínculos previos con el paciente.

—Ausencia de vínculos —repitió Pablo, medio en broma—. Es la mejor cualidad que uno puede tener aquí.

—Pablo.

—Perdón.

Elena carraspeó.

—¿Puedo preguntar por qué se me menciona a mí en particular? —Se oyó a sí misma, tranquila, casi profesional—. Llevo tres días en el centro.

—Porque es la única persona disponible con titulación que no ha tenido contacto previo —respondió Cervera, y por primera vez alzó los ojos de sus notas—. Lo cual es una ventaja clínica objetiva, aunque le suene a otra cosa. Las últimas tres personas que llevaron este caso desarrollaron, en distinto grado, una cierta familiaridad.

—¿Familiaridad?

—Vinculación terapéutica excesiva. —Pronunció las palabras como si las hubiera limpiado antes—. Es un fenómeno descrito.

—Yo no lo describiría así —murmuró Lucía.

—Por eso lo he descrito yo.

Aguirre golpeó el borde de la taza con un dedo.

—No vamos a discutir aquí lo que ya discutimos. La doctora Marín no tendrá contacto directo con el paciente durante las dos primeras semanas. Revisará el expediente, asistirá como observadora a las sesiones de seguimiento que lleve Lucía, conocerá los protocolos específicos de la unidad. Solo después, y con supervisión, se incorporará.

—¿Y si en esas dos semanas decide que no quiere? —preguntó Elena.

Se hizo un silencio breve. Nieto soltó una respiración larga por la nariz.

—Puede decirlo —contestó Aguirre—. Nadie va a obligarla. Pero le pido que no lo decida antes de leer.




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