Shattered Waves

CAPITULO 1 La fractura del cristal.

El Eco de la Lluvia (Flashback)

El agua sobre el parabrisas no caía; se estrellaba como agujas de vidrio templado. El asfalto de Los Ángeles, usualmente reseco y hostil, se había convertido en un espejo negro que reflejaba las luces de neón de la ciudad subterránea, distorsionándolas en vetas de sangre y oro. El aire dentro del auto apestaba a una mezcla sofocante de tabaco barato, la colonia intensa de mi padrastro y el olor agrio del miedo.

Mamá lloraba en el asiento del copiloto, con el rímel corriendo por sus mejillas como hilos de tinta china sobre un lienzo arruinado. Seguía siendo hermosa, trágicamente hermosa, aferrada a su bolso de diseñador como si fuera el último vestigio de la carrera que el mundo —y mi propia existencia— le habían arrebatado.

—¡Cállate, Rosa! —gritó mi padrastro, su voz áspera vibrando contra los cristales empañados—. ¡Tu maldita respiración me está volviendo loco!

Yo estaba acogida en el asiento trasero, intentando ocupar el menor espacio posible, odiando cada centímetro de mi propio cuerpo. La sudadera tres tallas más grande no bastaba para esconder la corpulencia que mi madre tanto despreciaba. Mi mente volaba lejos del caos del auto; Regresaba al callejón húmedo detrás del club nocturno donde, apenas unas horas antes, el sonido distorsionado de una guitarra eléctrica me había hecho sentir viva. Recordaba los ojos oscuros de Thomas, el vocalista de la banda, mirándome a través del humo del escenario.

«Te veo en el café de la esquina después del concierto, no faltes» , me había susurrado, reconociendo mi arte, apreciando a la chica reservada que se escondía en los rincones oscuros del mundo con el grupo de los "chicos raros". No iba a llegar a la cita. El destino tenía un guión diferente, uno escrito con una crueldad poética.

Un camión de carga pesada apareció de la nada, cruzando la línea central como un titán de metal ciego. Los faros delanteros inundaron el habitáculo con una luz blanca, cegadora, divina y destructiva a la vez. El grito de mi madre se cortó de golpe. Hubo un chirrido ensordecedor de neumáticos perdiendo el control sobre el asfalto flotante, seguido de un crujido metálico que sonó exactamente como un hueso rompiéndose infinitamente bajo una presión. El mundo giró. El techo se convirtió en el suelo. Mi cabeza golpeó el cristal lateral con la fuerza de un martillo contra una escultura de mármol. El último pensamiento que cruzó mi mente consciente, antes de que la oscuridad absoluta me tragara, no fue el dolor, sino el rostro distorsionado de mi madre reflejado en el retrovisor, libre finalmente del peso de su mayor arrepentimiento.

El Despertar

El silencio llegó primero, denso y blanco, como una capa de nieve cayendo sobre una fosa común. Luego, el olor. Un aroma estéril, químico, impregnado de antiséptico y frío absoluto que penetró por mis fosas nasales, quemándome las vías respiratorias. Intenté mover los dedos de la mano derecha, pero los sentía pesados, como si estuvieran enterrados bajo toneladas de arena húmeda. Un pitido rítmico, monótono y electrónico perforaba la quietud de la habitación, marcando el pulso latente de una vida que apenas reconocía como mía.

Cuando logré separar los párpados, la luz del techo me cegó temporalmente, obligándome a parpadear contra las lágrimas que brotaron instantáneamente. El techo no era de metal retorcido; era un plafón blanco impecable. No habia lluvia, solo el zumbido constante de un aire acondicionado central. Intenté hablar, pero mi garganta estaba tan seca que el aire solo produjo un silbido ronco, un quejido patético que llamó la atención de inmediato.

-¿Rosa? Dios mío, ¿Rose, estás despierta?

La voz no pertenecía a mi madre, ni a mi padrastro, ni a Thomas. Era una voz masculina, profunda pero rota por una fatiga evidente. Al girar la cabeza lentamente, sintiendo una punzada punzante en la base del cráneo, frente a un hombre maduro sentado en un sillón de piel junto a la cama. Vestía un traje de sastre impecable, aunque la corbata estaba floja y los primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados. Su rostro reflejaba una dureza esculpida por años de mandar en imperios hoteleros, pero sus ojos oscuros estaban fijos en mí con una mezcla de shock y un sentimiento indescifrable que bordeaba el terror.

—Voy a llamar al médico —dijo, poniéndose de pie con una brusquedad que hizo que su silla chirriara contra el suelo—. No te muevas. Estás una salva. Estás en Los Ángeles.

¿Los Ángeles? ¿Quién era este hombre? ¿Quién era Rose? Las preguntas flotaron en mi mente como fragmentos de un espejo roto, incapaces de unirse para formar una imagen coherente. No recordaba el accidente. No recordaba mi nombre. No recordaba el rostro de la persona que me miraba con tanta intensidad. El coma inducido por la severa inflamación cerebral había borrado cada trazo de mi existencia anterior, dejándome como un lienzo en blanco en medio de un campo de batalla emocional.




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