Shadow Creek

Bienvenidos a Shadow Creek

La niebla no sólo cubría las montañas; parecía asfixiarlas. Desde el asiento trasero, la sensación de encierro era física, como si el coche se hubiera convertido en una jaula rodante hundiéndose en un mar gris. Los cristales, empañados por la humedad, apenas me dejaban ver los árboles que rodeaban la carretera, torcidos y húmedos, como sombras que se retorcían sin que nadie las moviera.

—¿Todo bien ahí atrás, cariño? —preguntó mi madre, mirándome por el retrovisor con esa sonrisa que intentaba convencerme de que todo iba a salir bien.

Me quité los cascos y me incorporé.

—Sobreviviendo —respondí, señalando con la barbilla hacia el frente—. ¿Y tú? ¿Cómo va el duelo con la reina de la disco?

Ella arqueó una ceja, lanzándole una mirada de reojo a mi padre.

—Su técnica ha mejorado. Cuatro horas de carretera y todavía tiene pulmones para darnos el concierto. ¿Algo que declarar, Mat?

Mi padre giró la cabeza un instante, nos dedicó una mirada cargada de energía casi maníaca y apuntó con el dedo hacia el parabrisas.

—¡You are the Dancing Queen! —bramó a pleno pulmón—. ¡Young and sweet, only seventeen!

—Lo perdimos —suspiró mi madre, aunque su mano buscó la de él; puse los ojos en blanco—. Guarda algo de voz para Shadow Creek, Mat.

—A ti te van a poner una alfombra roja por ser pediatra —intervine con una mueca—, pero a papá... no sé. Un forense nuevo en un pueblo de ocho mil habitantes suena a mal augurio. Como anunciar que alguien va a morir pronto.

El silencio repentino de la montaña cayó sobre nosotros como un manto húmedo. El viento golpeaba la carrocería y las ramas rozaban los cristales, dejando marcas de agua que parecían garras invisibles.

—¿Emocionado por el cambio, campeón? —me preguntó mi padre.

—No sé qué esperar. Es un punto perdido en el mapa. Según los libros, sigue atrapado en la época colonial —dije, hojeando un libro de historia mientras sentía un escalofrío recorrerme la espalda.

—Te va a encantar —insistió mi madre—. Casas de madera, leyendas, fundación en 1640… tiene ese misticismo de las novelas de terror que tanto te gustan.

—En eso coincidimos —dije—. Por las fotos, tiene un aire a Silent Hill que no se le quita. Lo que me sigue pareciendo extraño es que los contrataran a los dos a la vez.

—Faltan médicos cualificados, hijo —explicó mi padre—. Y especialistas en medicina legal, ni te cuento. No tenían forense fijo desde el 99. Estaban desesperados por alguien con mi experiencia.

—California ya me tenía agotada —añadió mi madre, apretando la mano de mi padre mientras miraba el paisaje brumoso—. Un poco de montaña nos vendrá bien para resetear.

—Solo espero que al menos tengan una biblioteca que no huela a muerto —mascullé.

El coche frenó. Farolas amarillentas surgieron entre los árboles, proyectando sombras que se movían de manera inquietante. No eran árboles: algo parecía deslizarse entre ellos, invisible, siguiendo el coche con precisión casi humana.

—Pues lo descubrirás ahora mismo —sentenció mi padre—. Bienvenidos a Shadow Creek.

El pueblo apareció como un recuerdo antiguo, con calles estrechas y casas de madera que crujían bajo la niebla. Pero no era la arquitectura lo que me helaba la sangre: era el silencio. Ningún perro ladraba, ninguna ventana se iluminaba. Solo la sensación de que algo nos observaba desde las sombras.

—Qué lugar más pintoresco, ¿no os parece? —comentó mi madre, aunque su voz sonaba pequeña ante la inmensidad del silencio del pueblo.

—Ideal para amantes del horror y asesinos en serie —respondí. El sarcasmo era mi única defensa contra el frío que empezaba a calarme los huesos.

Mi padre frenó frente a una mole de sombra que se alzaba sobre nosotros. Apagó el motor y el silencio se volvió absoluto, casi doloroso. Por un instante, juraría que algo golpeó suavemente la ventana trasera, y al mirar, no había nada.

—Pues espera a ver la casa —dijo él, dedicándome una sonrisa que pretendía ser cómica, pero bajo la luz amarillenta resultaba forzada—. Tiene pinta de que alguien murió ahí dentro.

Bajé del coche. Mis botas crujieron sobre la gravilla húmeda. La casa era una edificación de dos plantas, una reliquia colonial que parecía mirarnos con ventanas como cuencas vacías. El porche estaba podrido en varias tablas, y los arbustos descuidados se mecían con un viento que no parecía soplar.

Lo peor era la distancia: la casa más cercana estaba demasiado lejos como para que un grito devolviera eco humano; el bosque sería nuestro único testigo.

—De verdad, este lugar da muy mala espina —mascullé mientras agarraba la primera caja—. Y el frío parece calarme hasta los huesos.

Pasamos la tarde arrastrando cajas por pasillos que crujían a cada paso. Mi habitación estaba en la planta alta; techos altos y una ventana que daba directamente al bosque negro. Tenía potencial, supongo, si ignorabas que parecía el escenario perfecto para una desaparición.

Cenamos pizza sobre cajas de cartón, en una cocina que olía a cerrado y cera vieja. Mis padres intentaban bromear, pero yo no podía dejar de mirar hacia la escalera y los rincones del salón, donde la sombra parecía más profunda de lo natural.

—Mañana todo se verá mejor con la luz del sol —prometió mi madre, aunque ella también evitaba mirar hacia las esquinas oscuras.

Esa noche no hubo luz del sol. Solo el sonido de la madera asentándose, el ulular lejano de algún animal, y la sensación de que, en Shadow Creek, el silencio nunca era total. Y algo más estaba ahí, observándonos.

Me desperté con la mandíbula tensa y la sensación de no haber pegado ojo. La luz del sol se filtraba por la ventana, pero era una luz pálida, enferma, como si hubiera tenido que atravesar demasiada niebla antes de llegar a la habitación. No calentaba nada. Solo iluminaba el polvo suspendido en el aire.

Aunque el ambiente no se sentía tan pesado como anoche, la desconfianza seguía ahí, enraizada en mi pecho.




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