—Según la segunda ley de Mendel… —la voz de la profesora Olivia llegaba a mis oídos como si estuviera sumergida bajo tres metros de agua lodosa.
La veía caminar frente al pizarrón, una silueta azul marino recortada contra el blanco tiza. Su tiza golpeaba la pizarra con la cadencia de un metrónomo: clac, clac, clac.
—Cada individuo posee dos versiones de un rasgo —continuó ella, y juraría que sus ojos se clavaron en mí un segundo más de lo necesario—. Durante la formación de los gametos, estos alelos se separan… y se combinan al azar en la descendencia. Lo que está oculto puede emerger. Lo que creíamos extinto, simplemente espera su turno.
Intenté escribir, pero mi mano pesaba una tonelada. El cansancio no era agotamiento; era una enfermedad. Desde que las pesadillas reclamaron mi horario nocturno, dormir se había convertido en un acto de rendición. Miré de reojo a Alexis; su pluma se movía rítmicamente, pero por el vacío en sus pupilas supe que estaba tan lejos de esa clase como yo.
Parpadeé. El clac de la tiza se detuvo. Parpadeé de nuevo, más lento, dejando que mis párpados se sintieran como pesadas cortinas de plomo. La voz de Olivia se distorsionó, estirándose hasta convertirse en un zumbido de insectos.
Y entonces… la caída.
Abrí los ojos de golpe. El frío fue lo primero que me recibió, un frío que nacía desde dentro de mis huesos. El aula estaba sumergida en una penumbra cenicienta. El reloj de la pared se había detenido; las manecillas vibraban en un espasmo eterno a las 12:44.
—¿Alexis? —mi voz sonó pequeña, una nota discordante en un silencio que parecía tener masa física.
Nadie respondió. Las sillas estaban perfectamente alineadas, pero las sombras que proyectaban eran demasiado largas, estirándose hacia mí como dedos hambrientos. Me levanté, y el chirrido de mi silla contra el suelo resonó como un grito en un cañón. Caminé hacia la ventana y el aliento se me escapó en una nube de vapor. Afuera, Shadow Creek había desaparecido. No había muelle, ni pueblo. Solo estaba el bosque, rindiéndose ante un cielo de un rojo bilioso, profundo, del color de la carne cruda expuesta al sol.
—No… otra vez no —susurré, apretando los puños hasta que las uñas se clavaron en mis palmas.
Quería despertar. Quería que la mano de Alexis me sacudiera y me llamara idiota por quedarme dormido. Pero el dolor en mis palmas era real. Demasiado real.
Salí al pasillo. Las luces de emergencia estaban muertas. Sin embargo, el lugar no estaba a oscuras. Una pequeña luz bailaba en el suelo, a unos metros de distancia. Me acerqué, con el corazón golpeando mi pecho como un animal enjaulado. Era una vela. Una sola vela de cera verde, cuya llama permanecía perfectamente vertical, inmóvil, como si el concepto mismo de viento hubiera sido borrado del universo.
La tomé. La cera estaba tibia, casi caliente, y al tacto se sentía como piel. Un olor me golpeó entonces: incienso viejo, sudor rancio y hierro oxidado. Sangre.
Fue entonces cuando los escuché. Un siseo de estática que provenía del ala sur, de la antigua capilla que el Director Thorne mantenía bajo llave "por restauración". Eran voces. Cientos de ellas, superponiéndose en una cacofonía rítmica que te obligaba a caminar al compás de sus sílabas. Mis pies se movían solos, arrastrándome por el pasillo gélido.
Empujé la puerta de roble de la capilla. El crujido de las bisagras fue eterno.
Lo que vi dentro hizo que mis rodillas flaquearan. Decenas de figuras estaban arrodilladas en los bancos, dándome la espalda. Llevaban armaduras de placas abolladas, cotas de malla ennegrecidas y mantos que alguna vez fueron blancos, ahora manchados de un fango oscuro. Lo más aterrador era su cabello: todos, sin excepción, tenían cabelleras de un rojo encendido, del mismo tono exacto que el mío y el de Alexis.
El murmullo se elevó, llenando mis oídos hasta hacerme sangrar.
—Sé do bheatha, a Mhuire… —rezaban al unísono, las voces raspando el aire como lija sobre piedra—. …atá lán de grá, tá an Tiarna leat…
Era la lengua de mi abuelo. El gaélico que él susurraba cuando creía que nadie lo escuchaba, el idioma de los que huyeron del hambre y trajeron algo más que esperanza en los barcos.d
—Irlandés… —mi propio susurro fue devorado por la letanía.
Me acerqué a la figura más cercana. Me incliné sobre su hombro y retrocedí del asco. El caballero no tenía piel; donde debería estar la nuca, solo había una red de tendones negros y polvo. Pero seguía rezando. Seguía existiendo.
Me giré hacia el altar. Y allí estaba él.
Era un caballero más alto que los demás, envuelto en una capa de piel de lobo que parecía todavía sangrar. Su armadura estaba cubierta de inscripciones rúnicas que herían la vista. Tenía una barba blanca, larga y sucia, y sus ojos eran dos orificios llenos de la misma luz roja del cielo.
Él no rezaba. Él me observaba.
El sonido de la oración cesó de golpe. El silencio resultante fue tan violento que me tambaleé. Mi vela empezó a parpadear frenéticamente.
—¿Quién… quién eres? —logré preguntar. Mi voz no era más que un soplo.
El caballero dio un paso al frente. El metal de sus grebas chocó contra el suelo de piedra con un estruendo que sacudió los cimientos de la escuela. Sus labios, secos como el pergamino, se movieron lentamente. Su voz no salió de su garganta, sino de la tierra bajo mis pies.
—Tá sé ar ais.
Un frío absoluto me recorrió la columna. Mi abuelo me lo había dicho una vez: Cuando el cielo se rompa, el que fue sembrado en el bosque volverá a cosechar.
—¿Quién…? ¿Quién ha vuelto? —pregunté, retrocediendo hacia la puerta, pero las figuras arrodilladas empezaron a girar sus cabezas. No sus cuerpos. Solo sus cabezas. Ciento ochenta grados. Rostros sin ojos, solo cuencas vacías llenas de hormigas y polvo.
El caballero alzó una mano enguantada en hierro, señalándome.
—An Slánaitheoir fuilteach —rugió, y esta vez el sonido fue un trueno que apagó mi vela.
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Editado: 27.03.2026