Shadow Creek

Sangre, violencia y sueños fatídicos

Todo estaba en una calma sepulcral.

Me encontraba en la cima de una colina de un verde tan vibrante que hería los ojos, cubierta de flores silvestres que se mecían con una cadencia hipnótica, como si respiraran al unísono con el viento. El cielo no era el gris plomizo de Shadow Creek; era un abismo negro y profundo, cuajado de estrellas que parecían tan cercanas que podría haberlas arrancado con la mano. No hacía frío. Al contrario, el aire tenía una calidez de útero, una sensación de pertenencia absoluta.

Como si, después de una eternidad de vagar, finalmente hubiera vuelto a casa.

—Qué lugar tan… tranquilo —murmuré. Mi voz no rebotó, sino que se perdió en la inmensidad del cosmos.

Entonces, el cielo se desgarró.

El negro perfecto fue devorado por un tajo de color carmesí. Un rojo profundo, viscoso y enfermizo, similar a una herida abierta en el tejido del universo. La bruma apareció sin aviso: no era niebla común, era una masa espesa, densa y antinatural que reptaba por la colina con una intención depredadora.

El viento se detuvo en seco. El silencio se volvió sólido. Y entonces… los gritos.

Eran lejanos al principio, como el eco de una radio mal sintonizada. Pero crecieron. Gritos ahogados, rotos, llenos de un pánico primario. Era el sonido de alguien intentando pedir ayuda mientras se hundía en un brea caliente. Me quedé paralizado, con los pulmones ardiendo.

—¿Hola…? —Mi voz sonó pequeña, aguda, completamente equivocada en aquel escenario de pesadilla.

Di un paso. Luego otro. Sentí algo cálido y pegajoso filtrándose entre los dedos de mis pies. Las flores ya no estaban húmedas de rocío. Miré hacia abajo y el grito se me atascó en la garganta.

Sangre. Un charco oscuro y denso se extendía bajo mis pies, tiñendo los pétalos de las flores de un matiz negro. El olor me golpeó un segundo después: hierro puro, óxido y muerte. Algo real. Algo físico.

Dos puntos amarillos se encendieron en mitad de la niebla roja. Eran ojos, pero no tenían pupilas. Eran antiguos, cargados de una paciencia infinita, observándome desde una altura imposible.

Y entonces, la voz. No venía de un lugar concreto; vibraba en mis huesos, en mis dientes, en el aire mismo.

Tyler…

Mi cuerpo dejó de pertenecerme. Mis músculos se convirtieron en piedra.

Tyler… —Más cerca. Un susurro que sabía a tierra mojada.

Tyler. —El nombre dejó de ser un sonido para convertirse en una garra que me apretaba el pecho, aplastándome el esternón, robándome el oxígeno.

¡TYLER!

Abrí los ojos de golpe, incorporándome en la cama con el corazón martilleando contra mis costillas.

El techo. Mi habitación. La oscuridad "normal" de las cinco de la mañana. Me llevé la mano al pecho, sintiendo el sudor frío empapando mi camiseta. Mi respiración errática era lo único que rompía el silencio de la casa Miller.

—Solo… solo ha sido un sueño —me dije en voz alta, intentando convencer a mis pulmones de que volvieran a su ritmo habitual.

Pero no se sentía así. En mi boca todavía quedaba el regusto metálico de la sangre de la colina.

—¡Buenos días, hijo! —La puerta se abrió de par en par y mis padres aparecieron en el umbral con una sincronía aterradora.

Parpadeé, todavía atrapado a medio camino entre el rojo de la niebla y el gris de la realidad. La luz del pasillo me cegó un instante.

—Es hora de levantarse —dijo mi madre, rebosante de una energía que debería estar prohibida a esas horas—. Primer día de escuela, primera oportunidad para dejar huella.

—Mat, revisa las tostadas, que el olor a quemado no es el mejor perfume de bienvenida —añadió, girándose hacia mi padre con esa autoridad doméstica tan suya.

—Enseguida, cariño. El deber llama —respondió él, dándome un saludo militar antes de bajar las escaleras a paso ligero.

Miré el reloj de mi mesita de noche. Los números digitales brillaban con crueldad.

—Mamá… son las cinco de la mañana —logré articular con la voz ronca—. Todavía no han puesto ni las calles.

—Sí, lo sé —interrumpió ella, cruzándose de brazos con una sonrisa radiante—. Somos unos monstruos de la productividad. Acostúmbrate.

No pude evitar soltar una pequeña risa seca. El contraste entre los gritos de mi sueño y la obsesión de mi madre por la puntualidad era tan absurda que me devolvió un poco de cordura.

—Tenemos una agenda apretada —continuó ella, entrando en el cuarto para abrir las cortinas—. Hay que hablar con el director, recoger tu uniforme, que te enseñen las instalaciones antes de que se llenen de adolescentes hormonados… y luego tu padre y yo tenemos que estar en el hospital a primera hora.

—¿Y era necesario madrugar antes que los panaderos?

—A las seis ya hay personal administrativo. Así que menos quejas, chico de ciudad. Hoy puedes ir con ropa normal, pero disfruta, porque mañana estarás guapísimo con el uniforme oficial. Conquistarás a alguien, te casarás en la iglesia del pueblo, tendré nietos y luego—

—Vale, vale, detén el tren del futuro —la corté, levantándome de la cama antes de que empezara a elegir el nombre de mis hijos—. ¿Puedes salir? Necesito prepararme mentalmente para mi condena.

—Drama innecesario de lunes por la mañana —dijo ella, lanzándome un beso al aire—. Pero fue aprobado por el jurado. Baja en diez minutos o me comeré tu parte de bacon.

Salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic alegre.

Me quedé solo en el centro del cuarto. Caminé hacia la ventana y apoyé la frente contra el cristal frío. El bosque seguía allí, una masa impenetrable de sombras que no se movía ni un milímetro. Parecía estar esperando.

Me miré las manos. Estaban limpias. No había sangre, ni flores rojas, ni ojos amarillos. Aprieto los puños, intentando enterrar la sensación de la pesadilla en lo más profundo de mi mente.

—Solo fue un sueño —repetí, mirando fijamente la línea de los árboles.




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