En el castillo se vivía un clima entusiasta que llegó a contagiar a la misma ciudadela, impulsado por la gran expectativa que se instaló tras la exitosa expedición. Esa misma atmósfera de esperanza renovada llevó al rey Shakard a reunir a su cúpula de asesores y consejeros en el salón principal, un encuentro en el que también tomó parte activa Xulmard, jefe de las tropas del ejército de Shangricol
El rey Shakard se puso de pie, recorrió con la mirada a los presentes y comenzó a poner en conocimiento la delicada situación en la que aún se encontraba el reino:
—Señores, debo reconocer que las arcas de la corona están casi vacías, lo que dificulta enormemente llevar adelante la operación y sostener la paz —declaró con firmeza—. Debemos recaudar, llamar a la solidaridad de la población para que aporte lo que pueda y, con lo recaudado, lograr pagar la primera cuota de nuestras obligaciones. Ahora es el momento de que hablen ustedes, acercando sugerencias que serán todas evaluadas y tenidas en cuenta.
Tomó la palabra entonces Hizmard, quien con tono medido expresó:
—Su majestad, la situación económica del reino es muy frágil y no solo afecta a la corona, sino también y profundamente a la población. Debemos convocar a los habitantes para que hagan un esfuerzo, pero ese esfuerzo tendrá que ser recompensado con justicia. Este gesto para con ellos será oportuno y traerá fines prósperos para todos. Les propongo que votemos si estamos de acuerdo o no con la propuesta que acabo de compartirles.
En ese momento, la tensión se palpaba en el ambiente: algunos consejeros desistieron, otros votaron afirmativamente y los menos se negaron a emitir su voto. Al observar los resultados del escrutinio, Shakard le ordenó a Hizmard que organice y convoque a los jefes de familia a concurrir al salón dorado para colaborar en conjunto con la economía del reino.
Esa noche, cuando el peso del mundo pareció doblegarlo, el rey Shakard se arrodilló en la penumbra de su recámara, agachó la cabeza y murmuró:
—Sé que me escuchas porque siempre estás a mi lado; sos mi guía y mi sostén. Y en este momento es cuando más te necesito. Confío el destino de este reino a tu voluntad.
El soberano se incorporó dispuesto a descansar, buscando un respiro que le fue negado de inmediato. El repentino y estruendoso sonar de las campanas de los miradores del castillo rompió la noche, alertando no solo a la realeza, sino a todos los habitantes del reino.
La temible tormenta del desierto empezó a desatar su furia sin tregua ni compasión, provocando daños estructurales severos que profundizaban aún más la crisis en la que estaba sumergido el reino. Ante la emergencia, el general Xulmard reunió rápidamente a un grupo de soldados y comenzó a recorrer las cercanías del castillo. Hicieron una revisión exhaustiva: el viento salvaje había movido los médanos, dejando a algunos tan planos como una llanura, y fue precisamente en uno de esos parajes arrasados donde el destino les tenía preparada una carta inesperada.