Darío Salvatierra la recibió de pie, junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda como un alumno castigado.
—¿Usted es la de ayer? —preguntó—. La del café.
—La del café —admitió Elena—. Me llamo Elena.
—Yo Darío. Ya lo sabe.
—Lo sé. Pero prefiero que me lo diga usted.
Él asintió, satisfecho con una lógica que solo tenía sentido para él, y se sentó donde ella le indicó. La sala de entrevistas de la segunda planta olía a lejía. Alguien había limpiado el suelo a primera hora y todavía quedaban rastros húmedos junto al zócalo. Iván esperaba fuera, en una silla de plástico, con las piernas estiradas y el bocadillo aplastado sobre las rodillas. Le había guiñado un ojo al verla, un gesto de cómplice cansado.
Darío tenía treinta y un años y las manos de alguien mayor. Llevaba el pelo mojado peinado con raya. Le faltaba un botón en la camisa y se tocaba el hueco una y otra vez con el pulgar.
—Ayer me asusté —dijo, sin que ella preguntara—. No quería. Vi a Tomás con la cara así. —Torció la boca hacia un lado—. Él nunca pone esa cara.
—¿Qué cara suele poner?
—La de «aquí no pasa nada». —Se quedó pensativo—. Ayer pasaba algo.
—¿Qué crees que pasaba?
—La pared. —Bajó la voz—. Pero ya no se mueve. Se lo dije a Encarna. Por la noche se lo dije y me creyó. Me trajo un vaso de leche templada, que aquí es como un abrazo.
Elena sonrió. No preparó ninguna frase. Le pareció lo más honesto. Dejó pasar un rato, hasta que el silencio dejó de ser un hueco y se convirtió en un espacio compartido. Entonces le preguntó por la leche, por el sueño, por la rutina de los jueves. Darío respondió a trozos, saltando de un tema a otro, y ella dejó que los saltos ocurrieran. A los veinte minutos había comprendido que el temblor no venía de lo que oía, sino de los cambios: la sirena de una ambulancia, un ruido nuevo en el pasillo, una mesa que alguien había movido de sitio. Necesitaba saber dónde estaban las cosas. Cuando algo cambiaba sin avisar, el mundo se descolgaba de sus goznes.
—¿Puedo proponerte algo? —dijo—. Solo para probar. Si no funciona, lo dejamos.
—¿Qué es?
—Una lista. Cada mañana, antes de salir de tu habitación, dices en voz alta lo que vas a ver hoy. La cama, la ventana, la puerta. El pasillo. La luz. —Hizo una pausa—. Y si algo cambia, se lo dices a quien esté más cerca antes de que te asuste.
Darío frunció el ceño.
—¿Y si cambian muchas cosas a la vez?
—Entonces dices la primera.
Lo pensó con mucha seriedad, mordiéndose el interior de la mejilla.
—Me gusta —dijo al final—. Es como una oración, pero sin Dios.
Cuando salió de la sala, Iván se puso en pie de un salto y le dio un puñetazo suave en el hombro a Darío.
—¿Todo bien, campeón?
—Voy a decir lo que veo.
—Pues hazlo, que aquí hay mucho que ver.
Elena se quedó sola, con la libreta en el regazo. Tenía las manos calientes y la nuca ligeramente sudada. Era esa sensación que reconocía de las prácticas, la de haber hecho algo bien sin que nadie te lo dijera. No duraba mucho, pero valía cada minuto de cansancio.
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Comió en el comedor con Pablo y con Iván, que se había cambiado el bocadillo por una bandeja de lentejas. Aquel día había pescado en el menú, y Matilde pasó a su lado con la bandeja apartada, sin mirarlo, con la dignidad de quien rechaza a un enemigo antiguo.
—No entiendo cómo llevas este turno —le dijo Pablo a Iván—. Doce horas. De noche. Y todavía sonríes.
—Es el disfraz. Debajo estoy destrozado.
—¿No te dan ganas de dejarlo?
—Cada semana. —Iván masticó con parsimonia—. Luego llega el viernes y alguien me da las gracias por una tontería, y me quedo otro mes.
—Eso no es una razón —protestó Pablo.
—Es la única que tengo.
Gregorio, en su mesa de siempre, alineaba las cucharas en una hilera. Levantó la vista al verla pasar con la bandeja.
—Hoy es jueves —le dijo, con solemnidad.
—Hoy es jueves —confirmó Elena.
—Bien. —Colocó una cuchara a la izquierda—. Los jueves hay más silencio.
—¿Por qué?
—Porque el que baja se acuerda de lo que pasó.
Elena se quedó con el tenedor a medio camino de la boca. Pablo le puso una mano en el brazo.
—Gregorio dice cosas —susurró—. Es su forma de conversar.
—¿Qué quería decir?
—No lo sé. No siempre significa algo.
—Pero a veces sí.
—A veces sí —concedió Pablo. Y cambió de tema con una torpeza tan evidente que ella no insistió.
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Volvió al sótano después de comer. Marisa le abrió la puerta metálica con el mismo llavero, la misma charla sobre el ascensor, y la dejó otra vez con la lámpara verde y el expediente atado con la cinta azul.
Retomó la lectura en la página 58. Las hojas posteriores eran distintas de las anteriores. Más breves, menos cautas, y también más ilegibles: informes con la fecha tachada, anotaciones de médicos que no firmaban, siglas que se repetían sin explicación. Encontró un párrafo subrayado en rojo por alguien que había leído antes que ella:
*Se contabilizan a día de hoy cuatro fallecimientos atribuidos con carácter firme al interno. Se contemplan otros posibles, actualmente sin resolución judicial. El número total no puede cerrarse con la información disponible.*
Lo leyó dos veces. No por la cifra, sino por la última frase. *No puede cerrarse.* Era un lenguaje raro para un documento oficial, donde lo habitual era dar la impresión de que todo estaba contado. Alguien había querido dejar constancia de que no.
Buscó nombres. No los había. Solo iniciales y números de diligencia. Copió cuatro en la libreta: *M.R., 2016. A.C., 2017. L.T., 2017. Sin filiar, 2019.* Después escribió, debajo: *¿cómo se determina «con carácter firme»?*
Fue entonces cuando oyó los pasos en la escalera. Marisa asomó la cabeza con el ceño fruncido.
—Elena, Lucía te busca. Dice que empieza en cinco minutos.