Shangricol "Reino Del Desierto"

Shangricol y Yarlug

Pasaron unos meses hasta que el momento oportuno se hizo escuchar en los pensamientos del rey Shakard. Fue entonces cuando se puso al frente de la comitiva que tenía como fin ir al encuentro con el enigmático rey del fuego.

El general Xulmard organizó la escolta real asignando a los guerreros del desierto diferentes funciones: por un lado, los adelantados y exploradores; luego, los custodias y guardias reales distribuidos en puestos estratégicos. Sin embargo, los que más se destacaban eran aquellos encargados de proteger los cofres de gran valor destinados al rey de Yarlug.

A medida que avanzaban, el desierto iba quedando atrás y la cadena montañosa Yarloris imponía su magnificencia, cautivando la mirada de los visitantes.

El valle de Ehonig sorpren por sus planicies y las coníferas que cubren la base de las montañas en las que se asienta los habitantes de la aldea integrada por artesanos granjeros y sus destacados herreros.

Luego de transitar por sus senderos, los adelantados se unieron nuevamente a la escolta principal tras haber recorrido el camino que conducía al pórtico principal del reino del fuego.

Una comitiva de bienvenida partió desde Yarlug para salir al encuentro del contingente que estaba próximo a arribar. De este modo, los custodiaron hasta ingresar de lleno en los dominios del fuego, avanzando firmes hasta la mismísima plaza de armas donde aguardaba el comité de recepción.

El gran maestre Saberius dio un paso al frente:

—Bienvenidos al reino de Yarlug. Su majestad el rey Loverius los aguarda en el Salón del Fuego.

El rey Shakard respondió con aplomo:

—Agradezco su amabilidad. Aquí estoy, dispuesto a dialogar con su majestad.

—Acompáñeme por aquí, su majestad —indicó Saberius, conduciéndolo al encuentro con el Hijo del Fuego.

Cuando ambos gobernantes se encontraron cara a cara, intercambiaron un saludo cordial. De inmediato, el rey Shakard tomó la palabra:

—Su majestad, no he venido con las manos vacías. Hemos traído obsequios para celebrar este, nuestro primer encuentro.

En ese instante, los asesores se apresuraron a acercar los cofres. El primero contenía una gran variedad de especias y productos autóctonos de la región de Shangricol. El segundo guardaba finas muestras de sal extraída de la gran salina, un recurso codiciado de su tierra. El último cofre reveló lo inesperado: el destello de las piezas de oro se reflejó en los ojos abiertos de par en par de los presentes ante tan valiosa ofrenda.

El rey Loverius observó los tesoros con asombro:

—Su majestad, este presente posee una relevancia desmesurada. No puedo aceptarlo.

A lo que Shakard replicó con firmeza:

—Un obsequio no se mide por su valor material, sino por la necesidad de retribuir su cortesía y su hospitalidad.

Agradecido por el gesto, el rey de Yarlug propuso:

—Muy bien. Le propongo que me acompañe a mi despacho para conversar en privado.

—Será un placer —respondió el rey Shakard.

Una vez ubicados y finalizados los saludos protocolares, comenzaron a dialogar sobre el motivo real de la visita:

—Su majestad, mi reino se encuentra limitado por lo precario de nuestro armamento —expuso Shakard—. Nuestra intención es acordar con usted la posibilidad de que forjen nuestras armas y escudos. Para ello, contamos con los medios necesarios para solventar el gasto que amerita. Tengo entendido que es usted quien debe autorizar la producción de dichos elementos.

—En efecto, le han informado correctamente —asintió Loverius con una ligera sonrisa—. Desde ya le comunico que su pedido en cuanto a la construcción de armas y escudos es un hecho. En poco tiempo contará con lo que necesite para que sus guerreros estén debidamente equipados.

Shakard inclinó levemente la cabeza, visiblemente satisfecho:

—Le estoy profundamente agradecido por su gesto y su actitud para con nuestro pueblo.

—No hay nada que agradecer —concluyó el rey del fuego con solemnidad—. Pero sí hay algo por hacer: celebrar este primer encuentro, que sé que no será el último.




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