El gabinete de Emma estaba en plena calle Serrano, pero al cruzar la puerta el ruido de Madrid desaparecía. Era un espacio tranquilo, luminoso y cuidadosamente diseñado para que la gente bajara la guardia. En recepción, Marga —ágil, discreta— gestionaba citas y llamadas sin perder la sonrisa ni el control.
El despacho de Emma era una mezcla de elegancia y funcionalidad: mesa de cristal, dos sillas ergonómicas para las entrevistas y un pequeño rincón de terapia con un sofá de cuero y dos sillones a juego. Las estanterías estaban llenas de libros de sexología, psicología y neurociencia. Todo limpio, ordenado, sin excesos. Emma creía firmemente en que un buen espacio terapéutico debía evitar el ruido visual.
Ese día esperaba a una pareja: Sofía y Víctor. Él entró primero, seguro de sí mismo. Sofía, en cambio, lo hizo con cierta rigidez en los hombros. Se sentaron frente a Emma. Él con las piernas cruzadas y expresión serena; ella mirando el suelo, como si cada palabra pudiera ser un riesgo.
—Nuestra vida sexual se ha vuelto complicada —dijo Víctor, directo—. Sofía ha perdido interés. No sé qué hacer. Me siento rechazado.
Emma tomó nota sin levantar la mirada, pero escuchando cada matiz.
—Es más común de lo que parece —respondió—. Los cambios en el deseo dentro de la pareja son frecuentes y no suelen tener una única causa.
Se volvió hacia Sofía.
—¿Cómo lo vives tú?
Sofía tragó saliva antes de hablar.
—Siento que algo está mal conmigo —dijo—. Amo a Víctor, pero no puedo disfrutar del sexo. Me desconecto.
Emma asintió. Lo había escuchado muchas veces, con mil variantes.
—No hay nada “mal” en ti. El deseo no es un interruptor, es un proceso. Y para la mayoría de las mujeres, está muy relacionado con la calma, la seguridad y la conexión emocional.
Miró a Víctor.
—¿Cómo te sientes tú al escucharla?
—Me duele —respondió, sin dramatismo—. Solo quiero ayudarla, pero no sé cómo.
La sesión avanzó. Emma dio pautas, planteó ejercicios de comunicación y enseñó a Víctor a no interpretar la falta de deseo como rechazo personal. Sofía empezó a hablar más. Víctor aprendió a escuchar. Emma los observaba, calibrando los silencios, tomando notas mentales.
Al final de la consulta, Sofía sonreía un poco. Fue apenas un gesto, pero Emma sabía lo que significaba. En terapia, las victorias no siempre son ruidosas.
Cuando la pareja salió, Emma se quedó unos segundos en silencio, mirando el sillón vacío. Había algo en Víctor que llamó su atención. Nada concreto. Tal vez la manera de sostener la mirada, o esa seguridad que no siempre encaja bien con la vulnerabilidad del otro. Guardó la ficha en la carpeta correspondiente. Y pasó al siguiente paciente.
Editado: 25.01.2026