Shadaria

Capitulo 23 "El silencio antes de la tormenta"

​El aire en el sector de pruebas estaba saturado de ozono. Shadow corría en la pista de inducción, pero sus movimientos no eran fluidos como de costumbre. En su mente, las imágenes del sueño —los gritos, las balas, el rostro aterrorizado de María— se repetían en un bucle frenético. Cada paso que daba alimentaba los contenedores de energía, pero también alimentaba una rabia que Shadow no podía contener más.

​—Sus niveles están subiendo demasiado rápido —advirtió un técnico desde la cabina—. ¡Profesor Robotnik, Shadow está entrando en una fase de sobrecarga!

​Gerald observó por el cristal, con el corazón en un puño.

—¡Shadow, detente! ¡Controla tu pulso!

​Pero Shadow no escuchaba. Sus ojos rojos brillaron con una luz cegadora. Con un grito de pura frustración, Shadow golpeó el suelo de la pista con un puño cargado de energía. La explosión fue devastadora. Un pulso de energía carmesí barrió la sala, reventando los cristales de seguridad y enviando a los científicos al suelo. Los colectores de energía, los mismos tanques que el Jefe de GUN quería llenar, chisporrotearon y estallaron bajo la presión.

​El silencio que siguió fue aterrador. Shadow estaba de pie en el centro del cráter, con el humo saliendo de sus guantes, mirando a la cabina con una expresión que prometía destrucción. Los militares de GUN no tardaron en reaccionar.

​—¡Es una amenaza! ¡Encierren al espécimen de inmediato! —ordenó el Jefe de GUN a través de los altavoces.

​Esa misma tarde, el destino de Shadow cambió. Fue trasladado a una celda de máxima seguridad en los niveles más profundos, una cámara reforzada con muros de plomo y un sistema de inhibición sónica que impedía cualquier comunicación con el exterior. Pero el castigo no terminó ahí.

​María intentó correr hacia él cuando vio a los soldados escoltarlo, pero dos guardias la sujetaron por los brazos.

—¡Shadow! ¡Shadow! —gritaba ella, desesperada.

​—Señorita Robotnik, tiene prohibido acercarse al sector de aislamiento —dijo el Capitán Wolters con una voz que, aunque profesional, denotaba cierta lástima—. El espécimen es inestable y usted es una civil. Por su propia seguridad, no habrá más contacto.

​María fue llevada a su habitación, que ahora tenía un guardia en la puerta las veinticuatro horas. La base de GUN se había transformado oficialmente en una prisión para ambos.

​Sola en su cuarto, María se sentó en la cama, abrazando sus rodillas. Fue entonces cuando lo sintió. El reloj plateado que Shadow le había regalado empezó a vibrar con una intensidad rítmica. No era una falla mecánica; era un latido.

​María pegó el reloj a su oído y cerró los ojos. Podía sentir la firma de energía de Shadow. Estaba débil, apagada por las paredes de plomo, pero seguía allí. El reloj emitía un calor suave, un pulso que se coordinaba con el propio corazón de María. Era como si, a pesar de los muros y los guardias, Shadow le estuviera diciendo: "Sigo aquí. No te rindas". Este vínculo secreto se convirtió en el único anclaje de María hacia la cordura.

​En el despacho de Gerald, el profesor trabajaba en las sombras. Sabía que el incidente en la pista era la excusa perfecta que el Jefe de GUN estaba esperando para proceder con la extracción total de energía, un proceso que drenaría a Shadow hasta matarlo.

​Gerald tenía un mapa holográfico de la base proyectado en su escritorio. Estaba marcando una ruta hacia las cápsulas de escape cuando la puerta se abrió bruscamente. Era María. Había logrado escabullirse del guardia usando un conducto de ventilación que solo ella conocía.

​—Abuelo, tenemos que sacarlo de ahí —dijo María, con los ojos rojos de tanto llorar—. Lo van a matar, lo sé.

​Gerald se giró, viendo la desesperación de su nieta.

—María, lo que planeo es traición. Si nos descubren, no habrá piedad para ninguno de nosotros. El Jefe de GUN ha perdido la razón; quiere el poder de Shadow a cualquier precio.

​—No me importa la piedad de GUN —sentenció María, acercándose al mapa—. Me importa Shadow. No puedo estar separada de él. Él es mi familia, igual que tú.

​Gerald suspiró y le entregó un pequeño chip de datos oculto tras un amuleto.

—Escúchame bien. Este chip contiene las coordenadas de un refugio y el código para liberar los limitadores de Shadow. Si algo sale mal... si nos separamos, tienes que dárselo a él.

​La conversación fue interrumpida por un golpe seco en la puerta. Era la Profesora Sofía. Entró con una mirada severa, pero cerró la puerta con seguro detrás de ella.

​—Sé lo que están planeando —dijo Sofía, mirando el mapa holográfico—. El Comandante está moviendo las tropas hacia el hangar 7. Tienen menos de cuarenta y ocho horas antes de que inicien el proceso de drenaje en Shadow.

​María miró a Sofía con desconfianza, pero la profesora se acercó y le puso una mano en el hombro.

—No soy su enemiga, María. Pero la base está llena de cámaras. Si van a escapar, necesitan un apagón total. Yo puedo darles cinco minutos de oscuridad... pero ni un segundo más.

​Gerald asintió, entendiendo que el momento había llegado. El plan estaba trazado. María regresó a su habitación, pero no para dormir. Empezó a preparar su mochila: puso la bufanda roja, los medicamentos que su abuelo necesitaba y el amuleto con el chip.

​Mientras tanto, en la celda de aislamiento profundo, Shadow estaba sentado en el suelo. Los inhibidores sónicos llenaban su cabeza de un ruido blanco insoportable, pero él se concentraba en el latido que sentía a través de su propia Energía Caos. Podía sentir el reloj de María. Podía sentir su miedo, pero también su determinación.

​Shadow apretó los puños. Las chispas rojas empezaron a danzar alrededor de sus púas. No iba a esperar a que lo drenaran. Si el cristal de su cápsula se había agrietado con un sueño, la realidad de perder a María iba a destrozar toda la base.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.