Shadaria

Capitulo final "El despertar de una promesa"

​El tiempo no perdonó a nadie, excepto a aquel que dormía en el hielo. Habían pasado cincuenta años desde la caída de la base de GUN y la tragedia de María. El mundo había cambiado: rascacielos de cristal, tecnología avanzada y una paz tensa.

​En una isla fortificada cerca de la costa de Tokio, en la prisión de máxima seguridad más profunda del planeta, el Profesor Gerald Robotnik caminaba por los pasillos con un bastón. Se veía anciano, pero sus ojos conservaban el fuego de la determinación. Había hecho un trato con GUN: su libertad a cambio de ayudar a construir el arma definitiva, el Cañón Eclipse. Pero Gerald tenía sus propios planes.

​Llegó frente a la cámara acorazada donde Shadow permanecía en éxtasis. Con manos temblorosas, conectó un dispositivo a la consola principal.

—Es hora, Shadow —susurró Gerald—. Recupera tu memoria. Recupera tu promesa.

​El sistema fue hackeado en segundos. Los protocolos de éxtasis se rompieron y la memoria de Shadow, bloqueada durante medio siglo, regresó como un torbellino: el carrusel de pétalos, la bufanda roja, y las últimas palabras de María bajo las estrellas.

​Dentro de la cápsula, los ojos de Shadow se abrieron, brillando con una furia carmesí que no se había visto en décadas. Sin esperar a que el gas se disipara, Shadow lanzó un puñetazo cargado de energía Caos que destrozó el cristal blindado de un solo golpe.

​Las alarmas de la prisión de Tokio estallaron. Cientos de soldados de élite rodearon la sala, apuntando con armas láser de última generación.

—¡No se mueva, espécimen! —gritaron.

​Shadow ni siquiera se inmutó. En un parpadeo, desapareció en un destello rojo. Usando su teletransportación, neutralizó a cada soldado en menos de un segundo; solo se escuchó el sonido de los golpes y el metal de las armas cayendo al suelo. Shadow salió de la base con una explosión sónica que hizo temblar la isla entera.

​Al llegar al acantilado, miró las luces de Tokio a lo lejos. Sin dudarlo, saltó al vacío y activó sus patines propulsores. Empezó a patinar sobre el agua del océano, dejando una estela de fuego y vapor, avanzando hacia un futuro que no conocía, pero que estaba decidido a proteger por ella.

Un año después...

​El sol de la tarde bañaba la acogedora casa de Tom y Maddie Wachowski. En el porche, dos figuras estaban sentadas en silencio, mirando hacia el horizonte. Sonic y Shadow.

​Shadow estaba inusualmente callado, con la mirada perdida en la bufanda roja que aún conservaba, ahora un poco gastada por el tiempo. Acababa de terminar de contarle a Sonic toda su historia: desde la creación hasta el último latido de María.

​Sonic, que siempre tenía algo que decir, se quedó en silencio por un momento, procesando el peso de los cincuenta años de dolor de su amigo.

—Shadow... —dijo Sonic suavemente, dándole un pequeño empujón amistoso en el hombro—. Gracias por confiar en mí para contarme esto. Sé que duele, pero mira a tu alrededor. María tenía razón: el mundo vale la pena. Y tú eres parte de la razón por la que sigue aquí.

​Shadow levantó la vista, sorprendido por la sinceridad del erizo azul.

—Todavía me cuesta entender mi propósito, Sonic.

​—Tu propósito es proteger esta luz —respondió Sonic con una sonrisa—. Y oye, gracias de nuevo por lo del Cañón Eclipse. Si no hubieras ayudado a detener esa cosa... bueno, no estaríamos aquí tomando jugo. Me salvaste la vida allá arriba, amigo.

​—¡Chicos! ¡La cena está lista! —gritó Maddie desde adentro.

​Shadow y Sonic entraron a la casa, donde el ambiente era puro caos familiar. Tails estaba tratando de explicarle a Knuckles cómo funcionaba un control remoto, mientras Knuckles insistía en que los botones eran "pequeños guerreros que no respondían a sus órdenes".

​Tom y Maddie recibieron a Shadow con una calidez que lo dejó desconcertado al principio.

—Es un gusto tenerte aquí, Shadow —dijo Tom, dándole una palmada en la espalda—. Eres bienvenido siempre que quieras.

​Por primera vez en medio siglo, Shadow se sentó a una mesa llena de comida, risas y gente que no quería usarlo como un arma. Mientras Knuckles intentaba comer un trozo de pastel de un solo bocado y Tails reía, Shadow sintió una calidez en su pecho que no era energía Caos. Era paz.

​Miró por la ventana hacia las estrellas que empezaban a asomarse en el cielo de Green Hills. Recordó la frase de María: "La luz brilla a pesar de que la estrella ya no esté".

​Shadow sonrió levemente, una sonrisa real y tranquila. María ya no estaba, pero su luz vivía en esa casa, en esos amigos, y en el corazón del erizo que finalmente había encontrado un hogar.

Mientras en la oscuridad de la base secreta solo era interrumpida por el resplandor de miles de monitores. La Directora Rockwell caminaba con paso firme, haciendo que sus tacones resonaran contra el suelo de metal frío. Se detuvo frente a una consola central que parpadeaba con una luz ámbar.

​En el centro de la habitación, sumergida en un tanque de fluido amniótico dorado, flotaba una figura pequeña y esbelta. Era una eriza de pelaje amarillo brillante, con púas que caían suavemente como cabello dorado y marcas blancas en sus brazos.

​Rockwell sacó de su maletín un pequeño dispositivo blindado. Dentro, brillaba un microchip con una etiqueta grabada con láser: "CONCIENCIA 0.1 - MARÍA ROBOTNIK".

​—El Profesor Gerald creyó que las púas eran solo para él... pero no sabía que guardamos una copia de los datos neuronales de su nieta antes del accidente —susurró Rockwell con una sonrisa gélida.

​Con un movimiento preciso, insertó el chip en la ranura de la consola. El sistema emitió un zumbido ensordecedor. Las pantallas se llenaron de recuerdos: flores, estrellas, y el rostro de Shadow. La energía del tanque empezó a burbujear violentamente mientras la conciencia de María se integraba en el cuerpo de la eriza amarilla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.