Shangricol "Reino Del Desierto"

El Acuerdo

Tras los acuerdos sellados en el despacho, el ambiente entre ambos gobernantes cambió sutilmente, transformándose en una cordialidad distendida. El rey Loverius invitó a Shakard a recorrer los dominios exteriores, un trayecto que para el monarca del fuego no era más que parte de su rutina diaria, pero que para el líder del desierto guardaba una magnitud imponente.

Caminaban por los senderos de piedra volcánica que bordeaban los flancos de la montaña, donde el aire comenzaba a cambiar de temperatura, cargándose de un calor denso y ancestral.

—A nuestros artesanos y herreros les toma años dominar el pulso del metal, pero hay guardianes en este reino que pertenecen a otra clase de fuego, una que no se forja en los yunques —comentó Loverius con total naturalidad, mientras señalaba con un gesto tranquilo hacia las cimas más altas.

Shakard apenas tuvo tiempo de asentir. Un latido sordo en el aire, un desplazamiento de viento masivo y repentino, sacudió las túnicas de la comitiva. El sol pareció oscurecerse por un instante cuando dos siluetas titánicas cruzaron el cielo en un vuelo rasante, despegando desde las cornisas superiores con una elegancia tan aterradora como majestuosa.

El instinto guerrero del rey del desierto se encendió de inmediato; un sobresalto frío recorrió su espalda y, por una fracción de segundo, un reflejo de puro asombro y temor lo hizo retroceder un paso, aferrándose al borde de su capa mientras sus ojos contemplaban el vuelo de las bestias. Sus escamas brillaban como brasas vivas bajo la luz del sol, y el calor que irradiaba su paso se sentía en la piel.

Loverius, lejos de inmutarse, mantuvo la compostura con la familiaridad de quien convive con la grandeza. Al notar la tensión en el aire, levantó la mano derecha con ademán firme y pausado, emitiendo un silbido grave que retumbó contra las paredes de piedra.

En ese momento el gran Valakor, al percibir la señal, viró en el aire con una agilidad sorprendente para su tamaño y descendió ligeramente su trayectoria sobre ellos. Sin detener el aleteo, abrió las fauces y exhaló una imponente bocanada de fuego purificador hacia el cielo. La llamarada iluminó el firmamento en una danza de chispas y calor, un saludo incandescente dirigido exclusivamente a su soberano, devolviendo el gesto de respeto y lealtad.

El destello rojo y naranja reflejó el asombro absoluto en el rostro de Shakard, quien comprendió, sin necesidad de palabras, el verdadero poder que custodiaba aquellos dominios.

De regreso en el castillo, con la magnitud de la visita aún resonando en el espíritu de los viajeros, se comenzaron a ultimar los detalles para la partida. La estancia en Yarlug había cumplido con creces su cometido, superando las expectativas más altas del líder del desierto.

En el patio principal, bajo el parpadeo de las antorchas y el calor de las fraguas que nunca descansaban, el rey Loverius despidió a su invitado con un firme apretón de manos.

—Las puertas de este reino siempre estarán abiertas para usted, Su majestad —afirmó el rey del fuego con solemnidad—. Le aseguro que, una vez finalizada su confección, haré llegar personalmente las armas y los escudos hasta sus dominios. Y no pasará mucho tiempo antes de que sea yo quien visite las tierras del desierto para conocer su hogar.

El rey Shakard, con la seguridad de quien ha sellado un pacto entre iguales, respondió con una reverencia respetuosa:

—Será un honor recibirlo en nuestras tierras, su majestad. Regreso con la certeza de que este es el inicio de un camino compartido.

De esta forma, con la comitiva desandando el camino hacia el vasto horizonte arenoso, ambos reinos sentaron las bases de lo que sería, en los años por venir, una alianza inquebrantable, forjada a fuego, arena y respeto mutuo.




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