Sex, una historia de venganza y obsesiones

Emma y Daniel

El piso de Emma y Daniel en Madrid parecía sacado de una revista. Libros de arte, una lámpara modernista, un gramófono antiguo restaurado por él y una pared cubierta de mosaicos marroquíes que Emma trajo como botín sentimental. No había hijos corriendo por allí. Solo luz dorada, silencio y objetos hermosos.

Emma era sexóloga. Militante, competente y convencida de que la intimidad podía reparar. Sus pacientes llegaban rotos y ella los despedía un poco más enteros. Se sentía útil. Se sentía necesaria.

Daniel era ingeniero. Firmas, planos, energía. Su vida funcionaba como una máquina bien calibrada, y él disfrutaba del ruido interno que eso generaba.

Desde fuera parecían perfectos. Desde dentro, no tanto. La grieta tenía nombre: maternidad. El deseo le llegó tarde a Emma. Llegó fuerte. Llegó cruel. El aborto múltiple, los intentos fallidos, la depresión silenciosa y la rendición final. Emma decidió que no pasaba nada. O decidió fingirlo.

Aquella tarde, el sol se despedía por los ventanales cuando Daniel decidió hablar.

—Me han seleccionado para supervisar un proyecto en Monterrey —dijo, tomándole las manos—. Es grande, Emma.

Ella no contestó.

—Dura un año —añadió—. La mayoría será por videollamada. Tendré que viajar de vez en cuando.

Emma inhaló. Le dolió. Pero no era el tipo de mujer que pedía renuncias.

—No voy a frenarte —dijo—. Nunca lo haría.

Daniel exhaló, aliviado. Cenaron en silencio. Se acostaron temprano.

En la cama, él la buscó. Emma estaba cansada, pero fue la cercanía —más que el deseo— la que tomó el mando. Se dejó arrastrar por la rutina íntima que ambos conocían. Sin dramatismos. Sin fuegos artificiales.

Después, en la penumbra:

—¿Para ti el sexo es importante? —preguntó Daniel.

Ella giró la cabeza.

—¿Te refieres a nosotros? ¿O en general?

—En general.

Emma no respondió. Conocía el subtexto. Daniel tenía una necesidad que rara vez dormía. Ella no siempre podía seguirlo. Y pocas cosas pesan más en una pareja que el desajuste del deseo.

La mano de Daniel apretó la suya. Sonrió. No vio la sombra que le cruzó la mirada a Emma. O decidió no verla.




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