Prólogo
El viento no sopla en Shangricol por capricho; el viento juzga.
En las tierras donde el mar de Origo lame los confines de la nada y las cadenas montañosas guardianas vigilan el poniente, la existencia misma es un pacto con la dureza. Los hombres que labran el surco en el gran oasis, los pastores que desafían el calor con sus rebaños y los rudos mineros que extraen la blancura del mar de sal saben muy bien que el desierto no regala nada. Todo se gana con sudor, o se paga con sangre.
Bajo la mirada severa del rey Shakard y la templada presencia de la reina Dainira, el reino ha crecido estructurado como un engranaje perfecto, rígido y sin fisuras. Pero las murallas de la ciudadela, los cuidados jardines de cítricos y el imponente laberinto de ligustro que corona el castillo ignoran lo que yace más allá de sus fronteras. Las espadas que defienden a los suyos no nacen de su propia tierra; el hierro es un fantasma que los margina.
Lejos de allí, en el corazón de los riscos y cañones como el de Thassilys, la historia guarda silencio. Las ruinas de Shincol miran el paso de las caravanas con la fría indiferencia de los imperios olvidados.
Pero en los grandes tableros de Omnia, las piezas no se mueven por azar. Cuando la ambición de un rey y la necesidad de un pueblo comiencen a trazar puentes hacia los dominios del fuego, la naturaleza misma —guiada por fuerzas milenarias que custodian el equilibrio— tomará la palabra. Porque en este continente, cuando la diplomacia y el esfuerzo humano rozan sus límites, la tormenta siempre tiene la última respuesta.