La solución llegó en tiempo y forma cuando una expedición exploratoria condujo a los emisarios hacia un valle oculto al pie de las imponentes montañas del oeste. Aquel enclave era un pueblo consagrado por entero al arte de blandir metales, donde los maestros herreros poseían el enigmático don de dar forma al hierro sin que este perdiera su rigidez y temple. En las vitrinas y rincones de sus talleres se exhibían piezas de una belleza sobrecogedora: cascos, armaduras y escudos de resistencia impecable, junto a utensilios y elaboradas obras de decoración como candelabros y estatuillas que reflejaban la maestría del fuego.
Sin embargo, aquel valle no era tierra de nadie; se encontraba bajo los estrictos dominios del Reino del fuego, lo que obligaba a los emisarios de Shangricol a buscar la autorización de su soberano para que los artesanos pudieran fabricar las armas que tanto necesitaban. Con esta vital información, el general Xulmard ordenó a su comitiva emprender el retorno a Shangricol.
Al llegar, fueron recibidos por el maestre Hizmard, quien de inmediato advirtió el brillo de triunfo en el rostro del contingente.
—Soy portador de buenas noticias —anunció el general con firmeza.
El maestre, conteniendo la expectación, respondió sin vacilar:
—Vayamos al encuentro de nuestro rey y hagámosle partícipe de la nueva.
Juntos cruzaron los pasillos hasta adentrarse en el imponente salón dorado. Allí se encontraba el rey Shakard, acompañado por la reina Dainira. Con una reverencia formal, el general pidió la venia para hablar.
—Permiso concedido —sentenció el rey con su habitual gravedad.
—Mi señor —comenzó Xulmard—, hemos localizado una aldea situada en la base de la cadena montañosa, en un valle recóndito. Allí conocimos a un herrero que, en su taller, exhibía piezas forjadas con una calidad y resistencia destacables.
Un destello de aprobación cruzó la mirada del monarca.
—Es una excelente noticia, general. ¿Qué acuerdo han alcanzado con el artesano?
—Ninguno aún, majestad. El artesano está sujeto a las leyes de su corona y no puede realizar tarea alguna sin el consentimiento de su soberano.
El rey frunció el entrecejo, evaluando las implicancias políticas.
—¿A qué dominios pertenece ese valle y quién gobierna esas tierras?
—Corresponden al Reino del fuego, y su soberano es el rey Loverius —informó el general.
El silencio se apoderó brevemente del salón dorado antes de que el mandato real cayera como una sentencia sobre la mesa.
—Entonces prepararemos una comitiva para ir al encuentro del rey del fuego —ordenó Shakard con voz gélida y absoluta—. Reúnan los mejores tributos de nuestro mar de sal y todo lo necesario para la travesía. Shangricol tendrá su acero.