Sex, una historia de venganza y obsesiones

Daniel en el trabajo

La empresa IMA, S.A. tenía fama de hacer las cosas bien: innovación, sostenibilidad y contratos internacionales. No lo decían ellos, lo decía el dinero que entraba y los proyectos que se acumulaban. Ahora querían crecer en México. Monterrey era el siguiente tablero, y Daniel acababa de ser elegido para mover la primera pieza.

No era un recién llegado. Entró años atrás como ingeniero medioambiental y fue escalando hasta convertirse en el responsable de proyectos verdes, esos que prometían dejar el mundo menos roto. Eso le gustaba. Le gustaba la idea de construir algo que no contaminara el aire que respiraba.

Su mano derecha era Marcos. Ingeniero brillante, lengua rápida y humor ácido. La relación se les había escapado del protocolo hacía tiempo. Entre bar y bar habían hablado de política, deporte y sexo —aunque de ese último tema Daniel apenas decía nada. Marcos suponía que era timidez; la realidad estaba más enredada.

Aquella mañana Daniel entró en la oficina con traje y decisión. Su jefe, Alejandro, había convocado una reunión para cerrar el plan México. Cuando Daniel llegó, ya estaban todos sentados, serios, con café y papeles sobre la mesa. Clásica liturgia previa a un proyecto grande.

—Bien —dijo Alejandro, sin preámbulos—. Monterrey. Planta de alta tecnología. Supervisión mixta desde Madrid. Viajes puntuales.

Le mostraron la estructura, las fases, el flujo de comunicaciones, las videollamadas obligatorias. En Madrid trabajaría con Carlos, un ingeniero joven y prometedor. En México, con un equipo local al que todavía tendría que conocer. Había un nombre que le hizo levantar la cabeza: Raúl. Viejo amigo, excompañero, ahora expatriado feliz. Estaría allí para recibirlo y para suavizar la curva de aterrizaje.

El primer viaje estaba programado para dentro de una semana. El margen era justo, pero la adrenalina también.

La reunión duró más de lo previsto, con preguntas técnicas, protocolos de seguridad y riesgos potenciales. A Daniel le encantaban esas partes: problemas concretos, soluciones concretas. Nada que ver con la psicología humana.

Cuando por fin volvió a su despacho, la mañana ya se había convertido en tarde. Encendió la luz y el espacio se iluminó con una elegancia sobria: madera oscura, estanterías bien alineadas, planos, manuales y una lámina de un bosque que parecía recordar lo que él defendía desde el terreno: que no todo debía ser destruido para construirse.

En el escritorio, dos fotos. En una, Emma y él en la playa, riendo con naturalidad. En la otra, su familia. Daniel pasó el dedo sobre el cristal, casi sin darse cuenta. Después abrió el portátil y comenzó a ordenar notas. El entusiasmo le recorría el cuerpo como una corriente eléctrica.

Esa noche, al llegar a casa, Emma lo escuchó hablar del proyecto con una mezcla de interés y melancolía. Sabía leer entre líneas. Sabía cuándo Daniel estaba ya viviendo en otra ciudad, aunque su cuerpo siguiera allí.

—Tienes mi apoyo —dijo Emma al final—. Lo sabes.

Daniel asintió. Le costó un par de segundos encontrar palabras.

—Será desafiante, sí. Pero creo que podremos manejarlo. Hoy en día es fácil seguir conectado cuando uno está lejos.

Emma sonrió, pero no del todo. Podía tener razón en lo técnico, pero en lo emocional, la historia era otra.




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