Epílogo
El tiempo, implacable como el viento sobre las dunas, continuó su marcha.
Las tierras de Shangricol ya no eran las mismas.
En las armerías del desierto, el brillo apagado del viejo metal había sido reemplazado por la robustez y el filo de las nuevas espadas y escudos, forjados bajo el calor de Yarlug y entregados tal como se había prometido.
Los guerreros, ahora protegidos con la solidez que tanto habían anhelado, patrullaban los límites con una seguridad renovada.
El general Xulmard contemplaba desde una alta atalaya cómo la tropa ejecutaba sus maniobras, sabiendo que el miedo a la vulnerabilidad había quedado enterrado bajo la arena.
Pero más allá de las armas, de las especias intercambiadas y del oro entregado, lo que realmente había transformado el destino de ambos reinos era invisible al ojo pero firme en el espíritu.
En las fogatas de las noches frías del desierto, los hombres hablaban con asombro de las bestias aladas y del fuego que desafiaba los cielos lejanos.
Y en los dominios de Yarlug, el nombre de Shakard era recordado con el respeto reservado solo para los verdaderos iguales.
Cuando las caravanas comenzaron a cruzar regularmente los caminos que unían ambos mundos, la alianza dejó de ser un tratado escrito en pergamino para convertirse en una ley no escrita de supervivencia y hermandad.
La Arena y El Fuego habían demostrado que, cuando dos voluntades se encuentran con honor, los reinos ya no caminan solos.