La noche anterior al incidente, María entró en la oficina privada de su abuelo. El Profesor Gerald Robotnik estaba encorvado sobre unos planos antiguos, con la luz de una pequeña lámpara reflejándose en sus gafas. El cansancio era evidente en su rostro.
—Abuelo... —susurró María, acercándose—. ¿Alguna vez Shadow será libre de verdad? Siento que estas paredes lo están asfixiando, y a mí también.
Gerald dejó su pluma y suspiró, mirando a su nieta con una ternura infinita.
—María, Shadow fue creado para traer esperanza, no para ser un prisionero. Pero el mundo teme lo que no puede controlar. Mi mayor temor no es que él sea peligroso, sino que olviden que tiene un corazón.
—Yo no lo olvidaré —respondió María con firmeza—. No dejaré que lo conviertan en una estatua de cristal.
Gerald le acarició el cabello y le entregó un pequeño par de patines plateados, diseñados con tecnología de fricción reducida.
—Toma esto. Son un prototipo. Úsalos cuando sientas que necesitas correr... pero ten cuidado, pequeña.
Esa conversación se quedó grabada en el alma de María. Ella sabía que no podía esperar a que GUN decidiera ser "amable". Tenía que actuar.
El ala médica de la base estaba sumida en una calma tensa. Shadow estaba sentado en el borde de la camilla, rodeado de cables que parecían tentáculos metálicos. Los científicos, a pocos metros, discutían frente a una pantalla sobre la estabilidad de sus ondas cerebrales.
De pronto, María apareció. No hubo necesidad de disfraces; su determinación era su mejor escudo. Se arrastró bajo las mesas de instrumental médico, moviéndose con una agilidad que habría sorprendido a Shadow. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se asomó por el borde de la mesa metálica principal.
Shadow bajó la vista y sus ojos rojos se abrieron con sorpresa. María le sostuvo la mirada y, con una chispa de travesura que no se veía en ella desde antes de la muerte de Ronald, le levantó las cejas dos veces rápidamente, con ese gesto icónico de "¿Listo para el caos?".
Shadow asintió casi imperceptiblemente. Con manos rápidas, María sacó de su espalda un pequeño oso de peluche con un moño rojo. Con una precisión de relojero, despegó los electrodos del pecho de Shadow y los conectó al peluche, acomodándolo sobre la camilla. El monitor siguió emitiendo su bip-bip constante, engañando a las máquinas. Shadow saltó al suelo sin hacer un solo ruido, como una sombra que cobra vida.
Antes de salir al pasillo principal, María se sentó en un banco de madera y se colocó los patines plateados que su abuelo le había regalado. Se ajustó los cordones con fuerza y sintió el ligero zumbido de los propulsores pasivos.
—No vamos a caminar, Shadow —dijo ella, sacando una cuerda de nylon reforzada—. Vamos a volar.
María amarró un extremo de la cuerda a la cintura de Shadow y sujetó el otro extremo firmemente con ambas manos, envolviéndola alrededor de sus palmas para no perder el agarre.
Shadow encendió sus patines de aire. Al principio, el impulso fue suave, pero una vez que ganaron inercia en el largo pasillo del sector 4, la velocidad aumentó. Shadow se deslizaba con elegancia, y María, detrás de él, empezó a hacer eslalon sobre el mármol.
—¡Esto es increíble! —gritaba María, con el viento de la velocidad despeinando su cabello dorado.
Shadow la arrastraba con una suavidad asombrosa, midiendo cada centímetro de su fuerza para no lastimarla. María sentía la tensión de la cuerda en sus brazos, una conexión física que la unía al erizo. Shadow hacía giros de noventa grados en las esquinas, y María se inclinaba, casi rozando el suelo, riendo con una alegría que llenaba los pasillos grises de la base.
El desastre ocurrió al doblar la esquina de la cafetería central. Un robot de carga empujaba un enorme carrito de tres pisos repleto de postres para la cena de gala de los oficiales: tartas de crema, manzanas bañadas en caramelo rojo brillante, pirámides de nubes de azúcar y cuencos de chispas de colores.
—¡Shadow, frena! —advirtió María, pero era demasiado tarde.
Shadow intentó un giro evasivo, pero la cuerda tiró de María hacia el centro del carrito. El impacto fue inevitable. ¡BUM!
Fue como si una bomba de repostería hubiera estallado. Shadow y María salieron despedidos, atravesando una montaña de merengue. La crema blanca voló por todas partes, las manzanas acarameladas rebotaron en las paredes y el azúcar glass creó una nube blanca que parecía nieve artificial.
Ambos se deslizaron por el suelo pegajoso hasta detenerse cerca de una ventana. María tenía un trozo de tarta de fresa en su boina y Shadow estaba cubierto de pies a cabeza de azúcar glass. El silencio fue total por un segundo, hasta que María miró a Shadow (que parecía un fantasma blanco por el azúcar) y soltó una carcajada incontenible.
Shadow se miró las manos llenas de caramelo y, por primera vez en mucho tiempo, su risa se unió a la de ella. Se dejaron caer sobre el suelo cubierto de dulces y, moviendo los brazos con entusiasmo, empezaron a hacer ángeles de nieve en la mezcla de crema y azúcar
—¡MARÍA ROBOTNIK! ¡SHADOW!
La Profesora Sofía apareció en el pasillo, con las manos en la cintura y el rostro rojo de ira. Detrás de ella, dos guardias de GUN miraban la escena con absoluta estupefacción.
—¡Mírense! ¡Han destruido la cena de los oficiales y han arriesgado la seguridad de toda la base! —gritó Sofía, acercándose con cuidado de no resbalar en el caramelo—. María, ¿tienes idea de lo que pasaría si el Comandante ve estas grabaciones? Dirá que Shadow no es más que un animal salvaje que no puede seguir protocolos.
María se levantó, limpiándose la cara con la manga, pero sin borrar su sonrisa.
—Sofía, solo estábamos siendo nosotros. No somos máquinas.