El silencio en el ala médica de la base de GUN era absoluto, roto únicamente por el siseo constante del respirador de Ronald. El Profesor Gerald Robotnik revisaba una y otra vez los escaneos neuronales en su tableta, pero los resultados no cambiaban. Las heridas provocadas por el arma de energía caos de Jhonatan habían devastado el sistema nervioso de Ronald.
—No hay actividad, Shadow... —susurró Gerald, con la voz quebrada—. El daño es irreversible. Ronald... él no podrá sobrevivir. Es cuestión de tiempo para que sus órganos dejen de funcionar.
Shadow, apoyado contra la pared en las sombras, apretó los puños con tal fuerza que sus guantes crujieron. Miró el rostro pálido de Ronald, el hombre que pasó de ser su verdugo a su aliado más leal.
—María no puede saberlo todavía —dijo Shadow, con una frialdad que ocultaba un dolor inmenso—. Ella aún tiene esperanza. Si le decimos esto ahora, su luz se apagará.
Gerald asintió, secándose una lágrima tras sus gafas.
—Llévala a la cabaña de la montaña, Shadow. Que respire aire puro. Yo me quedaré aquí... hasta el final.
Horas después, Shadow y María llegaron a una cabaña de madera oculta en lo alto de la Cordillera Blanca. El aire era gélido y puro, y la nieve cubría los pinos como mantos de cristal. María intentaba sonreír, pero Shadow notaba que su mirada volvía constantemente hacia el valle, donde se encontraba la base.
Para distraerla, Shadow decidió poner a prueba lo que había estado practicando en secreto.
—María, mira esto —dijo él.
En un parpadeo, Shadow desapareció en una explosión de chispas rojas y reapareció instantáneamente en la copa de un árbol a cien metros de distancia. Luego, volvió a desaparecer y apareció al lado de María antes de que ella pudiera parpadear.
—¡Shadow! ¡Te has teletransportado! —exclamó María, asombrada—. ¡Es mucho más rápido que tu velocidad normal!
—Es el Chaos Control refinado —explicó Shadow, aunque su cuerpo temblaba un poco por el esfuerzo—. He aprendido a doblar el espacio. Ahora, nadie podrá tocarte. Estaré en todas partes al mismo tiempo si es necesario.
Mientras tanto, en la base secreta del Equipo Kass, el ambiente era muy diferente. Jhonatan Kurt estaba encerrado en su habitación, rodeado de pantallas. Pero no estaba revisando planos militares. Estaba mirando las fotos que había tomado de María en la academia.
Algo en su interior se había roto. Ver la valentía de María y la forma en que Shadow la protegía le había hecho cuestionar todo. Ya no sentía el odio de su padre. Sentía una atracción profunda y retorcida; una necesidad de "salvarla" de la guerra, incluso si eso significaba traicionar a su propia sangre.
—Es hermosa, ¿verdad? —dijo una voz gélida a sus espaldas.
Era el Profesor Leo Kurt. Miraba a su hijo con desprecio.
—Te envié para usarla, Jhonatan, no para enamorarte de ella. Pero aprovecha esos sentimientos. Úsalos para traerla aquí. Si la tenemos a ella, tendremos el control absoluto sobre el erizo. Prepara al equipo de asalto. Mañana iremos a la cabaña.
Al amanecer, el rugido de motores de nieve rompió la paz de la montaña. Un equipo élite de mercenarios del Equipo Kass rodeó la cabaña. Jhonatan lideraba el grupo, pero sus ojos reflejaban duda.
—¡Entreguen a la chica y nadie más morirá! —gritó el comandante de los mercenarios.
Shadow salió de la cabaña con una calma aterradora. María estaba detrás de la puerta, sosteniendo el Reloj Vínculo que Lily y Judy habían mejorado.
—Cometieron un error al venir aquí —susurró Shadow.
Lo que siguió fue una danza de destrucción. Shadow usó su nuevo poder de teletransportación para volverse invisible a los ojos de los soldados. Aparecía detrás de uno, lo neutralizaba con un golpe seco, y desaparecía antes de que el siguiente pudiera disparar. Las balas atravesaban el aire donde Shadow ya no estaba. En menos de tres minutos, todo el equipo de asalto estaba en el suelo, desarmado y derrotado.
Justo cuando Shadow se preparaba para asestar el golpe final a Jhonatan, tres helicópteros de GUN aparecieron en el cielo. El Capitán Wolters descendió en rapel con sus fuerzas especiales, apuntando sus rifles hacia los mercenarios caídos.
Jhonatan, al ver que estaba rodeado y que no podía ganar contra la velocidad divina de Shadow, soltó su arma y levantó las manos.
—¡Me entrego! —gritó Jhonatan, mirando hacia la puerta de la cabaña donde María asomaba el rostro.
Wolters lo esposó con rudeza, pero Jhonatan pidió un último deseo.
—Capitán, deje que le entregue esto a ella. Es lo único que pido.
Wolters miró a Shadow, quien asintió lentamente tras ver que Jhonatan no tenía más armas. Jhonatan le extendió un sobre doblado a María.
—María... lo siento. Mi padre no se detendrá. En esta carta está la ubicación de su siguiente laboratorio y... lo que realmente siento. Adiós.
El regreso a la base fue silencioso. María leía la carta en el helicóptero, con lágrimas en los ojos al descubrir que Jhonatan realmente se había enamorado de ella, pero que su lealtad familiar lo había destruido.
Sin embargo, al aterrizar, la realidad los golpeó de frente. El Capitán Wolters recibió un mensaje por radio y su rostro se ensombreció. Gerald los esperaba en la pista de aterrizaje, con los hombros caídos.
Shadow lo supo antes de que dijeran una palabra. Entró corriendo a la unidad médica. Sobre la mesa, junto a la cama de un Ronald que ya no respiraba, había una pequeña grabadora. Shadow presionó el botón.
"Shadow... si escuchas esto... es porque mi tiempo se acabó. No te sientas culpable. Ser el escudo de María fue el mayor honor de mi carrera. Cuídala. Sé el héroe que yo no pude ser..."
La voz de Ronald se apagó en un susurro. Shadow se quedó allí, mirando el cuerpo sin vida de su amigo, mientras escuchaba los pasos de María acercándose por el pasillo. La nieve seguía cayendo afuera, cubriéndolo todo, mientras el corazón de la base se rompía en mil pedazos.