Romor siempre fue el alumno del asiento delantero, el de los apuntes perfectos y la puntualidad inglesa. Pero tras su apariencia de estudiante modelo, se escondía un rastreador de secretos. Tenía una extraña virtud (o maldición, según su madre): no podía dejar un misterio sin resolver. Si encontraba un número telefónico en un banco del parque, llamaba solo por el placer de saber quién estaba al otro lado.
A los dieciséis años, mientras caminaba por los pasillos de su escuela, el destino le lanzó un anzuelo. Un pequeño trozo de papel blanco, bailando con la brisa del pasillo, se detuvo a sus pies. Romor lo recogió. No había una dirección, ni un mensaje de amor, solo una caligrafía elegante y firme:
“Sheherazade Turna”
Ese día, Romor preguntó a cada estudiante, a cada bedel y a cada profesor si conocían a alguien con ese nombre. Las respuestas fueron siempre las mismas: una mirada confusa y un encogimiento de hombros. Buscó en la biblioteca, rastreó la incipiente red de internet de la época y no halló nada. El nombre no aparecía en los registros, no existía en las redes sociales, no tenía rostro.
El tiempo pasó, pero el papelito se quedó guardado en su billetera y en su mente. Su madre notaba sus silencios en la cena.
—¿En qué mundo estás, Romor? Estás despistado hace meses —le decía ella con preocupación.
—Mamá, necesito saber qué es Sheherazade Turna —respondió él un día, casi en un susurro.
—Suena a nombre turco, hijo. Quizás deberías buscar por ahí.
Turco. Esa palabra fue la llave. Romor se sumergió en libros de historia otomana y diccionarios de lenguas lejanas. Descubrió que Sheherazade era la voz que narraba historias para salvar la vida, y que Turna era la grulla, el ave que vuela entre mundos. Se graduó con honores, pero en cada margen de sus cuadernos de universidad, al lado de sus diseños, seguía escribiendo su propio nombre: Romor, y justo debajo, el de aquella desconocida.
Años después, en su carrera de Diseño Gráfico, Romor entró al salón de la profesora Elif. Ella era una mujer de facciones fuertes, mirada penetrante y una disciplina que intimidaba a cualquiera. Era turca, y Romor lo supo desde el primer segundo. Durante toda la clase, él no pudo quitarle la vista de encima, no por falta de respeto, sino buscando en sus ojos una pista del papelito que aún conservaba.
Al sonar el timbre, la profesora Elif cerró su laptop con un golpe seco.
—Joven Romor, ¿podría explicarme por qué me observa de esa manera? —dijo ella con su acento marcado—. Me está incomodando. Su atención es excesiva, incluso para un alumno tan brillante.
Romor parpadeó, volviendo de un trance de años.
—Disculpe, profesora Elif... de verdad, no quise ser impertinente. Es solo que... tengo una debilidad por los nombres. Hace años encontré uno que no me deja dormir. Es turco, como usted: Sheherazade Turna.
Elif se quedó inmóvil. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, cruzó su rostro.
—¿Sheherazade Turna? —preguntó ella, suavizando el tono—. Es curioso que un joven tan inteligente pierda el tiempo en algo que para muchos no tiene sentido.
—Para mí lo tiene todo, profesora —sentenció Romor—. Y no descansaré hasta saber quién es.
Editado: 09.04.2026