Shadaria

Capitulo 25 "El último latido de caos"

La noche había caído sobre la base, pero dentro de la habitación de María, el mundo parecía estar a salvo. Ella había construido una tienda de campaña improvisada usando sábanas blancas y luces de Navidad que parpadeaban suavemente. Shadow estaba sentado dentro, con las piernas cruzadas, mirando con curiosidad la pequeña pantalla de la laptop de María.

​Estaban viendo una vieja película de ciencia ficción. María, con una sonrisa traviesa, tomó un puñado de palomitas y, con un movimiento rápido, le lanzó un poco de palomitas en la cara a Shadow. El erizo se quedó petrificado por un segundo, con una palomita descansando sobre su nariz. Miró a María con una seriedad fingida y sus ojos rojos se entrecerraron en señal de confusión. María simplemente levantó las manos, haciendo un gesto de "yo no fui" con las cejas levantadas, antes de volver a mirar la pantalla como si nada hubiera pasado.

​Shadow soltó un bufido que era casi una risa y volvió su atención a la película. Sin embargo, su expresión se oscureció. En la pantalla, los humanos perseguían a una criatura extraña al grito de: "¡Cuidado con el Alien! ¡Es un monstruo, no pertenece aquí!".

​Shadow bajó la mirada a sus propias manos enguantadas.

—A mí me tratan igual, María —susurró con una voz cargada de amargura—. No importa cuánta energía les dé o cuánto intente ayudarlos. Para ellos, siempre seré el "Alien".

​María sintió un nudo en la garganta. Se acercó a él y le puso la bufanda roja alrededor del cuello, ajustándola con cariño.

—Tú no eres un alien, Shadow. Eres mi mejor amigo. Y hoy, vamos a salir de estas cuatro paredes.

​Aprovechando que la profesora Sofía se había quedado dormida en la cabina de vigilancia tras una larga jornada, María se deslizó como una sombra y, con dedos ágiles, le quitó la tarjeta de acceso de nivel 4. Con el corazón latiéndole a mil por hora, tomó la mano de Shadow y lo guio hacia el ascensor de mantenimiento que llevaba a la cima de la montaña donde la base estaba incrustada.

​Al salir, el aire frío y puro de la montaña los golpeó. Por primera vez, Shadow no veía el cielo a través de un domo de cristal. Estaban ahí, en la cima del mundo, con la ciudad brillando abajo como un mar de joyas. Se acostaron sobre la hierba fría, mirando la inmensidad del cosmos.

​—Es hermoso... —dijo Shadow, con la voz perdida en la inmensidad.

​—Lo es —respondió María, buscando la mano de Shadow en la oscuridad. Él permitió que sus dedos se entrelazaran—. Shadow, prométeme algo. Algún día, cuando todo esto termine, llevarás la paz a esas personas. La gente de abajo... ellos solo tienen miedo, pero el mundo es un lugar que vale la pena proteger.

​Shadow la miró. La luz de las estrellas se reflejaba en los ojos de María.

—No sé si puedo hacerlo sin ti, María.

​—Siempre estaré contigo —dijo ella, apretando su mano con fuerza—. Hay algo que mi abuelo me dijo una vez sobre las estrellas que vemos ahora. Muchas de ellas ya no existen, han muerto hace miles de años. Pero su luz sigue viajando, sigue guiándonos en la oscuridad. La luz brilla a pesar de que la estrella ya no esté. Así será conmigo. Si alguna vez no estoy a tu lado, mi luz, mi promesa, seguirá brillando dentro de ti.

​Se quedaron en silencio, tomados de la mano, mientras el viento de la montaña agitaba la bufanda roja de Shadow. Fue el momento más puro de sus vidas, un instante de eternidad antes del colapso.

​El regreso a la habitación fue abrupto. Apenas habían entrado cuando María tomó su guitarra para tocarle una melodía suave a Shadow, tratando de prolongar la paz. Pero la primera nota fue ahogada por un sonido estridente y aterrador: las alarmas de brecha de seguridad.

​La puerta se abrió de golpe. El Profesor Gerald entró, con el rostro pálido.

¡Niños, tenemos que irnos ya! —gritó, agarrando a María del brazo y haciendo señas a Shadow para que se levantara—. El Jefe de GUN ha dado la orden. Van a trasladarte a otra base esta misma noche, Shadow. ¡Quieren quitarte de nuestro lado, María! ¡No lo permitiré!

​Corrieron por los pasillos metálicos, los mismos que antes parecían seguros y ahora se sentían como una trampa mortal. Gerald los guiaba hacia la salida secreta que Sofía le había indicado.

—¡Rápido! ¡Por aquí! —exclamaba el profesor mientras el eco de las botas de los soldados resonaba detrás de ellos.

​—¡Deténganse en nombre de GUN! —gritó un escuadrón que les bloqueó el paso en el sector de energía.

​El Capitán Wolters apareció entre los soldados, tratando de mantener la calma.

—¡Bajen las armas! —ordenó a sus hombres—. ¡Son civiles! ¡No disparen!

​Pero la tensión era insoportable. Un soldado joven, nervioso por el aura roja que Shadow empezaba a desprender, levantó su rifle. Wolters intentó forcejear con él, aplicándole presión física para bajar el cañón, pero en el forcejeo, el dedo del soldado apretó el gatillo por puro pánico.

​La bala no le dio a María. No le dio a Shadow. Impactó directamente en la cápsula principal de almacenamiento de Energía Caos que estaba a su lado.

​El tiempo pareció detenerse. Una luz blanca enceguecedora lo cubrió todo. Una explosión de magnitud sísmica sacudió la montaña, derrumbando techos, pilares y destruyendo el 80% de la instalación en un solo segundo.

​Cuando el humo empezó a disiparse, Shadow abrió los ojos. Le zumbaban los oídos y el sabor a sangre llenaba su boca. Se levantó con dificultad entre los escombros ardientes.

—¿María? —susurró.

​Entonces la vio. A pocos metros, tirada sobre el frío hormigón, María yacía inmóvil. Su vestido azul estaba manchado de polvo y su mirada, antes llena de estrellas, ahora estaba vacía. Su mano aún sostenía un trozo de la bufanda roja.

​—¡¡MARÍAAAAAA!! —el grito de Shadow desgarró el aire, cargado de una energía negra y roja que empezó a agrietar el suelo.




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