A diferencia de la noche anterior, los ruidos habían desaparecido. Nada de crujidos inexplicables ni golpes sordos tras el papel tapiz. Incluso el bosque parecía haber firmado una tregua, aunque seguía dándome la misma mala espina de siempre; supuse que esa desconfianza no se borraría de la noche a la mañana.
La puerta de mi habitación se abrió de golpe, rompiendo la calma.
—Buenos días, campeón.
Era mi padre. Lucía una sonrisa demasiado entusiasta para ser un domingo por la mañana en un pueblo donde el sol parecía haber dimitido. Gemí y hundí la cara en la almohada, tratando de recuperar la oscuridad.
—De verdad… tú y mamá tienen un problema serio con la propiedad privada —murmuré con la voz amortiguada—. Entran aquí con esas sonrisas de niñera psicópata y esperan que yo esté de buen humor.
Mi padre soltó una risa baja y se sentó en el borde del colchón, haciendo que los muelles protestaran.
—Ya sabes cómo somos, Tyler. Intensos por naturaleza.
—Sí. Aterradores es la palabra que buscas.
—Venía a decirte que el desayuno está listo —continuó, ignorando mi drama—. Y que tu madre ya se fue al hospital. Le toca guardia de reconocimiento hoy.
Levanté la cabeza, entrecerrando los ojos por la claridad grisácea que entraba por la ventana.
—¿Ya? Ni siquiera hemos deshecho todas las cajas.
—Tiene que ponerse al día —respondió él—. Mañana iremos los dos contigo a tu "estreno" en el instituto. Queremos conocer al director.
—Qué emoción —dije, dejándome caer de espaldas—. Un desfile familiar. Casi tan divertido como un funeral.
—Pues mira qué coincidencia —añadió él, con un tono extrañamente casual—. Porque hoy iremos a la iglesia del pueblo.
Eso me hizo incorporarme de golpe. Le sostuve la mirada, buscando el rastro de la broma.
—Por favor, papá. No pisas una iglesia desde el funeral de la tía Sarah, y aquel día te pasaste todo el tiempo contando las grietas del techo.
Mi padre mantuvo su sonrisa enigmática, esa que nunca te permitía saber si estaba analizando un cadáver o contando un chiste.
—Hay que integrarse, hijo. Es sociología básica. No hay mejor lugar para observar el comportamiento humano que ver cómo buscan ayuda en una deidad superior que… bueno, quizá no esté escuchando.
Lo miré en silencio unos segundos, procesando la frialdad clínica de su curiosidad.
—Y todavía dices que mi ironía es cosa de mamá.
—Touché.
Se levantó y caminó hacia la salida. Antes de cerrar, se giró con la mano en el pomo.
—Vístete y baja. No querrás que el pueblo piense que el hijo del forense es un rebelde sin causa antes de conocerlo.
La puerta se cerró con un clic suave. Me quedé mirando el techo, donde una pequeña mancha de humedad parecía crecer si la mirabas fijamente.
—Genial… misa —murmuré para las paredes—. Lo siguiente será una quema de brujas.
Suspiré, estirando los músculos tensos por la mala noche, y me obligué a levantarme. Tendría que ducharme y, de alguna manera, encontrar algo entre las maletas que no me hiciera parecer un extra de una película de adolescentes deprimidos.
Me di una ducha rápida, de esas en las que el agua sale demasiado caliente y te deja la piel roja. Rebuscando entre el caos de las maletas, rescaté el traje formal negro con la corbata verde botella. No es que fuera mi estilo, pero según mi madre, ese color "hacía que mis ojos resaltaran". Personalmente, solo sentía que resaltaba mi falta de ganas de estar allí.
Bajé las escaleras peleándome con el cuello almidonado de la camisa. Mi padre ya estaba en la cocina, oficiando el desayuno con la misma precisión con la que seguramente manejaba el bisturí.
Al verme aparecer, alzó una ceja, evaluándome de arriba abajo.
—Vaya, qué elegancia. Pareces un agente secreto en una misión diplomática.
Me rasqué el muslo, irritado por la aspereza de la tela.
—Esta cosa pica. Siento que me han envuelto en lija.
—Y con esos modales —respondió él sin perder su sonrisa de suficiencia—, pareces más bien Tarzán camino a su primera comunión. Siéntate, "agente".
Me desplomé en la silla. Había preparado huevos con bacon y unas rodajas de tomate que soltaban un vapor apetitoso.
—¿Cuál es el plan de hoy, además de ir a estrecharle la mano a nuestro Señor? —pregunté, dejando que el sarcasmo goteara en cada palabra.
Mi padre me miró por encima del borde de su taza de café, con esa mirada clínica que parece atravesarte los pensamientos.
—Por cómo hablas, a veces olvido que solo tienes catorce años y que todavía estás en octavo grado. Tienes un cinismo muy avanzado para tu edad, Tyler.
—Es un don hereditario —le recordé, pinchando un trozo de bacon.
Él negó con la cabeza, divertido, y dio un bocado antes de recuperar su tono profesional.
—Después de la misa tengo que reunirme con el sepulturero del pueblo. Es un encuentro protocolario.
Dejé el tenedor suspendido en el aire y lo miré con una ceja levantada.
—Uy… ¿y eso? ¿Ya estás haciendo amigos en el gremio de las palas?
—Nada del otro mundo —dijo con una calma que me resultó casi inquietante—. En un sitio como Shadow Creek, la cadena de custodia es sagrada. Solo quiero saber quién es el encargado de abrir la tierra cuando yo termine mi trabajo en la mesa. Logística básica, hijo.
—Supongo que en esta familia eso entra en la categoría de "conversación normal de domingo" —murmuré, empezando a comer más rápido. El ambiente en la cocina de pronto se sentía un poco más denso.
—Tranquilo, la comida no va a salir corriendo —comentó él, observando mi ritmo frenético.
—Cuanto antes terminemos con el tour religioso, antes podré subir a mi cuarto a poner orden. Necesito un refugio que no huela a naftalina.
—Buen punto —admitió él, terminando su café—. Entre tanto caos, todos necesitamos un búnker personal.
Terminé de comer y me levanté con el plato, sintiendo que el traje me apretaba más de la cuenta.
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Editado: 27.03.2026