Shangricol "Reino Del Desierto"

La Roca Sagrada

El viento de la tormenta del desierto comenzó a calmarse, dejando tras de sí un manto de silencio tenso sobre los daños estructurales que golpeaban las afueras del castillo. Con las primeras luces del amanecer, el general Xulmard y su tropa regresaron al recinto principal con el paso firme, portando en sus rostros la mezcla exacta del asombro y el peso de un descubrimiento extraordinario.

Sin perder un instante, el general solicitó audiencia privada con el soberano. Al ingresar al salón principal, donde el monarca intentaba reorganizar las medidas de urgencia ante la crisis, el militar se adelantó y le relató lo sucedido durante la revisión de los médanos desplazados por la furia del viento. Le explicó cómo la tormenta, desatada tras aquella noche de plegarias, había desgarrado la superficie de la tierra por mandato de la sabia, dejando expuesta una estructura ancestral que nadie antes había visto.

—Su majestad, la tormenta no solo trajo destrucción; removió los cimientos de la tierra misma —expresó Xulmard con firmeza—Entre las ruinas ocultas, la luz del sol golpeó contra una roca sagrada. No es una piedra común: es una colosal veta de oro puro. La respuesta a sus súplicas ha sido atendida.

El rey sintió que el aire abandonaba su pecho por un instante. La desesperación que lo había consumido horas antes se disipó, reemplazada por una certeza abrumadora. Sin mediar más palabras, ordenó que le prepararan la montura.

En cuestión de minutos, el soberano cabalgaba a toda velocidad hacia el sitio señalado, acompañado por una escolta reducida que observaba el horizonte con respeto reverente. Al llegar al lugar, los ojos del rey se posaron sobre la imponente estructura pétrea. Allí, brillando con una intensidad cegadora bajo los primeros rayos del sol, la veta de oro se extendía como un río de luz incandescente, confirmando que el reino no estaba condenado a la ruina.

Apartándose de su séquito, el rey caminó unos pasos hacia la roca sagrada. Las lágrimas, que había retenido durante los momentos más oscuros de la crisis, surcaron su rostro. Se hincó lentamente sobre la arena fría, apoyó las manos en el suelo y, con la voz quebrada pero profundamente agradecida, elevó sus últimas palabras hacia el cielo:

—Sé que me escuchaste y que nunca me abandonaste… Gracias por no soltarnos la mano cuando el abismo era inevitable.




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